
«Hasta la palabra se nos roba mediante su apropiación y prostitución. Solo cabe restablecer el rigor y el auténtico significado de las cosas»
Muchas veces pienso cuando era un crío y veía en el mercado de ganado cómo mi padre me decía que allí, entre el gentío, el ruido de las esquilas y cencerros, el aparente desorden, el barullo de animales, hombres, mujeres y niños, se firmaban, sin papeles, serios e importantes contratos con un simple apretón de manos ante testigos, y el recuerdo me lleva al tremendo valor de la palabra dada.
Llevamos demasiado tiempo ya no viviendo sino chapoteando en la perversión, en la prostitución más repugnante de nuestra esencia como es la palabra, el culmen que nos demuestra que somos seres humanos con raciocinio y que mediante la comunicación avanzamos y nos relacionamos, en definitiva crecemos. Para un ser humano, la palabra tiene una importancia fundamental, ya que es la herramienta principal para la comunicación, la expresión de ideas y la construcción de la realidad. Es el medio por el cual se expresa, se entiende y se conecta con el mundo y con otros seres humanos.
La palabra nos permite a los seres humanos comunicar nuestros pensamientos, sentimientos y experiencias, permitiendo la interacción social y con ello la transmisión de conocimientos que permiten la evolución social. Mediante la palabra, los individuos podemos expresar nuestra individualidad, crear arte, literatura así como cualquier forma de expresión cultural. Las palabras no solo reflejan la realidad, sino que además también la construyen. El lenguaje nos permite a los seres humanos conceptualizar el mundo y darle sentido a todas las experiencias. Las palabras son parte fundamental de la identidad tanto personal como cultural. El lenguaje influye en cómo los individuos se perciben a sí mismos y cómo son percibidos por los demás. La palabra juega un papel crucial en el pensamiento y la cognición.
A través de las palabras, los humanos podemos organizar nuestras ideas, razonar y resolver problemas. En resumidas cuentas la palabra no es solo un medio de comunicación, sino una herramienta esencial de y para nuestra existencia, que permite la interacción, la expresión, la construcción de la realidad y la formación de la identidad.
A la vista de este comentario inicial no concibo plan y acto terrorífico más perverso y malvado como es el de la perversión, la prostitución del lenguaje en aras del control social. Como mediterráneos y lamentablemente sin término medio nos movemos entre Protágoras cuando muestra su derecho a exclamar que todo es verdad y Gorgias que puede igualmente decir que todo es falso… Asistimos absortos a la distorsión o incluso a la prostitución absoluta de los conceptos más básicos en su definición, descripción, sentido y utilidad, desde los de padre o madre, hombre y mujer, sexo y género, agresión y reconciliación, bien y mal, verdad y mentira, honradez y corrupción, valores, caza y pesca, agricultura y ganadería, la tauromaquia, la caza, el clima o la familia y que alcanza también a los de libertad, derechos y caprichos, democracia y dictadura, e incluso a los de amor y odio.
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Hablar es aparentemente el hecho más fácil del mundo además de maravilloso. Mentimos cuando queremos y decimos la verdad cuando tenemos que hacerlo pero esa no es la cuestión. Muy al contrario debemos preguntarnos si las palabras tienen carne o son solamente cáscaras vacías, si encubren una realidad más profunda o son sólo un esponjoso suflé dulce pero lleno solo de aire.

Hace unos días el sesudo y preciso filósofo Gabriel Albiac se refería a Albert Camus (1913-1960), en su libro ‘El Eclipse del padre‘ sobre el peligro de la perversión de la palabra. Traía a colación una frase de Camus, citada con regularidad y cada vez con más frecuencia, aunque a menudo de forma incorrecta, tomada de una reseña, publicada en 1944, del último libro del filósofo Brice Parain (1897-1971), exmilitante comunista, influyente filósofo del lenguaje de la época y testigo de la deriva de la sociedad moderna ante un mundo en el que «todas las palabras están prostituidas», presentando la responsabilidad del escritor para explorar los patrones del habla moderna en un intento de allanar el camino en el diálogo «a escala humana», como Sócrates combatiendo a los sofistas… Protágoras, Gorgias, Hipias y Calicles. La acertada frase es: «Mal nommer un objet, c’est ajouter au malheur de ce monde» o lo que es lo mismo «Nombrar mal las cosas es añadir desgracia en el mundo».
Es fácil concluir que en España esa permanente perversión nos hace vivir desde hace demasiado tiempo sumidos en la angustia y la desgracia de caminar en un laberinto de espejos golpeándonos frontalmente contra nosotros mismos. La meditación de Camus es real y profunda pues dar un mal nombre a las cosas, a cualquier objeto, contribuye a la desdicha del mundo y en nuestro caso de nuestra maltratada España. Esa profundidad la refleja Sócrates en el Fedón o Sobre el Alma: «Una expresión maliciosa no sólo choca con lo que expresa, sino que también causa daño a las almas». Ese daño viene dado por la contradicción en el habla, porque las palabras más comunes dotadas de varios significados son falsificados y desviados del uso simple que se imaginaba para ellas. Ello nos conduce frontalmente a la ideología o neorreligión woke que nos lleva a la autodestrucción, con sus consignas sobre derechos que no son derechos, hallazgos que no son hallazgos sino destrozos de nuestra esencia e incluso del propio cuerpo humano, como la desgraciada «ley trans», formalmente la Ley para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos LGTBI, que permite la aberración y desdicha que supone la castración infantil. Una ideología que nos presenta todos sus objetivos mediante máscaras deseables, disfrazados como nuevos derechos a alcanzar.
Solo puedo concluir que o se hace frente a la perversión de la palabra mediante la racionalidad o nos desmoronaremos como una barrera de barro construida por las manos de un niño frente a las olas de la playa, cayendo sin darnos cuenta en la esclavitud que nos convierte en mudos carentes de palabras para nuestra defensa pues hasta eso, la palabra, se nos roba mediante su apropiación y prostitución. Solo cabe restablecer el rigor y el auténtico significado de las cosas.

