
«Ahora, y gracias a la ayuda de otros que no desean que España sea una, ni siquiera pequeña en sentimiento y orgullo, todo resulta inútil»
Con el gobierno de Pedro Sánchez en el poder, si ya era un lugar inservible el Parlamento español, se ha rizado el rizo. Ahora, y gracias a la ayuda de otros que no desean que España sea una, ni siquiera pequeña en sentimiento y orgullo, todo resulta inútil. “Dejad toda esperanza”, como dijo Dante; si ahora en democracia no se consigue la grandeza, olvidad el futuro. Ya solo será una inutilidad, nada desde luego, ni siquiera algo deseado por todos. Tampoco se conseguirá con inteligencia artificial, porque algunos prefieren estadillos, cual era la Italia pre-Garibaldi. Hay tantos pareceres que conjugarlos todos es como una película de «Misión imposible«.
Aunque pueda resultar doloroso para los que creen en esta democracia del setenta y ocho, erigida para que pudiera caber de todo, bueno, malo y mediopensionista, tras el mal sabor de una dictadura, es lo que hay. A algunos parece que, si no es con otra dictadura o algo parecido, aunque disimulada, no podrán asumirlo. Es lo que, con paciencia y dejando la inteligencia a un lado, hemos de soportar. ¡Ojalá fuéramos europeos! No para estar a la altura de las posaderas, haciendo una gracia con la palabra, sino en la cumbre de las decisiones porque, según parece, es lo que algunos no quieren conseguir. ¿Será por miedo a convertir España en un país en donde no se pueda dividir a los españoles en pobres y ricos, buenos y malos, incultos y educados? Según yo lo veo, lo parece, y es que hay mucho elemento particular en ideología, tristemente votado por algunos, que no desean una España variada políticamente, sino constreñida a la siniestra más rancia de principios del siglo pasado. Nada que, por muchos fracasos obtenidos aquí y allá, parecen estos inasequibles al desaliento.
Y digo yo que será porque se ven de jefes, porque ser plebe en los paraísos que propugnan no es nada halagüeño. Por lo menos en democracia, cualquiera puede conseguirlo. Y digo yo, ¿no sería mejor alcanzar una media estable en educación, renta, cultura y las demás cosas, sin tener que uniformar en rentas y bienes a toda la sociedad? Que cada uno tenga lo que por su esfuerzo o suerte pueda obtener. Los emprendedores deben ser el motor de las sociedades del siglo XXI y no permitir que las rémoras estatales del pasado quieran llevar atados de pies y manos a los individuos, haciendo de nuestra democracia una nueva dictadura de otro signo. Viendo esto desde chalets en Galapagar, no resulta extraño, porque es como lo veían los exdirigentes comunistas en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, desde las dachas que solo poseían los poderosos. Los demás, alguna habitación en un piso compartido por más de una familia.
Vamos, algo genial para una variedad de individuos como los españoles, que te dan en el carnet de identidad por un “apártame allá esas pajas”. Nada, nada, dejemos soñar a los poco preparados para el mundo del siglo XXI que se avecina; ya irán cayendo por su propio peso, nunca mejor dicho, ante cosas que «veredes«, como decía don Quijote a Sancho. Y es que hoy un Rucio lo tiene cualquiera que se ponga, aunque sea de segunda mano, porque tener un «mecanimoviente» o automóvil no es un lujo, es una necesidad imprescindible. No es algo de lujo, sino absolutamente necesario si vienes a trabajar desde cincuenta kilómetros de distancia. Lo que sí será de lujo, añado yo, y fantasía en un «pispas«, será tener un dispositivo aéreo con el cual desplazar tu cuerpo, flaco u orondo, por las alturas en las pistas aéreas de las grandes ciudades.
Yo, por desgracia, aunque lo he soñado toda mi vida, me lo voy a perder. Me lo perderé porque no todo el mundo tiene la misma suerte de que le toque “un perrito piloto aéreo” en una tómbola de verbena. Y es por esto por lo que la envidia es muy perniciosa. Así que, como decía Jesucristo: “Dad al César lo que es del César y dad a Dios lo que es de Dios”, y por supuesto no se refería a Pedro Sánchez, por muy Tutatis que se crea.
Todo esto porque, si ya era un lugar inservible el Parlamento español, se ha rizado el rizo. Ahora, y gracias a la ayuda de otros que no desean que España sea una, ni siquiera pequeña en sentimiento y orgullo, todo resulta inútil. “Dejad toda esperanza”, como dijo Dante; si ahora en democracia no se consigue la grandeza, olvidad el futuro. Ya solo será una inutilidad, nada desde luego, ni siquiera algo deseado por todos. Algunos prefieren estadillos, cual era la Italia pre-Garibaldi.

