
«La guerra civil española no comenzó en 1936 sino en 1934, pues hubo eventos significativos en ese año además de todos los planes previos bajo un proyecto totalitario soviético»
Por mucho que se empeñen los manipuladores y los que alimentan la AI y el guerracivilismo podemos afirmar con rotundidad… ¡Sí!, la Guerra Civil Española de 1936-1939 se gestó y dio sus primeros pasos en 1934 o incluso antes.
La relación romántica de Azaña con el separatismo tuvo comienzo a principios de 1930, cuando la Segunda República todavía estaba en toriles y esperaba salir al ruedo. El 27 de marzo de ese año Azaña, en ese momento presidente del Ateneo de Madrid, tras un suculenta almuerzo con un grupo de intelectuales catalanes y tal y como él mismo recordaba en «La recuperación del ideal republicano» , en mitad de aquel ambiente festivo declaró su amor por la región de Cataluña e incidió en que la única forma de obtener «la libertad catalana y la española» era hacer caer a la monarquía, incidiendo: «El medio es la revolución, el objetivo, la República».
Se le calentó la boca aquel 27 de marzo a Azaña en estilo que nos recuerda a Zapatero: «Siempre había admirado a Cataluña […]. Antes comprendía el catalanismo. Ahora, además de comprenderlo, siento el catalanismo. Yo concibo, pues, a España con una Cataluña gobernada por las instituciones que quiera darse mediante la manifestación libre de su propia voluntad. Unión libre de iguales con el mismo rango, para así vivir en paz…», continuando en su discurso lleno de miel para su audiencia separatista les decía: «Y he de deciros también que, si algún día dominara en Cataluña otra voluntad y resolviera ella remar sola en su navío, sería justo el permitirlo y nuestro deber consistiría en dejaros en paz, con el menor perjuicio posible para unos y otros, y desearos buena suerte», creyendo que ese deseo nunca llegaría continuó y remató con elogios a su «cohesión nacional» o su «sensibilidad por la causa pública»… pero se equivocó de punta a cabo.
Ese coqueteo romántico terminó de materializarse en el Pacto de San Sebastián firmado el 17 de agosto de 1930, para finalmente manifestar su rechazo al golpista Companys y al independentismo catalán por traicionar a la República, aunque el presidente de la Segunda República había sido uno de los mayores defensores del Estatuto, en la Guerra Civil. Se desencantó con los independentistas y los consideró unos traidores además de pedigüeños inagotables cuando escribió aquello de: «Con Franco ya nos entenderíamos nosotros, o nuestros hijos, o quien fuere, pero estos hombres son inaguantables».
Tras el ambiente que se gestaba desde 1930 con la caída de la monarquía, la situación de 1933 y el golpe socialista de 1934 que vamos a citar, la guerra civil estalló definitivamente los días 17 y 18 de julio de 1936 mediante un alzamiento frente al desgobierno que pretendía convertir España en una república soviética a la que aspiraba Largo Caballero.
Ya en octubre de 1934 hubo un golpe de estado socialista revolucionario en España, en lo que se conoció como la Revolución de Asturias, evento que indefectiblemente marcó el inicio de la terrible guerra civil que se avecinaba.
En 1934, España se encontraba inmersa en un proceso autodestructivo y revolucionario encabezado por los socialistas y resto de la izquierda, que pretendían convertir España en un satélite soviético. Las instrucciones epistolares de Stalin a Largo Caballero corroboran el proyecto de la Komintern evidente en julio de 1935.
Recordemos que tras el fracaso rotundo de la coalición republicano-socialista en las urnas en las elecciones legislativas del 1 de noviembre de 1933, los dirigentes del PSO€ organizaron una sublevación general en la nación, para de esta forma asaltar el poder.
En septiembre de 1934 fue capturado el buque «Turquesa» en la ría asturiana de Pravia con un alijo de armas precisas para llevar a cabo una rebelión armada cuya cabeza visible era Indalecio Prieto y que logró salvar el pellejo al huir a Francia.
Visto el fracaso, el PSO€ y su sindicato, la UGT, convocaron a la huelga general, como apoyo a la revolución armada prevista para el mes siguiente y coincidiendo con ella. Con anterioridad, el 31 de marzo de 1934, se había formalizado una Alianza Obrera entre las sindicales UGT y CNT, bajo el impulso de Largo Caballero.
La sangrienta revuelta, antecedente de lo que estaba por venir, estalló en la cuenca carbonífera de Asturias y León, con conatos de rebeldía en toda España y como no podía ser de otro modo con la oportunísima proclamación en este contexto del Estado Catalán, realizada por el líder de la coalición catalanista Esquerra Republicana Lluys Companys, futuro genocida, el 6 de octubre de 1934.
La rebelión asturiana fue frenada por el ejército bajo órdenes de la República y en la que fueron protagonistas los generales Eduardo López Ochoa y Francisco Franco, entre otros militares que vencieron a los rebeldes en los combates sostenidos entre los días 5 y 14 de octubre de 1934 para con ello reponer el orden constitucional.
Los hechos de Barcelona serían frenados también bajo órdenes del gobierno republicano por el tristemente olvidado y laureado por estos hechos general Batet.
Largo Caballero, cabeza de la Revolución de Octubre fue encarcelado junto con los dirigentes capturados del PSO€ y de UGT. La amnistía dada por el Frente Popular al tomar al poder en 1936 les puso en la calle y con ello tomando asiento en los escaños del Congreso de los Diputados.
No podemos pasar por alto lo que ya se venía cocinando desde mucho antes pues el 23 de julio de 1933, siendo ministro de Trabajo de la coalición Republicana-Socialista, Largo Caballero manifestó claramente en un mitin celebrado en el madrileño cine Europa: «Aspiramos a cambiar el régimen en una República Socialista».
El 13 de agosto, añadía: «El período de transición política hacia el nuevo Estado es inevitablemente la dictadura del proletariado». Largo Caballero reafirmó estas palabras una y otra vez en un discurso pronunciado en Murcia el 15 de noviembre de 1933 al decir: «Tenemos que recorrer un periodo de transición hasta el socialismo integral, y ese periodo es la dictadura del proletariado….¡Templad el ánimo para la batalla!».
La vocación revolucionaria de Largo Caballero era evidente y reconocida. En la villa extremeña de Don Benito, manifestó en un discurso electoralista el 8 de noviembre de 1933, conforme sintetizó el titular del diario «El Socialista» del día 9: «No debemos cejar hasta que en las torres y edificios oficiales ondee la bandera roja de la revolución».
El párrafo completo que cerró el discurso fue éste: «Tenemos que luchar como sea, hasta que en las torres y en los edificios oficiales ondee no una bandera tricolor de una República burguesa, sino la bandera roja de la Revolución socialista».
En ese discurso, Largo Caballero también manifestó: «Vamos a echar abajo el régimen de propiedad privada», y «la burguesía no aceptará una expropiación legal. Habrá que expropiarla por la violencia».
Con todo esto lo que se pretendía era un cambio radical del sistema político alimentado con la aparición de Stalin en la escena española, cuya sombra se abatió con claridad en la Revolución de Octubre de 1934 y en la creación del Frente Popular como una filial estalinista. Realmente la victoria de Franco de 1939 acabó con el proyecto totalitario soviético del socialista Largo Caballero.

En julio de 1933, el socialista, no estalinista, Julián Besteiro había proclamado con cierta visión en una conferencia ofrecida en Oviedo, al observar el cariz de los acontecimientos que comenzaba a vivirse dentro de su partido: «Si triunfa el bolchevismo en España la República sería la más sanguinaria de la historia contemporánea»… como así fue.
Largo Caballero contestaba desde Valencia, a raíz del asedio que había sufrido Madrid, el 12 de enero de 1937 a unas instrucciones recibidas de Stalin que le había enviado el 21 de diciembre de 1936, primeramente se excusaba por aquellos puntos que no se estaban cumpliendo con fidelidad en la España del Frente Popular, luego daba la razón a Stalin, y aclaraba finalmente sobre el apego al parlamentarismo: «(…) conviene señalar que, cualquiera que sea la suerte que el porvenir reserve a la institución parlamentaria, ésta no goza entre nosotros, ni aun entre los republicanos, de entusiastas defensores(…)».
El cariz democrático de este individuo, defendido por ZP, Sánchez como por el sindicalista Pepe ‘Pasminas’ Álvarez, y con un sórdido monumento en Madrid es cristalino pues nos demuestra con sus hechos y sus discursos que repudiaba la democracia liberal, tanto como los derechos humanos, el parlamentarismo, que defendía la revolución, las armas y la violencia.
Así que aquella revolución, que tuvo lugar principalmente en Asturias, frenada por el gobierno republicano desencadenó una guerra civil completa. La guerra civil, como tal, ya había comenzado azuzada desde la Unión Soviética, y culminó con el levantamiento militar de 1936 que duró tres años y cuyas heridas ya cerradas se han vuelto a reabrir con las manos de personajes siniestros como el expresidente Zapatero.
En resumen, la guerra civil española no comenzó en 1936 sino en 1934, pues hubo eventos significativos en ese año además de todos los planes previos bajo un proyecto totalitario soviético. Pero que el 18 de julio como tantos otros temas no se empleen como cortina de humo de lo que tenemos que tener presente en todo momento… Sánchez, PSO€, put@s y corrupción.
