(I) Memorias de un Señor mayor: La Achicoria. Por Gallego Rey

La Achicoria. Imagen del museo del estraperlo.

«Están siendo tiempos duros. Pero afortunadamente, supe verlo venir y me preparé como pude para que al menos no nos afectase, como a la mayoría»

Hoy he comprado achicoria en el colmado de Don Anselmo. Le había hablado de esa posibilidad a mi mujer, la de comprar achicoria, porque, a pesar de que somos de la misma edad, para ella el concepto de sustituir el café por «esa cosa rara» jamás se le había pasado por la cabeza. Claro que nunca se había visto en la necesidad de economizar y menos la de pasar estrecheces. Mi mujer nació en la ciudad, en una familia pudiente, con servicio doméstico y lujos de burgueses de los que yo oía hablar a mis padres, del modo despectivo que se habla de aquello que no se tiene, pero que se desea. Yo nací, al contrario que ella, en una aldea, en el seno de una familia humilde, pero eso no lo interioricé, ni fue motivo de vergüenza hasta que me crucé con gente acomodada, como la familia de mi mujer, que me lo revelaron con la claridad con que se expresa el asco por los de una clase inferior. Pero eso ahora no viene al caso. El asunto es que mi mujer no puso reparos esta vez y aprobó mi intención de comprar una bolsita de achicoria, mucho más barata que el café. Un éxito, cabe decirlo. A mi mujer le gustó el cambio, acaso porque con el ahorro podemos mantener la compra de pescado una vez a la semana, aunque sea del más barato. Y, no menos importante, porque así pudo encontrar una excusa para vender su cafetera exprés en el mercado negro a un precio decente, por lo que hemos asegurado al menos el suministro de fruta diaria durante un par de meses.

 

Están siendo tiempos duros. Pero no me han cogido por sorpresa. Afortunadamente, supe verlo venir y me preparé como pude para que al menos no nos afectase, como a la mayoría. Mi mujer me agradece ahora mi insistencia en terminar de pagar nuestro piso, cuando ella era partidaria de seguir abonando los plazos de la hipoteca, aun teniendo el dinero para cancelarla. ¡Cuántos darían hoy un ojo y hasta los dos por poder presumir de lo mismo! La vivienda no es de las más nuevas, eso sí, y con necesidad de arreglos. Y es un cuarto sin ascensor. Pero el resto del edificio está habitado en su mayoría por miembros de la policía del estado, lo que aporta garantía de seguridad.

 

Don Anselmo, el dueño del colmado, que se me va el santo a cielo y luego no lo cuento todo, se sorprendió de que le preguntase si tenía achicoria, y más se sorprendió cuando le pedí comprar una bolsita. Nos conocemos de tantos años que me sorprende lo poco que nos conocemos. Sé que es un hombre honrado y de buen corazón, que no aprieta más allá de lo que es menester a quienes le compran de fiado y están apuntados en su libreta verde, que vienen a ser casi toda su clientela. Don Anselmo tiene una hija trabajando en el ministerio de Suministros y Abastos, y a otro hijo en el de Ordenación Pública, así que nunca le falta de nada en el colmado, y se puede permitir el lujo de ayudar vendiendo de fiado a cambio de cobrar unos intereses moderados a los que no tienen más que piojos y miseria. A nosotros nunca nos ha tenido que fiar, por ahora…

 

Hoy nos ha llegado el recibo de la luz. Han vuelto a subir las tarifas, pero ya no es noticia. A nosotros nos da un poco igual, porque supe prevenir a tiempo y hace unos cuantos años que instalé unas placas solares en un huequito de la terracita y un generador eléctrico de los que funcionan como un molino de viento, algo chapucero, pero que nos da para casi todo el consumo eléctrico de la casa. Hoy es ilegal tener el tinglado montado, pero nadie me va a denunciar porque, siguiendo mi ejemplo, los vecinos, no sé si había dicho que la mayoría son miembros de la policía del estado, también se han apañado bien. 

 

El tinglado nos da para cubrir casi todas nuestras necesidades energéticas porque restringimos al máximo el uso de electrodomésticos, y porque mi mujer sabe hacer unas velas económicas con las que nos iluminamos de noche, y que además vende a los más pobres del barrio, que es lo máximo que se pueden permitir si no quieren vivir a oscuras. El negocio de mi mujer con las velas es ilegal y si la pillan no sé qué nos podría ocurrir. Pero sabemos que nadie nos denunciará ni husmeará en el asunto porque mi mujer supo asociarse con Adriana, la del primero C, que es la mujer del teniente González, de la policía de Estado e hija de un Inspector del mismo cuerpo. Son tiempos duros, nadie se libra. Pero como todos salimos ganando no hay de qué temer.

 

A los policías del Estado les pagan poco, una miseria diría yo, para lo importante de su trabajo. Hay que mantener el orden público, y no es fácil con tantos hijos de la miseria sueltos. Pero se apañan bien en el cumplimiento del deber. Cuando el que soborna y el sobornado entienden que en el equilibrio está la virtud todo es más llevadero.

 

Adriana, la socia de mi mujer y la esposa del teniente González, se lleva de comisión por la venta de las velas que hace mi mujer un setenta y cinco por ciento. Lo justo. Mi mujer al principio no lo veía bien, pero no le permití porfiar por una nadería. Cierto que el material para fabricar las velas lo paga mi mujer. Cierto que todo el trabajo de hacerlas lo hace mi mujer. Cierto que es mi mujer quien se encarga de la venta, distribución y cobro, pero ¿quién pone lo más importante, que es la seguridad del negocio? Después de explicárselo con mis dotes de pedagogo, entró en razón. Los negocios son así.

 

Todavía no le pregunté a mi mujer a quién le vendió su queridísima cafetera exprés. Tampoco creo que me lo vaya a decir. Pero me pica la curiosidad. Excluyo que haya sido a alguien del barrio, porque quitando Don Anselmo, no veo quién se pueda permitir el lujo. Era una señora cafetera, todo hay que decirlo. Pero eléctrica, y con el precio del café por las nubes, salvo de adorno ya no nos hacía juego.

 

Hoy nos ha llegado también la factura del agua y la recogida de basura. Otro sablazo. Y para este sí que no tengo tinglado que me salve. El agua esta, que llaman potable, por cierto, a saber… No quiero pensar mal, pero para mí que muy potable no es. Mi mujer y yo para beber y cocinar ni se nos ocurre, y menos mal que podemos permitírnoslo. El agua embotellada es un lujo, el único innegociable en casa y la fuente de la merma más grande de nuestros exiguos ingresos, pero mientras podamos pagarlo, con la salud no se juega.

 


El agua embotellada no se la compramos a Don Anselmo. Nos la vende Adriana, la socia de mi mujer, que nos hace ese favor porque luego luego se queda con todos los beneficios del negocio de las velas. Pero sale a cuenta, las cosas como son. El agua embotellada que vende Don Anselmo no es que sea mala ni de peor calidad que la que nos aprovisiona la socia de mi mujer, pero sí más cara. Con el negocio de las velas debo reconocer que mi mujer ha tenido un gran acierto.

 

Yo también me lo guiso por mi cuenta. Se me da bien el rebusque por aquí y por allá de cosas que unos quieren vender y otros comprar y viceversa. Es ilegal, como casi todo hoy día. Pero al igual que mi señora, servidor también sabe de sociedades, solo que yo me busqué un socio que pica un poco más alto que la socia de mi mujer, todo sea dicho sin ánimo de menosprecio. El ochenta y cinco por ciento de las acciones de mi empresa son del juez titular del juzgado de nuestro distrito: un hombre recto, de moral intachable, que si se avino a asociarse conmigo no fue por otra causa que la de ayudar a ciertos amigos a desprenderse de enseres que ya no necesitaban. Una actitud encomiable. Y yo, con mi quince por ciento, más cierta libertad de movimiento por aquí y por allá, me conformo. En la vida no hay que ser avaricioso.

 

Afortunadamente, hoy no hemos tenido que cambiar la bombona de butano. Tres sablazos en el mismo día, aunque los pueda pagar, pues no me hace gracia. La cosa de la economía está mal y yendo a peor. Mi mujer está haciendo horas extras para manufacturar más velas porque cada día aumenta la demanda. Estoy muy orgulloso de que sea una empresaria tan exitosa. Creo que su socia le insinuó que deberían contratar a una operaria que le ayudase a aumentar la producción, pero en eso no me meto porque no es bueno meterse en fregados ajenos. Lo que haga mi mujer, bien hecho estará.

 

Una cosa que me ha mosqueado de mi mujer es que haya vendido la cafetera exprés al margen de mis servicios profesionales. No estoy seguro de que hubiera podido sacar más por mi cuenta de lo que le pagaron a ella, pero esa no es la cuestión, sino esa brecha en la confianza mutua. No quiero darle mayor importancia, pero me fastidia.

 

Otro pequeño lujo que nos permitimos en casa, según se mire, es el de hornear nuestro propio pan…

 

Pero de ello hablaré en otro momento, si Don Manuel Artero, que es el propietario de una desvencijada imprenta que aún funciona de puro milagro, consigue pasarme de estraperlo alguna cuartilla de papel, que a mí después de lo escrito ya se me han acabado. Buena gente es Don Manuel. Y un hombre lúcido. Un intelectual.

Gallego Rey

Mis pensamientos son tan fugaces que, a veces, me siento como un pez que sobrevive nadando sin rumbo, siempre a contracorriente. Lo sé porque avanzar me resulta difícil, y porque la memoria de este mundo es tan voluble que, para cuando termine de escribir esto, lo que ahora es cierto quizá ya no lo sea. Por eso guardo muchas de las ideas que cruzan por mi mente, como señales indelebles en el tiempo, con la esperanza de trazar un mapa que dé sentido a esta insensatez de mostrar al mundo mi propia insignificancia.

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