
«La bocina amenazante de un coche le hizo volver en sí, por fin se encontraba en la gran avenida rodeado de gente, como tanto deseaba»
Los trenes, a su paso, hacían temblar la casa hasta los cimientos. Él, encerrado en su habitación, se incorporó renqueante de la silla debido a sus doloridas rodillas. Necesitaba salir, sentir a la gente cerca. Rebuscó en su desordenada casa mascullando una sucesión de ininteligibles frases, hasta encontrar la inseparable bufanda.
Su semblante reflejaba una ancianidad avanzada. Cuando pisaba la calle, miraba con fijeza y extrañeza al resto de los peatones, a la vez que repasaba mentalmente su añosa vida, asaltándole el recuerdo de su niñez.
Se veía llegando del colegio una tarde cualquiera. Su madre planchaba la ropa en el salón de la casa, con el sonido de fondo de una interminable radio-novela. Mientras le preguntaba por el colegio, engarzaba una faena tras otra, cenas, comida, aseo de la casa, etc.
La bocina amenazante de un coche le hizo volver en sí, por fin se encontraba en la gran avenida rodeado de gente, como tanto deseaba. Pronto sus torpes piernas le pidieron un descanso. Mientras las aliviaba, deseaba con vehemencia poder hablar con alguien para aliviar su soledad, pero la gente le miraba de soslayo y continuaba su camino como verdaderos autómatas. Aún así, el mantenía la esperanza esbozando de vez en cuando una sonrisa seductora.
El barullo pareció espirar en medio de un incierto silencio. Diversas sombras pasaban cerca de él. En la distancia, un grupo de meretrices discutían entre ellas.
Los primeros rayos de sol iluminaron el amanecer con timidez. Entre tanto, se fue alejando confundiéndose entre la multitud, con la única compañía de su inseparable soledad.
(© 2025 Manuel Sanz Real)

