
“2018, Odisea en el espacio; prefiero caer despacio, que parezca un simulacro. Ya no tengo miedo; sin mis vicios soy eterno, tengo que salir volando, acomodarme este sombrero”. (“2018, Odisea en el espacio”. Taburete).
Creo que, a estas alturas, ya no tengo que decir que soy un tío más bien clásico. Si hay algo que llevo con naturalidad, con orgullo incluso, son los años. A fin de cuentas, me he ganado cada una de mis canas, a base de procurarme todo tipo de problemas, cuando no han aparecido de manera espontánea, que también ocurre a menudo.
Es cierto, me siento cómodo en mi madurez. Ni quiero ocultar mi edad, ni la quiero maquillar. Me gusta lo que el espejo me devuelve cada mañana, sin profundizar mucho. Además, dicen que los cincuenta son los nuevos cuarenta, y como los cuarenta son los nuevos treinta, yo ando, más o menos, por los treinta y cuatro, una edad cojonuda a la que no volvería ni atado, una vez que me he librado de los cochecitos de bebé, de los pañales, las cunas de viaje y todas esas mierdas. Sí, los bebés son muy monos, pero prefiero esos de silicona, que no se cagan ni se mean y te dejan dormir del tirón; además, ahora los hacen de puta madre.
Muchas veces me pregunto como un tipo como yo, al que nunca le han gustado los niños, ha podido convertirse en padre de familia numerosa. Supongo que es porque no me gustan los niños, pero si me gusta hacerlos; además, se me da de maravilla, porque, aunque esté mal decirlo, tengo tres hijos que podrían ser tres modelos de Calvin Klein, si tuvieran interés en ello, que no lo tienen. Habría que modificar la teoría de la evolución, ya que parece que ahora ha cogido carrerilla y las nuevas generaciones nos han pasado por la derecha.
«A fin de cuentas, me he ganado cada una de mis canas, a base de procurarme todo tipo de problemas, cuando no han aparecido de manera espontánea»
Según la teoría de un amigo mío, ahora los niños crecen tanto porque a las vacas les dan hormonas del crecimiento, como a Messi, y consecuentemente, cuando se comen la vaca se comen las hormonas y por eso crecen de forma desmesurada. No es que yo me crea esta teoría, pero tiene su punto. Si hay algún endocrino entre la audiencia, le ruego que nos aclare esta posibilidad. La verdad es que yo he comido mucha vaca, pero en mi época las vacas solo comían hierba, lo cual me convierte casi en vegetariano, a través de intermediario, ya saben; la vaca se come la hierba y yo me como la vaca. Además, piénsenlo; si la vaca solo come hierba y pesa setecientos kilos, lo verde tiene que engordar una barbaridad. Nos quieren dar gato por liebre, o lechuga por vaca, que viene a ser lo mismo. En China se comen hasta los perros y no he visto un chino gordo, salvo aquel que salía en Goldfinger, Harold Sakata. En realidad, Harold era de Hawái, pero para mí todos los que me miran como si les estuviera deslumbrando con mi belleza son chinos y se acabó. Solo faltaba que tuviera que ir con la escuadra a medir la inclinación de los ojillos para diferenciar si es chino, japonés o coreano, que tengo labor que hacer.
Bueno, pues volviendo al tema primigenio, soy un clásico, y eso se refleja en muchos aspectos de mi vida, incluyendo algo que me apasiona como la música. Esto, como todo en la vida, tiene ventajas e inconvenientes. La ventaja es que para mí el reguetón, o como coño se escriba, no ha existido ni existirá y, cuando lo escucho de manera accidental, lo asimilo como otros ruidos de la naturaleza, como el canto de la avutarda o el pedo del hipopótamo, más bien esto último.
La desventaja es que, desde luego, no se puede decir que esté actualizado, aunque lo intento, lo intento. Este verano, por ejemplo, hice una lista con canciones más nuevas, con artistas que no suelo escuchar, para amenizar el viaje a la playa; hay que decir que mi mujer, a la cuarta o quinta canción de Sabina, no se tira por la ventana del coche porque lleva el cinturón, paro el amago ya lo ha hecho en más de una ocasión; y tengo que reconocer que fue divertido escuchar nuevos cantantes, hasta que, a lo largo de agosto, ya le había dado veinte vueltas a la lista, convirtiéndola en la nueva rutina, como los cincuenta son los nuevos cuarenta y así sucesivamente.
Y, aunque la experiencia refuerza mi teoría, ya que me juego un dedo a que ninguno de estos cantantes seguirá sonando dentro de treinta años, como aún lo hacen los de mi generación, tengo que reconocer que hay alguna muestra de calidad, como crece una margarita entre la mala hierba, y la experiencia me ha llevado a descubrir, por ejemplo, a Leiva y, sobre todo, a Taburete. Es cierto que Leiva fundó Pereza en 1999, pero para mí eso es antes de ayer; no suelo darle crédito a ningún cantante que haya nacido después que yo, así que esto es un ejercicio de fe.
En cuanto a Taburete, ha sido mi hijo Javier el que me ha introducido en ellos, con mayor fortuna que cuando quiso introducirme en el rap; “Papá, qué opinas de este cantante?”, me dijo una vez que puso un rapero en la radio del coche; “hijo, ¿ves estas farolas que alumbran la carretera?, pues yo a este cantante le colgaría por el cuello de cualquiera de ellas”, fue mi respuesta. No sé si Javier ha superado el trauma de la respuesta, pero después de ella se compró unos Airpods para escuchar rap en el coche; Interesante consecuencia.
Taburete, sin embargo, me han enganchado bastante. No sé si porque me recuerdan a los Hombres G, pero en milenial, o porque sus letras son una ida de olla total, pero cuando las analizas tienen sentido, aunque solo lo conozcan los compositores, pero el sentido está. No es meridianamente claro como un “ya te has cansado de reír, terminó tu cigarrillo, y lo tienes que pisar, para apagarlo bien”, de David Summers. Por poner un ejemplo, baste la cita de cabecera del artículo, pero por profundizar, “Caminito al motel, me han saludado tres macarras que venían de caza. Tomaban el té y discutían de la vida mientras iban a la misa del barrio, en Colón”; Hay que ser muy atrevido para poner eso en una letra, o importarte una mierda que te entiendan o no, como le ocurre a Wili Bárcenas. Total, vamos a seguir cantándolo a voz en grito.
Pero hay que decir que, en una generación que se viste con un traje negro de encaje, muy siglo XIX, y lo complementa con unas deportivas de siete colores, las más feas que había en la tienda, y encima de running, como una chica que vía ayer mismo en la calle Fuencarral, las letras de Taburete encajan a la perfección.
“Y viendo lo que he visto, soy normal, una imagen transversal. Iluminándome la soledad, queda tan solo, un minuto más”.(“2018, Odisea en el espacio”. Taburete).

