El “nazionanismo” independentista. Autoerotismo antieuropeo del poder. Por Fernando M. Gracia 

El “nazionanismo” independentista.

«El “nazionanismo” independentista ha convertido a una parte de Cataluña en una parodia de sí misma»

Hay nacionalismos que buscan preservar una lengua, una cultura, una forma de vida. Y hay otros que, en nombre de lo propio, imponen lo suyo y suprimen lo demás. En España, el independentismo catalán ha mutado hacia esta segunda forma: una ideología que se disfraza de libertad, pero que reproduce patrones autoritarios, excluyentes, casi totalitarios. Por eso, no pocos lo han bautizado con un término tan provocador como revelador, el nazi-onanismo. 

El término no es gratuito. No se trata de una reducción al absurdo ni de una comparación oportunista con el nazismo histórico, sino de una crítica a los métodos, no a las formas externas. El independentismo radical catalán ha adoptado una lógica política basada en el supremacismo moral, la manipulación histórica, el señalamiento del disidente, la homogeneización cultural y la infantilización del adversario. Su mundo está dividido entre el “pueblo catalán” y los colonos, entre los “patriotas” y los “traidores”, entre los que tienen derecho a decidir y los que, simplemente, sobran. 

La maquinaria de este nazionanismo se articula con eficacia. Tiene medios de comunicación públicos que funcionan como órganos de propaganda, no de información, con lenguaje dirigido, imágenes emocionales y omisiones sistemáticas. Tiene un sistema educativo que, bajo el manto de la inmersión lingüística, educa en una sola verdad histórica. La del agravio eterno, la del expolio económico, la de la represión cultural por parte de España. Tiene redes clientelares, instituciones capturadas y una elite política que ha aprendido a vivir del conflicto, no de la solución. 

El “nazionanismo” no tolera la discrepancia. Al disidente lo llama botifler, colono, fascista o españolista. Lo señala, lo expulsa del relato común, lo convierte en extraño en su propia tierra. No importa si ha nacido en Cataluña, si habla catalán, si paga impuestos allí o si lleva a sus hijos a la escuela pública. Si no comulga con el proyecto secesionista, es una pieza defectuosa del engranaje nacional. Esa lógica excluyente es incompatible con cualquier democracia madura. Y, sin embargo, se ha normalizado. 

Quienes defienden este modelo dicen que su lucha es por la libertad, pero lo que exigen es adhesión. Dicen que buscan construir un Estado, pero lo hacen destruyendo el pluralismo. Dicen que España los oprime, mientras ellos imponen una sola lengua, una sola bandera y una sola idea de lo que significa ser catalán. Esa contradicción no es accidental, es estructural. Porque el nacionalismo radical necesita enemigos para existir. Y si no los hay, los inventa. 

El “nazionanismo” independentista ha convertido a una parte de Cataluña en una parodia de sí misma. Ha borrado matices, ha dinamitado puentes, ha falsificado el pasado para justificar el presente. Ha envenenado la convivencia con una épica victimista que convierte cada sentencia judicial en una agresión, cada decisión democrática del Parlamento español en un atropello, cada intento de diálogo en una humillación intolerable. 

Frente a esta deriva, no caben complejos. Defender la legalidad, la historia compartida, la libertad de conciencia y el derecho a sentirse catalán y español a la vez no es reaccionario, es urgente. Y más aún, es justo. Porque el verdadero enemigo de Cataluña no es España, sino quienes la empujan hacia una sociedad cerrada, excluyente, monocorde. ¿Cómo se puede ser enemiga de sí misma? Quienes usan la lengua como trinchera, la historia como arma y el sentimiento como chantaje emocional, son responsables. 

Nombrar este fenómeno por lo que es, sin eufemismos, es el primer paso para combatirlo. Y el término nazionanismo, incómodo, provocador, pero certero, es una herramienta útil para desenmascarar una ideología que se disfraza de libertad para imponer servidumbre. No lo olvidemos. A veces, el nuevo autoritarismo se presenta envuelto en “senyeras”, pero su lógica es siempre la misma. Y su objetivo, también el pensamiento único. 

 

 

 

Fernando M. Gracia Climent

Porque pienso que la humanidad no se divide en gente de derechas y gente de izquierdas, hombres y mujeres,... se divide en buenas y malas personas, escribo desde el corazón pero siempre usando la cabeza. Músico, lector compulsivo, historiófilo, proyecto de escritor, cinéfilo impenitente y Alférez de España.

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