(II) Memorias de un señor mayor: La que se lió en La Paseata. Por Gallego Rey

La que se lió en La Paseata.

«En el momento en que encontré la página con su colaboración y leí aquello que nos trajo la desgracia, se me descompuso el cuerpo»

¡Válgame el cielo la que se ha liado! Menos mal que ya tengo algo de papel donde alojar lo que ahora mismo son pensamientos pugnando por salir. Tenía intención de contar lo del pequeño lujo de hornear nuestro propio pan en casa, pero antes debo referirme a un asunto que, por los pelos, no nos ha traído la ruina a media vecindad.

Ayer vino a casa, a eso de la hora de la siesta, el zagal que trabaja con Don Manuel Artero, el impresor y viejo amigo de todos los que somos del barrio de toda la vida. Traía el mandado de dejarme estas cuartillas en las que ahora escribo, y a fe que llegué a creer que no podría volver a hacerlo en mucho tiempo, dadas las circunstancias que paso a referir.

Resulta que, aunque está rigurosísimamente prohibido la publicación de revistas, gacetas, periódicos, pasquines, etcétera, sin previo consentimiento de las autoridades, y que el acceso a Internet solo es posible mediante previa solicitud y aprobación de la identidad digital, imposibilitando así el anonimato y desahogo que ello conlleva para soltar lo que a uno le venga en gana, desde hace tiempo circula por el barrio, libre de censura, un magacín que editamos entre unos cuantos e imprime don Manuel Artero. Una cosa simple, dirigida a la difusión literaria; poesía mayormente y algún relatillo breve. Sin ínfulas. Sabido es por todo el mundo quiénes estamos detrás, incluso por las autoridades, que nunca nos han amonestado porque, en rigor, somos gente seria que solo tratamos temas que vanaglorian el arte de las letras sin meternos en asuntos escabrosos ni con nadie. Pero… ¡Ay, qué apuro más grande hemos pasado! Con decir que llevaba tres meses sin el suministro de papel que tan generosamente me envía Don Manuel por culpa de lo ocurrido. ¡Y en buenas se ha visto el pobre! Llegamos a temer que le clausurasen la imprenta y a él lo enviasen preso. Lo pienso, y aún me paralizo por la angustia.

La cosa fue, para contarla de un tirón y no sufrir más por andar rumiándola en las mieses, que en el último número del magacín —que con cierta gracia titulamos La Paseata, idea del propio Don Manuel—, y tras mucha insistencia por parte del interesado, dimos cobijo, para nuestro infortunio, a un nuevo colaborador. ¡En qué mala hora, señor! Y mira que algunos se lo advertimos a Don Manuel, que fue quien actuó de apoderado de tan infame juntaletras; Don Manuel, que este sujeto nos la lía, que se le ve venir con sus ínfulas de Quevedo. Pero donde manda la democracia uno debe callar, y, al final, tras votación y aprobación por mayoría simple, este tal Gallego Rey vino a hacer su debut en nuestro altar de las letras. ¡Y qué debut! Una y no más, Santo Tomás. Que la liaba, ya lo dije yo que la liaba. Y esto nos pasa por descuidar las formas y abrazar la confianza, y es que después de tanto tiempo conociéndonos los colaboradores de siempre, habíamos declinado convocar la junta editorial previa a la publicación de cada nuevo número de nuestro magacín, dejando a cargo de Don Manuel la recepción de los manuscritos, el montaje, impresión y distribución. Y así fue también en esta ocasión en la que estrenábamos firma, sin pensar en lo que se nos venía encima.

Como mencioné con anterioridad, todo el mundo en el barrio es conocedor de la existencia del magacín, que es acogido más con indiferencia que entusiasmo, salvo por los que amamos el arte y la inteligencia humana elevada en esa República Literaria que tan bien supo narrar el maestro murciano Don Diego de Saavedra Fajardo. Así que, cada primer domingo de mes, después de misa de doce, empieza a circular el número correspondiente al mes en curso. Incluso tenemos organizada una pequeña suscripción, para que los devotos no nos quedemos sin nuestro ejemplar y nos lo traiga directamente a casa Zacarías, el zagal que trabaja con Don Manuel y del cual se me olvidó citar el nombre cuando correspondía. El resto de los interesados en leer lo que humildemente escribimos, se pasan a por su ejemplar, si es que no se ha agotado, por el colmado de Don Anselmo o el quiosco de Doña Teresita, que por cierto es colaboradora y tal vez la firma más aplaudida de todas. Y así fue hace tres meses, y casi la última vez.

Como mi señora y yo no somos de ir a misa de doce, recibo en casa mi ejemplar, a eso de la una. Y así fue también el domingo de autos. Y ya vi venir la tormenta cuando Zacarías, de natural taciturno, me entregó el ejemplar con una sonrisa más cercana a la picaresca que a la mera formalidad que otorga la buena educación. Y además añadió aquellas palabras que tanto habrían de martillear en mi cerebro aquella jornada y siguientes:

— ¿Ha leído usted al nuevo, Don Ventura?

¡Uuuuy! Ahí lo vi claro como una mañana de primavera que el tal Gallego Rey la había liado. Y me dio un vuelco el corazón, que todavía no sé cómo no se me salió del cuerpo, al escuchar prorrumpir en una enorme, sonora carcajada al vecino del tercero derecha, que es suscriptor del magacín y hombre al que no se le conoce sentido del humor alguno. Álea iacta est, dije maquinalmente, el vecino ya ha leído lo que sea que ha escrito el nuevo. La hemos cagado. Así que, sin terminar de cerrar la puerta de casa ni despedir a Zacarías, que ya se había dado el piro ligero, supongo que a seguir difundiendo la noticia, abrí el magacín y, en contra de mi costumbre de empezar por la rigurosa dedicatoria inicial, el prólogo de Don Manuel, mi colaboración y la del resto de habituales, fuime a buscar qué sería aquello que había publicado ese mamón y que había provocado la carcajada de quien parecía haber nacido para no reír nunca jamás, porque, sin leerlo, sabía más que intuía, que el tal Gallego Rey era un mamón que nos habría de joder a todos. Y vaya si nos jodió…

En el momento en que encontré la página con su colaboración y leí aquello que nos trajo la desgracia, se me descompuso el cuerpo. El título ya era una andanada en toda regla en la línea de flotación de la honra de La Paseata, y lo que le sigue es de una bajeza ruin e innecesaria:

ODA AL SOTANILLAS FOLLAMILES

Presumiendo de don Juan
dónde vas con polla chica
que más parece pichica
que el bálano de un galán.
Así de ti se reirán
por mostrar tan poca cosa
como pita portentosa
que no llega a la medida
que toda verga fornida
por tamaño sale airosa

Y venga a escuchar carcajadas por todo el edificio. Y venga risas por toda la vecindad. Y es que resulta que por el mote de sotanillas se conoce al sacristán de Don Luis, el cura párroco, un mozo que iba para cura y, por lo que dicen las malas lenguas, lo echaron del seminario Mayor por mujeriego, y que, además, según las mismas habladurías, se trae trazas con ciertas mujeres solteras y casadas del barrio, como él mismo pavonea. ¡Y no se le ocurre otra cosa a este cantamañanas que dedicarle esta décima espinela! Como que pensaría que nadie se iba a dar cuenta de a quién apuntaba el tiro.

No se puede nadie imaginar la que se lio a cuento de la chanza. Y lo que en vilo nos mantuvo a quienes formamos parte de La Paseata, Don Manuel el primero. Que sí, que la vecindad se lo pasó de gloria riéndose y haciendo burlas al respecto, mi mujer la primera, que de no conocerla de cuarenta años de matrimonio diría que estaba al cabo de la calle de las andanzas del sacristán y que conocía el paño, o mejor dicho el atributo del susodicho de primera mano. Bueno, de primera mano espero que no. Pero que mi señora esposa lo gozó de lo lindo con la espinela es cosa cierta y a mí el mosqueo detrás de la oreja no se me quita, lo que además ayuda a que lo que he tenido que pasar estos tres meses haya sido, si cabe, peor. Porque mi señora esposa, entre carcajada y carcajada, soltaba un «si ya era hora que alguien pusiese en su sitio a ese Don Juan de pichica corta», y cosas parecidas. Y qué sabrá mi mujer, digo yo, sobre si el interfecto la tiene grande o pequeña.

Y la cosa no se quedó ahí, por supuesto, que tanta burla colectiva, tanto irse preguntando unos vecinos a otros lo de «¿ha leído usted al nuevo? tenía que acabar como el rosario de la aurora. Porque no se crean ustedes que el señalado como «sotanillas follamiles», al darse cuenta de que era objeto de las burlas, carcajadas y comentarios disparatados que a raíz del asunto se pregonaron, ¡no va y se le ocurre ir a denunciar al juzgado la existencia de nuestra querida La Paseata! Y ahí sí, lo vi, lo vimos todo perdido; a Don Manuel hecho preso por la publicación clandestina y a los colaboradores desfilando por los juzgados con la cabeza gacha esperando un castigo ejemplar. Pero, con todo, lo peor, si cabe, es que el muy mamón de Gallego Rey no solo no se ofreció para una disculpa, sino que se vino arriba reclamando los honores por tamaño felonía. Lo dicho, un Quevedo de tres al cuarto. Pero hay que fastidiarse, porque a mayores, de añadido, van unas cuantas vecinas y le crean una especie de club de fans, ¿y ahí estaba quién encabezándolo? ¡Ni el gran Julio César se pudo sorprender más por la traición de su hijo Bruto! Sí, mi media naranja: que si la cosa no era para tanto; que si denunciaba que denunciase, que la espinela tenía su gracia y estaba bien traída, además de que ya era hora de que en La Paseata alguien se atreviera a romper el canon aburrido que habíamos impuesto, etcétera, etcétera. ¡Aburrido nuestro canon literario! No me tragué de la rabia las cuartillas donde escribo esto porque no sé cuándo volveré a tener suministro.

«¡Contente, contente!», me repetí maquinalmente, recordando las palabras de mi augusto padre, que siempre me inculcó el valor de la contención del espíritu y de las más bajas pasiones, cuales sean.

Pero no tuve tiempo de abordar el asunto con mi señora como corresponde, dada la afrenta recibida. Ya llegará el momento. Lo que requería de mí aquel trance en aquellos instantes de cangelo era mover los hilos necesarios para que la sangre no llegase al río, o al menos que la derramada fuese poca y la herida no dejase una cicatriz muy profunda. ¿Y qué podía hacer yo, un pobre desgraciado? La ocasión me vino caída del cielo, pues, dentro de lo malo que supuso la denuncia del «sotanillas», esta recayó en el juzgado de mi socio que, nada más enterarse del asunto, me hizo llamar a consulta privada. «Igual, igual«, me dije, «si juego bien mis cartas de esta libramos, o al menos consigo que a Don Manuel no lo empuren bien empurado». En mi cabeza llegué a imaginar toda suerte de autohumillación que pudiera traducirse en un severo tirón de orejas a los implicados y nada más. Así que, con la resolución a la que se puede llegar en circunstancias tales, es decir, cagado vivo, fui a la cita con mi socio, que me había convocado de urgencia en las dependencias del juzgado, en su despacho particular. Nadie más que yo puede saber los pensamientos que se me pasaron por la cabeza mientras caminaba como alma que se dirige al cadalso, al encuentro del fin de mi sociedad, de La Paseata, de mi tinglado eléctrico y de mi matrimonio… Porque la afrenta de mi señora no podré dejarla pasar. Lo de la venta de la cafetera a mis espaldas pase, pero esto no puede resolverse con un simulacro de que aquí no ha pasado nada.

Y así fui a mi cita en el matadero; cabizbajo, derrotado, sin nada inteligente que argüir ante mi socio que nos pudiera excusar al resto por la cagada de ese al que algún día habré de cantar las cuarenta.  «¡Que nos la lía, Don Manuel!» Era lo único que se me pasaba por la cabeza.

Al llegar al juzgado, entré como de costumbre sin que nadie me requiriese citación alguna, como era lo habitual para quienes no gozaban del privilegio de tener asuntos en común con el juez. A mí de sobras me conocen los agentes de la policía del Estado que custodian el edificio, y a fe que además estaban al tanto de mi llegada, porque me recibieron con una sonrisa burlona nada disimulada, señal de que mi Poncio Pilatos se había decantado ya por lavarse las manos y que nos arrojasen al Gólgota, a mí, a don Manuel y al resto de colaboradores de La Paseata. En fin, Álea iacta est, pensé una vez más. Tuve que esperar unos minutos en la entrada de su despacho, pues se encontraba reunido en esos momentos, según me informó el ujier del que aún era mi socio. Y mientras esperaba, del interior del despacho no se oía otra cosa que las mismas sonoras carcajadas que había escuchado como reacción a la lectura de la décima de marras. O sea que, mi socio, es decir, su señoría el juez no estaba solo, y a tenor de las voces la compañía era variada. Al fin, al cabo de un rato, el ujier me indicó que podía pasar, que el señor juez me estaba esperando. Y yo, que no sé cómo pude caminar de lo flácido que tenía cuerpo y alma, entré en el despacho con el ánimo de quien espera escuchar su sentencia de muerte.

—Pero pase usted, buen hombre, y siéntese, que trae muy mala cara. ¿Quiere usted un coñac? Creo que le hace falta para levantar ese espíritu alicaído, que cualquiera diría que ha venido acompañando a la Santa Compaña.

¿Cómo? Si pensaba que mi ánimo no podía confundirse más, aquel recibimiento terminó de noquearme del todo. Y claro que me senté, llevado casi en volandas por mi socio, que jamás antes me había recibido tan alegremente y con tan buena disposición hacia mí. ¡Y válgame el cielo! Con él estaban, ni más ni menos, que el Comisario Principal de la policía, a quien solo conocía de verlo en las noticias; el señor Obispo de nuestra diócesis, a quien conocía muy de pasada de algún oficio que había celebrado años atrás en nuestra parroquia, y la subsecretaria del gobernador civil. Y los cuatro mirándome socarronamente, casi adivinando en ellos una actitud de camaradería conmigo.

—Así que escribe usted en este magacín, y yo sin saberlo. Desde luego, uno nunca termina de conocer del todo a sus socios ni lo que ocurre en sus mismas narices.

—Ni usted ni ninguno de los aquí presentes, a excepción del socio de usted, claro —intervino el señor obispo.

—Y sin habernos ofrecido siquiera la posibilidad de unirnos a la fiesta —añadió a su vez el Comisario Principal.

Quien no dijo nada fue la subsecretaria del gobernador civil, que parecía complacida por la reunión, pero algo distante.

Huelga decir que en aquellos momentos yo no era persona y me creí víctima de una de esas bromas de cámara oculta. ¿Qué me había perdido? No me enteraba de qué iba la misa. Daba por supuesto que las autoridades sabían de la existencia de nuestro magacín, o eso creíamos todos los componentes de La Paseata, y que si la toleraban era por nuestro talento. Y ahora va y resulta que no sabían de su existencia, y por encima se enteran por una denuncia y de remate se lo toman a chufla. «¡Despierta, Ventura! Despierta que solo es una pesadilla».

Pero ni era una pesadilla ni estaba dormido. Y me cago en el copón divino, con perdón, porque ya me quedo sin cuartillas otra vez para seguir escribiendo. Me da lo justo para referir, antes de que se me quede en el tintero, que otra cosa que no le voy a perdonar al juntaletras ese de Gallego Rey, es que por su culpa nadie haya advertido la belleza de esta oda dedicada a mi gran España, ni siquiera estas autoridades que parece que tanto se divierten con este asunto y que deberían sentirse orgullosas de tan sentida como humilde aportación de este servidor a la gloria de la más grandes de las naciones:

ESPAÑA

Ojo de alfiler
por donde no pasa el tiempo,
yo te desnudo de tus harapos;
la piel y la sangre de tus hijos
en tu cuerpo dejo, tan desmedido
que no tiene edad, tan suave
como la muerte bajo tu celeste
resplandor, semejante al corazón
del olvido que en tu desahucio late

Sin más papel donde seguir recordando, espero la venida de Zacarías con más provisión de cuartillas, y poder continuar con el relato de lo que a continuación pasó en el despacho de mi socio, y de cómo supe sacarle toda la información a mi mujer al respecto de por qué sabía del tamaño del miembro del sacristán, al que ya le ha quedado para siempre el mote de «sotanillas follamiles», mal que le pese. Y de cómo y por qué nos permitimos ese pequeño lujo de hornear nuestro propio pan.

Gallego Rey

Mis pensamientos son tan fugaces que, a veces, me siento como un pez que sobrevive nadando sin rumbo, siempre a contracorriente. Lo sé porque avanzar me resulta difícil, y porque la memoria de este mundo es tan voluble que, para cuando termine de escribir esto, lo que ahora es cierto quizá ya no lo sea. Por eso guardo muchas de las ideas que cruzan por mi mente, como señales indelebles en el tiempo, con la esperanza de trazar un mapa que dé sentido a esta insensatez de mostrar al mundo mi propia insignificancia.

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