Musas del periodismo. Por Diego Pardos 

Musas del periodismo. En la imagen Emilia Landaluce y Ketty Garat.

«Escribo sobre las “musas” del periodismo porque si no serían los musos. Y “porque me da la gana”, que es argumento poco utilizado y que hay que usar más a menudo»

Después de dedicar una columna a las musas de la política, toca hacerlo hoy -botón de muestra- a las musas del periodismo. En un reciente tuit, María Durán justifica el odio a los periodistas aludiendo a su colega Esther Palomera. Y confiesa que cuando un desconocido le pregunta por su profesión reconoce ser “florista”. Cuando María venía al mundo y los anuncios eran machistas hubo uno célebre del desodorante Impulso, donde un desconocido regalaba flores a las señoras. El oficio de florista es muy vistoso a la par que oloroso y sólo tiene el inconveniente que pueda producir esa tristeza inevitable de ciertos clientes de las empresas de pompas fúnebres. Peor sería, digo yo, que siguiendo el ejemplo de la presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid una se confesara “frutera”, pues no está el patio ni la sauna para estos divertimentos, por mucho que doña Isabel Natividad se deje el dinero de los contribuyentes en gomas higiénicas y geles de placer. Así que ni florista ni frutera: contentémonos con el sufrido oficio de la humilde “cajera”, en espera de más altas responsabilidades.   

 

Es cierto que no se da abasto para mostrar una preferencia clara por tal o cual profesional de la comunicación. No hay tiempo para escuchar emisoras de radio y tertulias. Ni para ver la televisión, ni para leer en el abanico de la prensa digital o impresa, más o menos subvencionada. Uno ha de mostrar esas sus preferencias en el rápido ojeo de las redes sociales (aunque algunas, como Emilia Landaluce, esa musa de la derecha, carezcan de ellas, y muy bien que hacen por cierto). Digo que en ese ojeo uno se entera, por ejemplo, de que Ana Iris Simón (otra musa de la derecha) se queja de la negativa de El País a publicar su columna sabatina. Ignoro si finalmente la dirección del periódico publicó lo escrito por la de Ontígola. Y tampoco sé si la autora de “Feria” sigue a estas alturas colaborando con el diario independiente de la mañana. 

 

Todo este asunto es bien curioso, porque de pronto hay periódicos que se quedan sin periodistas de postín y periodistas que parecen brillar en un rincón casi oculto en espera de que un jefe de opinión o algún gerifalte obediente liquide a esa musa del periodismo que ¡ay!, no tiene más remedio que confesarse florista. Porque miren ustedes que hay gente aburrida que está escribe que te escribe… y charla que te charla…. Hay periodistas eternos, columnistas perennes o escritores brillantes. Pero las auténticas musas del periodismo son aquellas que han sido desterradas y que vagan por su exilio literario añoradas por los lectores que una vez fueron. Y hay columnistas muy serias, como Cristina Casabón; y algo gamberras, caso de Rebeca Argudo, a quienes voy a dedicar una simpática cuarteta: 

 

Que Cristina Casabón, 

junto a la Rebeca Argudo 

es mujer como un bombón, 

ni se duda ni lo dudo. 

 

Mientras, leemos la negra crónica de la corrupción patria descrita por Ketty Garat y en vano esperaremos que doña Carmen Álvarez Vela nos divierta con sus ocurrencias, y que la Durán nos haga reír mediante sus abundantes excesos. Porque lo peor -con todo- y lo más imperdonable es la privación del divertimento y el buen humor. Total, que el mundo de la comunicación es un asco y uno al final opta por comprar El Progreso de Lugo para leer los artículos que sobre moda escribe doña Alba Vila. 

 

Por si alguien me reprocha que sólo mencione a las mujeres, les diré que yo escribo sobre las “musas” de la política porque si no serían “musos de lo político” y las musas del periodismo también serían musos. Y “porque me da la gana”, que es argumento poco utilizado y que hay que usar más a menudo. Aunque, bien pensado, quién me va a reprochar nada -como no sea la ministro de Igualdad- en un día como el de hoy, diecinueve del mes que nos contempla por más señas, donde la familia se acomoda, y esto es un decir, dentro del Seat 127, camino de Torremolinos o de Motilla del Palancar, para pasar unos días de verano, de sangría, calor y toros. Y encima con la paga del 18 de julio. 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

Artículos recomendados

Deja un comentario