
«El chirriante sonido de la puerta al abrirse le indicó, desafiante, que acababa de cruzar la frontera que le separaba del mundo de los vivos»
La agónica luz de una farola creaba una sombra alargada caminando unos pasos por delante de él. Mientras, el gélido viento laceraba su cuerpo despedazándole a cada paso.
Exhausto ante la imposibilidad de seguir adelante en medio de aquella infernal noche, buscó con instinto de supervivencia algún cobijo donde resguardarse. Milagrosamente, tras remontar un repecho, apareció ante él la ruinosa tapia rojiza de un pequeño cementerio. Un ligero suspiro de alegría se dibujó en su rostro.
Romper aquel roñoso candado apenas le costó trabajo. El chirriante sonido de la puerta al abrirse le indicó, desafiante, que acababa de cruzar la frontera que le separaba del mundo de los vivos.
Extendió la mirada observando las numerosas sepulturas abandonadas, cubiertas por una monstruosa maraña de moho. Frente a él se alzaba un gigantesco mausoleo circular construido con granito y mármol gris. Acercándose a su puerta, la abrió con un golpe seco y se introdujo en el interior, aliviado al verse protegido del terrible vendaval.
Agotado, desplomó su destemplado cuerpo sobre el suelo, arropándose con unas raídas mantas, sintiéndose afortunado por haber encontrado aquel resguardo.
Un estruendo ensordeció sus oídos al ceder el suelo ante él, hundiéndose varios metros y rompiendo ataúdes en su caída. Encajonado en aquella sepultura, pronto contempló horrorizado como la madera del resto de los féretros había taponado aquella fosa.
Agónico, al sentirse atrapado entre restos humanos, con los músculos casi paralizados por el dolor, escarbó con desesperación hasta hacer sangrar sus manos, buscando salir de aquel asfixiante hueco. Mientras, unos brazos invisibles tiraban de él hacia abajo con una fuerza sobrehumana, acogiéndolo en el espectral reino de los muertos.
(© 2024 Manuel Sanz Real)

