
«Nos gobierna una tropa que reparte chucherías para tapar agujeros y se indigna si se les pide rendir cuentas. Mientras tanto, los sinvergüenzas florecen mejor que nunca. Primavera política, le llaman»
Estoy impactado, alucinado, jorobado, ojiplático y embobado. No sé si el número de sinvergüenzas por metro cuadrado ha sido siempre del calibre actual, o si ha habido altibajos con el paso del tiempo. Le pregunté a un amigo y me dijo que me faltaba un hervor, dado que no hay más que mirar alrededor para constatar lo evidente: sinvergüenzas los ha habido siempre, en mayor o menor medida. Debe de ser que, como en mis estándares de comportamiento no incluyo ese apartado caradura, no puedo entenderlo.
Recuerdo, además, que de joven, cuando salía de copas con los amigos, ninguno se quedaba a palo seco mientras yo tuviera —o tuviese, que estaba deseando ponerlo: tuviera o tuviese (porque ahora ya no tengo)— recursos para pagar caprichos diversos. Las cosas y la manera de verlas cambian con el tiempo, pero eso tiene más que ver con nuevas obligaciones que con haber perdido aquella forma de ser. Marca mucho el ser padre y tener que dar a tus hijos lo que necesitan antes que otras cosas. De ahí el refrán: “Cuando seas padre, comerás huevos”.
En la España actual han cambiado muchos asuntos, y no para mejor. No parece que la gente tenga un criterio claro sobre lo que es moral y lo que no lo es. También es verdad que, dado el plantel de gente que nos gobierna hoy en día —y algunos de los gobernados—, no deberíamos ya asustarnos. Hay personas sueltas por ahí que tienen más peligro que una caja de bombas sin espoleta. Y si contemplamos las cosas con un poco de equilibrio, no sé si los gobernantes actuales pretenden que acabemos aceptando a ese pulpo bobo de reacciones primarias como animal de compañía, o si simplemente piensan que, cuanto más embrutecida esté la sociedad, más fácil será tenerla controlada y gobernar sin problemas.
Pensándolo bien, me inclino por esta segunda opción. Repartamos algunos caramelitos entre el populacho, no sea que acabe pidiendo pasteles de crema y chocolate. Mientras tanto, ellos —o algunos de ellos, más caraduras que la media— llenan sus sacas bancarias con lo que creen que les sobra a los ciudadanos de clase media.
Lo digo porque en estos días toca hacer la declaración de la renta, que yo, con bastante sorna, llamo “la clavación de la renta”, porque duele más que si te empotran en la pared con clavos del quince. ¡Batracios verdes! Si hasta me sale a devolver… Y con eso se demuestra que soy más pobre que las “gallines” de aquellas mujeres que ya ni recuerdo por qué protestaban. Como hoy todos protestamos por algo, nunca se sabe quién tiene razón. Claro que esto, me parece, ha sido siempre así: los que gobiernan quieren tener las arcas llenas —para ellos, y para hacer obras públicas— de esas que luego se agradecen con votos para que sigan haciendo… ¿obras públicas? ¿O más bien de las suyas?
Ahora que el presidente Sánchez tenía que estar presente en el Congreso de los Diputados para recoger interpelaciones de la oposición, resulta que está muy ricamente de gira con dirigentes de otros estados europeos. Imaginamos todos que está reviviendo su aventura vehicular con Ábalos y compañía, pero esta vez con Úrsula y otros, metiéndose con Israel —que lucha contra el terrorismo de Hamás en la Franja de Gaza—, con las abejas libadoras a punto de desaparecer si no nos andamos con ojo, y hasta con el todavía no aparecido —y que me gusta nombrar— Susum Corda.
Nada nuevo bajo el sol. Esta España de principios del siglo XXI no tiene nada que envidiar a la de charanga y pandereta. Claro que luego mandamos a Eurovisión a una cantante estupenda —tanto por voz como por aspecto—, y nos dejan casi en último lugar. Y no por culpa de ella, que lo hizo bien, sino por las declaraciones extemporáneas contra un país incluido en el concurso. Al parecer hay que vituperarlo, según nuestros insignes gobernantes, que aún no han pasado página. Deberían saber que a un socio que nos vende material militar, tecnología y seguridad —frente a lo que pudiera prepararse contra nosotros en el futuro— no se le desprecia. Ellos son la primera línea de defensa contra los terroristas palestinos, que por aquí gozan de gran aprecio, aunque no se sepa muy bien por qué.
Y es por todo esto que empezaba diciendo que estoy impactado, alucinado, jorobado, ojiplático y embobado. No sé si el número de sinvergüenzas por metro cuadrado ha sido siempre del calibre actual, o si ha ido fluctuando con el tiempo. Le pregunté a un amigo y me dijo que me faltaba un hervor, pues sinvergüenzas siempre ha habido. Debe de ser que, como no tengo vocación de caradura, no lo comprendo. Pero, desde luego, el número de desinformados que se alinean con las posturas de la ultraizquierda hace mucho más ruido que la gente normal y corriente.

