
«El contraste de grises del asfalto me aturdía, me desconcertaba, empecé a sentir miedo. ¿Por qué no venía Gonzalo?, me preguntaba con insistencia»
– ¿Nos la llevamos? – preguntó Gonzalo a su esposa Paula-. Ella asintió casi de manera impositiva, deslumbrada por la belleza de lo que allí veía.
Qué afortunada me sentí al oír aquel comentario, por fin iba a tener un nuevo hogar. Estaba ya muy cansada de estar siempre aquí, tanto tiempo sola, sin apenas poder hablar con nadie.
En el nuevo hogar: ¡Bruno, empiezas a hacerme daño cuando te subes encima, prefiero que juegues a esconderte debajo de mí!
¡Luego tu padre cuando se enfada, descarga toda su ira contra mí, dándome algún manotazo, por no castigarte a ti y, la verdad, esos golpes me duelen!
¡Bah, pero lo paso muy bien con Bruno, jugando juntos todos los días! ¡Soy tan feliz que esto no lo cambiaría por nada, ellos son mi queridísima familia!
¡Os he oído por la noche intimidades, conversaciones, pero jamás se me ocurriría contar nada!
¡Por allí viene Bruno corriendo a jugar otra vez conmigo!
¡No cierres los cajones tan fuerte, que me vas a lastimar!
¡Esta mañana he sentido el frio metal de un metro rodearme!
¡Estoy segura que me van a trasladar a otra estancia de la casa, bueno, mientras que pueda seguir jugando con Bruno, no me importa!
Las manos de Gonzalo me atenazaron con fuerza. ¡Tranquilo que no me voy a escapar!
El ascensor descendió hasta la planta cero, conmigo dentro. No entendía.
– ¡Aquí mismo, Paula! – vociferó Gonzalo algo sofocado.
Yo solo atinaba a ver un cruce, allí abandonada en una calle solitaria, frente a unas anchas franjas blancas, alineadas como corredores en la salida de una carrera. Dos tapas de alcantarilla a modo de ojos gigantes, no me quitaban vista.
El silencio era total y la soledad de la estrecha acera, heladora.
El contraste de grises del asfalto me aturdía, me desconcertaba, empecé a sentir miedo. ¿Por qué no venía Gonzalo?, me preguntaba con insistencia.
El chirriar de unos frenos rompió aquel silencio. De un gran vehículo descendió un hombre alto, desaliñado y barbinegro, que, volteándome por encima de aquel camión, me dejó caer violentamente junto a otros viejos muebles, poniendo rumbo al aserradero municipal.
(© 2024 Manuel Sanz Real)

