Rebeca y las batucadas. Por Diego Pardos

Rebeca y las batucadas. Batucada Madrid en (fuente ABC)

«Y a estas txarangas sumemos ahora las batukadas, que en Zaragoza podrían llamarse baturradas. Porque allí están muy de moda»

Pasó, como tantas otras cosas, el controvertido 8M, 8 de Marzo, Día Internacional de las Mujeres, y la semana del transfeminismo antifascista, porque ya nada significa nada y todo son letreros de cara propaganda pedagógica y política. Y hubiera pasado para quien esto escribe, sin pena ni gloria, de no ser por los dichosos dispositivos digitales que nos traen los chismes, los sucesos, las imágenes y (lo que es peor, por lo que ahora contaré) los sonidos de la actualidad. Al tiempo que se producían las terribles matanzas de cristianos en Siria, ejecutadas por islamistas, la noticia era que aquí en nuestras ciudades se celebraban estas jornadas festivo-reivindicativas para concienciar a nuestras atrasadas sociedades sobre el hecho, inexplicable en pleno 2025, de la opresión masculina, también llamada machirula o heteropatriarcal. Digo yo que para que alguien te oprima, la víctima ha de estar cerca del opresor, y a juzgar por el aspecto y el donaire de las presuntas oprimidas que se manifiestan, es fácil adivinar que el supuesto opresor se encuentre ya en Villadiego, provincia de Burgos, si no más lejos de estas encantadoras damas. Es mi humilde opinión de hombre chapado a la antigua y por tanto no ha de tenerse mucho en cuenta. Claro que tampoco la opresión exige contacto físico, y se puede oprimir mediante la legislación y su aplicación o conservando los tabúes ligados a la regla y a la menopausia. 

 

Si el grito de “¡A las barricadas!” encabezó el célebre llamamiento anarquista de la CNT, en un tiempo convulso en el que una Falange Española recién estrenada cantaba por su lado el “Cara al Sol”, hoy parece que otra consigna sería válida para ilustrar el 8M: “¡A las batucadas!”. Yo ignoraba hace algunos años este nombre parece que de origen africano. Sucedió que alguien, en un pueblo de la Celtiberia, contrató un grupo de esos y unos indocumentados, acostumbrados a vivir en el error, caminamos tras ellos cual roedores de Hamelín tras los flautistas, estupefactos ante el aporreamiento de los repiniques y timbales. Era como una procesión laica, que me pareció siniestra y como una invocación al demonio. Creo que abandoné antes la comparsa para tomar algo en el bar pero me quedó un mal cuerpo que todavía se resiente cuando vuelvo a ver el traumático espectáculo. (Prefiero, les doy mi palabra, asistir al concierto de La danza de las chirimoyas donde, al menos, el artista se viste con elegancia y aseo.) 

 

Aquella tarde creí que esa “batucada” sería una suerte de charanga. Pero es que, sobre estar equivocado, tampoco era consciente -como ahora- de que las charangas tradicionales habían muerto. Ahora los músicos ni cuidan su indumentaria, ni su aspecto ni su afeitado. Eso sí, abusan del bombo que da gusto y lo peor de todo: el jefe de la banda ahoga la (presunta) armonía musical con unos gritos desaforados ayudado por un megáfono, cual si fuera un sindicalista de Comisiones Obreras en una mañana de resaca. Y a estas txarangas sumemos ahora las batukadas, que en Zaragoza podrían llamarse baturradas. Porque allí están muy de moda. La semana pasada un grupo de enmoradas perturbaban la plaza del Justicia, ante la iglesia de San Cayetano (“iglesia y cayetanos, buena combinación”, pensarían) dándole que te pego al pandeiro y bailando como es su costumbre, airosa y delicadamente.

San Cayetano. Zaragoza (Fuente AraInfo.org)

También ocuparon parte de la calle Alfonso, avanzando hacia la plaza del Pilar, y era un gozo ver a estas mozas con sus atuendos cárdenos y sus estandartes. Es ya antigua esta afición batuquense en la capital aragonesa, pues ya durante el mandato podemita de su alcalde, señor Santisteve, gran aficionado a la gomina él, con ocasión del pregón de las fiestas mandó actuar a un conjunto que amenizaba el intenso momento con los silbatos y tamborines, antes o después -no recuerdo- de poner el inevitable Himno a la libertad de José Antonio Labordeta. No me extraña que en esos años -y ahora quizá- la gente de bien huyera del jaleo y la bulla buscando las playas de Salou o la paramera del Campo de Bello. 

 

Claro que esto es ya cosa general en nuestra Españita. Rebeca Argudo (que me estará leyendo ahora mismo) preguntaba en X, invitándonos a seguir las noticias que de la manifestación glosaba para el ABC: “¿Os he dicho ya cuánto odio las batucadas?” Cálmese la señora Argudo y no odie. Piense que ya se ha convertido la batucada en arraigo y seña de identidad española. Se acerca la Semana Santa. Ahora es tiempo de recogimiento y de ensayos. En el Bajo Aragón se exalta como en ningún lugar la afición por el tambor, ligado a la fe religiosa. No perdamos ésta si descubrimos a alguna de las apasionadas feministas del 8M ocultas con terceroles y empuñando sus palillos en las fervorosas procesiones de Calanda o de Albalate del Arzobispo. Ni perdamos la fe ni perdamos la calma, doña Rebeca. 

 

 

 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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