Androfobia para principiantes (con perdón). Por Fernando M. Gracia

Androfobia para principiantes

«La androfobia, término que suena a enfermedad venérea con máster, consiste, básicamente, en atribuirle a todo varón el estatus ontológico de amenaza»

En esta época de alta sensibilidad y baja tolerancia al sentido común, odiar a los hombres se ha convertido, más que en una excentricidad ideológica, en una especie de ritual de iniciación para entrar en ciertos círculos bien pensantes. No hablamos, por supuesto, del odio visceral, ese tan de película mala y escopeta oxidada, sino de un desprecio sofisticado, revestido de teoría, acrónimos y alguna cita de Simone de Beauvoir mal leída en un meme. 

La androfobia, término que suena a enfermedad venérea con máster, consiste, básicamente, en atribuirle a todo varón el estatus ontológico de amenaza. No importa si uno es padre, albañil o monje cartujo, si te afeitas con cuchilla y orinas de pie, eres parte del problema. Y ojo, que esto no lo dice un tertuliano de canal digital. Lo insinúa, con más o menos finura, una buena parte del activismo institucionalizado, que ha pasado de exigir igualdad a repartir carnets morales con más entusiasmo que un ujier de inquisición. 

No se trata ya de que el hombre deba comportarse con respeto, madurez o empatía, faltaría más, sino de que, para ser aceptado, debe implosionar su identidad y sustituirla por una versión beta, autocrítica, culpable y, sobre todo, silenciosa. Lo llaman deconstrucción. Yo lo llamo penitencia preventiva. Y es que, hoy por hoy, hasta toser con autoridad puede considerarse mansplaining respiratorio. 

Curiosamente, mientras cualquier chiste mal interpretado sobre mujeres puede acabar con tu carrera, tus redes y hasta con tu café de media mañana, afirmar alegremente que “todos los hombres son unos cerdos” se considera terapia grupal. Eso sí, en círculo, con incienso y cuota de género. Y a ser posible, en catalán inclusivo. 

Los micromachismos son otro invento glorioso. Han conseguido convertir el abrir una puerta, pagar la cuenta o incluso ofrecer una chaqueta, de ser signos de consideración o educación hacia otra persona en gestos protofascistas. Todo es violencia, la verbal, la visual, la pasiva, la espectral y, si me apuras, la astrológica. El único varón seguro es el que ha sido previamente castrado por decreto ley. Y aún así, sospechoso. 

Y qué decir de la academia. La universidad, antaño lugar de confrontación de ideas, se ha transformado en una especie de spa emocional donde se pontifica con voz temblorosa sobre lo mucho que duele el capitalismo heteropatriarcal. Los clásicos varones, Kant, Hegel, Platón, son reliquias sospechosas. La verdad, la razón y la lógica han pasado a considerarse herramientas de opresión. Ahora se investiga desde el útero y se escribe con perspectiva menstrual. 

El que ose levantar la voz, aunque sea para preguntar dónde está el extintor, será acusado de discurso de odio, blanqueamiento de privilegios y, si tiene barba, de terrorismo afectivo. Porque sí, ser hombre, hoy, es estar constantemente al borde de un juicio sumarísimo en redes sociales, presidido por jueces sin toga pero con máster en TikTok. 

Pero no todo está perdido. Quedan aún algunos valientes que, entre café y café, se atreven a decir que esto, quizás, se nos ha ido un poco de las manos. Que el feminismo no se construye sobre el odio, ni la justicia sobre la humillación selectiva. Y que la igualdad de verdad es incómoda, porque obliga a hablar con el otro, no a silenciarlo por sistema. 

Y sin embargo, ahí seguimos, en este teatro posmoderno donde el varón debe disculparse por cada átomo de testosterona, pedir perdón con perspectiva de género y colgarse una chapa con sus pronombres como si le fuera la nómina en ello. Y quizás le va. 

Porque no todos los hombres son malos, claro. Solo los que respiran. Al menos para esa parte de la humanidad que habla de diversidad pero no la practica.  

En serio ¿no será la igualdad, dentro de que cada persona es única e irrepetible, el acto de entender que todas ellas tienen los mismos derechos y obligaciones ante la ley y no un acto de cambio de tornas?  

Lo que está mal, está mal, venga de donde venga y vaya hacia donde vaya. 

 

Fernando M. Gracia Climent

Porque pienso que la humanidad no se divide en gente de derechas y gente de izquierdas, hombres y mujeres,... se divide en buenas y malas personas, escribo desde el corazón pero siempre usando la cabeza. Músico, lector compulsivo, historiófilo, proyecto de escritor, cinéfilo impenitente y Alférez de España.

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