
«Según lo planeado, don Isidoro tomó un taxi rumbo a Benidorm y en plena temporada se alojó en una lujosa habitación, en la planta 14 del Gran Hotel Fary»
Los pocos pero selectos lectores de La Paseata tuvieron noticia de don Isidoro Barroso, simpático jubilado que abandonó el segundo día el asilo al que estaba destinado mientras su hija y el yerno disfrutaban de unas vacaciones en el extranjero. Qué fue del pobre viejo, se preguntarán quienes lean por vez primera esta columna sabatina. Pues resulta que según lo planeado, don Isidoro tomó un taxi rumbo a Benidorm y en plena temporada se alojó en una lujosa habitación, en la planta 14 del Gran Hotel Fary. El trayecto fue de lo más ameno, pues el taxista, desplazado desde Zaragoza, era un tal Javier Aznar, de los Aznar de Moyuela, dado también a las faenas del campo y padre de familia numerosa. De modo que el señor Barroso no cabía en sí de gozo, como suele decirse, pues dedicaron el viaje a conversar.
He podido saber por él de algunos detalles de su plácida estancia en la Costa Blanca. Pasando por alto los molestos gritos y gemidos de los vecinos de chambre (una americana que no hacía más que gritar «¡Antonio!», y el Antonio que ejercía de cantaor de cante jondo), las vacaciones fueron sensacionales. Así, la primera noche, cenando en el restorán cordobés del hotel, ya tuvo la visión esplendorosa en la mesa contigua de dos suecas exuberantes que no hacían más que insinuarse a don Isidoro. Pero éste, que tenía más mili que el Caudillo (con perdón) enseguida detectó la imitación: que eran morenas teñidas y que mientras una hablaba un inglés atropellado con acento de Chinchón la otra trabucaba el español con expresiones propias de Corduente.
En esa primera noche, además, a punto estuvo de ligar con una euskal neska de pelo rojizo, viuda como él. El idilio no pasó del aperitivo, donde la grácil vascongada se arreó a velocidad trepidante cuatro calimochos. Se llamaba Mila Esker Etortzeagatik y era natural de Azcoitia, como don Javier Arzalluz Antía. Comprenderán ustedes que hay cosas que no pueden ser. La segunda noche, sin embargo, tomó amistad con un adinerado empresario de Chicago, míster Ray Stevens, de luna de miel en nuestro país. Quienes leyeren hace un año Un sombrero en el perchero recordarán sus circunstancias, publicadas en La Paseata.
-Es mi segundo matrimonio -le aclaró el industrial-. Lo malo es que en la planta catorce vive durante todo el año mi exmujer con su nuevo marido y por lo visto montan unos escándalos… Por eso nos alojamos en la Suite Real, que está más arriba.
-Pues qué coincidencia. Parece ser que doña Margaret y don Antonio son vecinos míos, por lo que cuenta usted.
-No se apure, amigo Isidoro -terció la bella Patricia-, que hay seguro mucho ruido y pocas nueces.
Ustedes se imaginan: tras el primer viaje del señor Stevens a Benidorm en busca de sol, paella y suecas comprendió enseguida que nunca se encontraría en la playa o en una boite con Ingrid Bergman o Greta Garbo. Pero se enamoró de España, y ya de vuelta a los USA se casó con su secretaria y el resto ya lo saben. La amistad del feliz matrimonio con don Isidoro se acrecentó con los días. Hasta el punto de que el día fatídico los americanos llevaron en su Dodge Dart al señor Barroso de regreso a la residencia del Monasterio de Piedra. Tras ese primer encuentro en el comedor del Fary, que fue, no lo he dicho, en el salón oriental para evitar señoras con Eusko Label y seudosuecas, que por allí se veían a diario. Stevens era ya en el establecimiento un cliente de los llamados VIP y don Isidoro aportaba la sabiduría del español viejo, ojo avizor siempre a la faramalla y a la mercancía falsa. Cómo sería la estadía de los recién casados para que incluso visitaran varias inmobiliarias buscando casa por la zona.
(Sospecho que la presencia de la antigua señora Stevens dando gritos y bebiendo manzanilla no contribuyó a la materialización de la idea… aunque nunca se sabe.)
El viaje de novios de la que fuera “Miss Pantorrillas Illinois” y el rico industrial siguió por parte de los más conocidos destinos turísticos del país (durmiendo, eso sí, en sus tan celebrados Paradores, como el de Gredos, inaugurado en plena dictadura de Primo de Rivera). Con la promesa de verse al verano siguiente se despidieron en la puerta del resort para mayores (valga el eufemismo) el viudo Barroso, Ray y su encantadora esposa. Porque al día siguiente volverían de Cadaqués Ana y Marcel diciendo papi qué envidia, qué paraíso es este, con los calores que hemos pasado y cómo está el servicio en Hanói.
-En efecto, y sin cobertura en el móvil. He gozado de tranquilidad y ganado al dominó. Y me quedé sin puros.
-Lo extraño es lo moreno que te has puesto, papá, con la de sombras que hay por aquí. Si casi hace falta chaqueta.
-Sombras engañosas, hija mía. La piscina es un auténtico solárium: aquí vienen los suecos a rectificar su natural palidez.
-Pues nada, don Isidoro, el año que viene se pega usted un mes aquí tan ricamente.
-Cómo lo sabes, yerno, un mesecito o algo más. Aunque eche de menos a los pillastres de mis nietos.

