La Historia no se escribe para gente frívola y casquivana, y el primer deber de todo historiador honrado es ahondar en la investigación cuanto pueda, no desdeñar ningún documento y corregirse a sí mismo cuantas veces sea menester. La exactitud es una forma de la probidad literaria y debe extenderse a los más nimios pormenores, pues ¿cómo ha de tener autoridad en lo grande el que se muestra olvidadizo y negligente en lo pequeño? Nadie es responsable de las equivocaciones involuntarias; pero no merece nombre de escritor formal quien deja subsistir a sabiendas un yerro, por leve que parezca.
Marcelino Menéndez y Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles.

«Los hombres de acción se han situado en la cúspide del Estado para saquearlo, derribar sus muros y facilitar su demolición»
No se sabe con certeza quién pensó o escribió primero este conocido proverbio, Errare humanum est, perseverar autem diabolicum. Unos dicen que bien pudiera encontrarse la mano de Séneca el Joven. Otros, que fue la de San Agustín, San Bernardo, o puede que la de San Beda el Venerable. La importancia reside en qué se dice, no a quién debamos atribuirle su origen. Frase tan actual, que permea las capas más profundas de nuestra sociedad, y que trasciende o trastoca el devenir de una convivencia armónica, debería ondear cual enseña, bien visible en el horizonte. El trazado de este deambular común está lleno de guijarros y socavones. Con alguna habilidad, supimos sortear dificultades que parecían insalvables. Y dignificado, hasta cierto punto, las relaciones que nos sostienen y arman eso que denominamos proyecto. Relaciones que otorgan estabilidad y que –al igual que lo hiciera una condecoración– adornan y dan lustre en la solapa o en la hoja intachable del buen soldado. No se puede exigir a un pueblo exhausto –que ha cumplido de sobra con sus obligaciones– que aporte más aún, hasta la sangría, hasta agotarlo. No se debe tensar la cuerda hasta que hiera y corte como un cable, o hasta que se rompa y divida de forma irreversible lo que uniera en tiempos más recientes. Tal vez sea la nuestra una historia maldita que, bajo la apariencia de una lluvia fina, inocua al principio, inocente en apariencia, consigue calar hasta llegar a los huesos y enfermarlos. Después ya es tarde, el reúma hace su doloroso debut y nos llena de dolor.

La facilidad con la que hace mella esta retórica chusca que, a poco que se bucee en ella, se disuelve como la sal en el agua, muestra hasta dónde llega la cesión, la rendición de la voluntad. La visualizo como si fuera corpórea y poseyera una figura enorme, recostada en un diván, con la mirada perdida, ausente, mientras el caos se apodera de la escena y arrasa con los ornamentos que se hallan alrededor. España, piel de toro manso, sin trapío. Los siglos han operado en ella transformándola. Una conversión inesperada que reniega de sus héroes, de sus gestas, y se entrega a la derrota con desdén, pero llena de soberbia estéril. Lo peor de todo es la justificación de que nada puede hacerse por evitarlo. Los hombres de acción se han situado en la cúspide del Estado para saquearlo, derribar sus muros y facilitar su demolición. Mientras tanto, frente a ellos, la pasividad absoluta, inexplicable. Una oposición inoperante o, peor aún, ¿quizás cooperadora necesaria, que observa impávida el avance inexorable de la atroz sucesión de hechos nefastos? ¿En este punto estamos? ¿Match point?
Las reglas del juego no nos son ajenas. Todo partido aspirante al poder –entendido como cambio irreversible, como deus ex machina– tiene que diseñar su propia mitología que, a la vez, remita a moldes o arquetipos conocidos. Así, la frase «El cielo no se toma por consenso, sino por asalto» hunde sus raíces en la mitología griega. Marx, siglos después, se sirvió de ella para legitimar los intereses de la Comuna. Es curiosa la manera de anticipar el devenir, mostrarlo de tal manera que otros lo aprovechen en el momento oportuno. La semilla plantada dará su fruto tarde o temprano. Podemos ilustrarlo de este modo: en plena batalla por la conquista absoluta del poder judicial, Bolaños ha anunciado la creación de 1.004 plazas que contribuirán al proceso de estabilización de jueces y fiscales [1]. «Félix Bolaños, se ha afanado en defender que la ley ayudará a «la mayor transformación de la Justicia en décadas». «Queremos una justicia que sea un poder del estado y un servicio público que sea más ágil, cercano, digital, más adaptado a lo que los ciudadanos nos piden» [2]». De nada ha servido, de momento, la proyectada huelga de jueces y fiscales. El manifiesto publicado por la recientemente creada Unión de Fiscales y Jueces [aquí] pone de relieve la preocupante deriva totalitaria del régimen sanchista que, como escribe María Jamardo en El Debate, «dinamita al Poder Judicial desde los cimientos».
Un asombro mayor se produce cuando, a la vista de tan lamentable panorama, que pretende, encima, asestarle la estocada definitiva a una sociedad fuertemente sacudida, embestida por todos los flancos, haya quienes aún defiendan esta ruina moral. O esquiven su cuota de responsabilidad con un lacónico «No sé si podemos seguir apoyando a Pedro Sánchez, no lo sé [3]». Lo que ignoramos el resto es el número de caídas del caballo, o de llagas que habrá que ver y palpar antes de conceder, definitivamente, el hecho de que tengamos nuestra Patria asediada por los enemigos del verdadero bien común. Y están dentro, royendo sus entrañas. Y que además han rendido sus pendones –puesto nuestra soberanía– en manos extranjeras, causantes de daños pasados y seguros trastornos venideros. Sabedores de lo que puede significar el descrédito, como una sola voz, ha sonado al unísono la megafonía de los medios acusadores [4], cómplices del acrecentamiento del desastre. La auténtica máquina del fango, del bulo, el vertido de basura cotidiana, ha resultado ser un periodismo perruno –que presumía de serio–, cuyo pretendido magisterio se ha desmoronado en cuanto han resultado ciertos los informes de la UCO que se negaban [5], y se han confirmado las imputaciones a destacados miembros de la familia socialista [6].
Aplaudir la herejía frente al dogma, hoy, es la verdadera rebeldía de quienes no aceptan o no aceptamos la sumisión a esa pseudoverdad impuesta, escándalo tras escándalo, después de tantas infamias insoportables, de tantos yerros envilecedores. Hoy, don Marcelino Menéndez Pelayo elevaría una plegaria a favor de estos herejes que no comulgan con el nuevo cesarismo imperante. Así, aplaudiría el valor del periodismo militante con la única causa posible: la honorabilidad. Que mantiene el tipo a pesar de todo. Sostener, con justicia, a riesgo de la difamación, ese fundamento en lo más elevado, es digno de elogio [7]. Más necesario que nunca el aplauso al periodismo que se la juega, que no cede a las presiones, que no es farisaico ni se ha vendido a intereses espurios, en descenso vertiginoso al subsuelo de los principios. Por suerte, merecen toda consideración y respeto los nombres de Ketty Garat, adjunta a la dirección de The Objective, y los destacados periodistas del medio que han puesto al descubierto las grandes mentiras del PSOE, Teresa Gómez, Alfonso C. Suárez, Pelayo Barro, Juan Serrato o Enrique Morales. A todos ellos, gracias.
Cumplir lo que estimamos nuestro deber ya encierra en sí mismo una recompensa. Miguel Delibes, El hereje.
NOTAS_____________
[2] Los socios del Gobierno salvan la ‘ley Bolaños’ que ha sacado a jueces y fiscales a la calle
[3] Ana Belén: «No sé si podemos seguir apoyando a Pedro Sánchez, no lo sé»
[4] Teoría y práctica del Equipo de Opinión Sincronizada
Marlaska cuestiona ahora a los medios que informan de investigaciones de la UCO
[7] Jorge Freire: «Es peligrosísimo que los políticos hayan dejado de creer en la verdad»

