
«España debería recordar a estos héroes injustamente olvidados a la espera de que nuestro cine español decida abordar seriamente alguna de estas gestas»
Ya hablamos de Ruiz y Veloso y sus aventuras en el reino de Annam, la Cochinchina en tiempos de Felipe II, ese lugar al que el gracejo popular no sabemos cuándo le agregó la “N”, para mandar a alguien muy lejos con un “¡Anda y vete a La Conchinchina!” expresión quizá rara hoy pero de uso corriente entre nuestros abuelos, un lugar remoto y quizá mítico.
Hoy hablamos de nuevo del actual Viet-Nam pero volvemos a hablar de españoles y de un hecho real que quedó oculto y olvidado por la típica desidia que desde aquí denunciamos y nos referimos a la decisiva participación españolas en el desembarco de Danang y la batalla de Saigón un lejano ya 17 de febrero de 1859.
Cochinchina, hoy sur de Vietnam, es un lugar donde España en una prueba de quijotismo sin parangón apoyó la iniciativa de Francia de anexionar ese territorio del delta del Mekong. Durante el reinado de la reina Isabel II, el gobierno español presidido por el general Leopoldo O’Donnell (1858-1863), en una España plena de corrupción y con el prestigio internacional perdido, decidió la participación española a petición de Francia. Un siglo antes de la cinematográfica guerra de Vietnam, de donde los norteamericanos se retiraron en 1973, un grupo de 1.500 soldados españoles, peninsulares y tagalos, junto con tropas francesas, tomaron la ciudad de Saigón.
España había firmado en 1834 el Tratado de la Cuádruple Alianza junto con Francia, Gran Bretaña y Portugal, en virtud del cual si uno de dichos países era atacado, los demás aliados se obligaban a intervenir. Previamente los misioneros españoles, unos 5.000, habían logrado la conversión de cerca de 300.000 almas, a lo que el receloso emperador Tu Duc respondió en1821 con la expulsión de los europeos, y en 1833 desencadenó una persecución contra los religiosos católicos mediante el asesinato y la tortura. En 1847 los franceses bombardearon el puerto de Da Nang y en 1852, Napoleón III, justificando sus pretensiones mercantiles solicitó la cooperación española, mientras continuaba la persecución religiosa a los misioneros españoles en Vietnam en la que el asturiano dominico obispo Melchor García San Pedro, también conocido como San Melchor de Quirós, fue decapitado y su cabeza colocada en la plaza de Nankín el 28 de julio de 1858.
Nacido en Valencia el 24 de abril de 1819 en el seno de una familia acomodada de comerciantes, Carlos Palanca comenzó su educación siguiendo los deseos de su padre, quien lo envió a Francia para realizar estudios mercantiles. Sin embargo, su vocación militar prevaleció, y el 18 de abril de 1839, cuando contaba con veinte años, se unió al Regimiento Provincial de Milicias de Soria como subteniente de gracia. Destacado en Málaga, sus primeras misiones incluyeron la escolta de convoyes y la persecución de bandoleros en Sierra Morena. Estas experiencias iniciales forjaron en él un carácter decidido y valiente, cualidades que serían determinantes en su carrera futura. Después de varios años de servicio en diversas regiones de España, incluida una estancia en la isla de Alhucemas para la vigilancia del contrabando y combates contra sublevados en Albacete, Palanca fue ascendido a capitán. En noviembre de 1843, embarcó en Cádiz con destino a Manila, pero una grave enfermedad truncó su estancia en Filipinas, obligándolo a regresar a Madrid. No obstante, su regreso a España no marcó el final de su carrera en Asia. Tras varios años de servicio en diferentes regiones españolas, Palanca solicitó y obtuvo un destino en Filipinas en 1852, reanudando su carrera militar en el archipiélago. En Filipinas, Palanca se destacó por su eficacia en la lucha contra la delincuencia y la insurgencia en la isla de Luzón, lo que le valió el reconocimiento del capitán general y su nombramiento como comandante general de La Laguna, Toyaba y Batangas. Sin embargo, su momento de mayor relevancia histórica llegó con la expedición franco-española a Cochinchina en 1857.

Al hablar del Ejército español en Filipinas en el siglo XIX, previo a aquel momento, recordemos que de los tres batallones de Infantería de línea existentes el 1º adopta el nombre propio de Reina y el 2º el de Fernando VII en 1828, y en 1830 son ambos elevados a categoría regimental, mientras el 3º de línea recibe ese año de 1830 el nombre de Príncipe, y será regimiento dos años después. Ese mismo año de 1832 el 1º de ligeros se reorganiza como Regimiento del Infante, 1º de ligeros.
En 1830 se organiza un cuerpo nuevo para enviar a Filipinas con voluntarios y sorteados de los regimientos peninsulares de África nº 6 y del Fijo de Ceuta. Llega a Manila en 1831 con el nombre de Regimiento del Rey, 1º expedicionario de Asia, tomando la bandera y precedencia del extinguido en 1823 y que integraría plazas indígenas, cosa que no sucedería con el regimiento de Artillería que, aunque inicialmente mixto, en la segunda mitad del XIX acabó por ser la única unidad “filipina” con todo su personal europeo. En 1832 se organiza el Fijo de Zamboanga, remota región al sur de la isla de Mindanao y que en 1848 pasó a la categoría de Milicia y destino disciplinario para los desertores de otros cuerpos.
El Príncipe 3 pasó a la categoría de ligero mutando su nombre a regimiento España, 2º de ligeros en 1843. En 1849 desaparecen las diferencias entre línea y ligeros reordenándose la escala del 1 al 5, correspondiéndoles a los ligeros el nº 4 y el nº 5. Dos años después se produce una reorganización general, con ella se suprimen las unidades de milicias y se inicia un proceso para doblar el número de regimientos, así el Regimiento Granaderos de Luzón, 1º de Milicias, se transforma en veterano con el nombre de Príncipe nº 6. Mientras que con personal sobrante por reducción de plantillas y con el personal veterano, tanto oficiales como clases, de los cuerpos de milicias disueltos, se organiza el Regimiento de la Princesa nº 7, especializándose, por estar destinado a combatir a los piratas moros del sur, en operaciones marítimas desde salisipanes. Este tipo de nave era una embarcación peculiar del sur del archipiélago filipino, que solo se diferencia de la ‘panca’, otra embarcación tradicional, en que lleva realzadas con nipa, palmera tropical, las bordas, a mayor altura, y en este realce unos palos delgados y paralelos donde se fijan las rodelas que sirven de reparo a los bogadores contra las flechas y venablos. Este era un barco típico de piratas que navegaba a fuerza de remo con extraordinaria velocidad.
En 1852, con excedentes locales y reemplazos peninsulares se organiza el Regimiento Borbón nº 8, dos años después el de Isabel II nº 9, y finalmente el Castilla nº 10 en 1859 con personal de las islas.
En lo que atañe a este sencillo trabajo, en la expedición con los franceses a la Conchinchina, actual Vietnam, de 1858 participaron fuerzas de los regimiento Rey nº 1, Reina nº 2 y mayoritariamente del Fernando VII nº 3, junto a otras fuerzas menores de Artillería, administración y Sanidad.

Como cabeza de los españoles olvidados en aquel conflicto traemos la memoria del que llegaría ser mariscal de campo, Carlos Palanca Gutiérrez, quien nos legó la Reseña histórica de la expedición de Cochinchina, y tuvo un papel destacado en la toma de Saigón y en las negociaciones de paz que siguieron. Episodio olvidado que desgarró la vida de más de mil soldados españoles en tierras hostiles y que no ha tenido ni tiene la conmemoración merecida y que supuso una heroicidad sin recompensa ni rédito alguno para España que confió ciegamente en Napoleón III y embarcó a sus tropas sin exigir garantías y sin apenas coordinación entre la península y el gobernador de Filipinas con el solo propósito de castigar el asesinato del misionero dominico y vicario apostólico de José María Díaz Sanjurjo obispo titular de Platea y vicario apostólico de Tonkín que fue salvajemente martirizado y decapitado públicamente el 20 de julio de 1857.
Palanca, como ministro plenipotenciario y comandante general de las fuerzas expedicionarias, también lideró la resistencia española durante más de un año con pocos recursos y desempeñó un papel importante en las conversaciones de paz que finalmente pusieron fin al conflicto.
El 1 de Diciembre de 1857 los gobiernos de España y Francia acuerdan intervenir militarmente, poniéndose las tropas españolas bajo mando francés. Sale el primer contingente movilizado por el capitán general de Filipinas, General Norzegaray. En agosto de 1858, previo bombardeo, las fuerza francoespañola desembarca en la bahía de Da-Nang, cerca de Hué, la capital imperial, con 1.300 franceses y 500 españoles, tomando el 2 de septiembre la fortaleza de Da-Nang.
El contingente español, compuesto por el Regimiento de Infantería Fernando VII nº 3 y varias compañías de cazadores y de Artillería, partió de Manila en septiembre de 1858. Las operaciones militares comenzaron en la bahía de Turón, actual Da-Nang, donde las fuerzas aliadas bombardearon y tomaron los fuertes que protegían la entrada. Palanca desempeñó un papel crucial en estas primeras operaciones, mandando una de las columnas que reconocieron y destruyeron las fortificaciones enemigas.
En febrero de 1859, las fuerzas aliadas se concentraron en el puerto de Da Nang. El mando de la operación estaba bajo la responsabilidad directa del almirante francés Rigault de Montigny. Una fuerza combinada de siete barcos franceses y el español Elcano, partió llevando un contingente. Al frente de las tropas españolas iba el coronel Bernardo Ruiz de Lanzarote, el comandante Palanca, graduado de teniente coronel y el Comandante Mariano Oscariz del Regimiento de Infantería Fernando VII número 3.

Ni que decir tiene, que el avance resultó devastador siendo necesario neutralizar varios puntos de resistencia durante la marcha en una jungla que impedía el movimiento. Las enfermedades tropicales actuaron de aliadas del enemigo cebándose especialmente sobre los franceses menos acostumbrados… paludismo, picaduras de serpientes, disenterías amebianas y sin olvidar las hormigas rojas que se comían literalmente a los heridos, dejando diezmada la fuerza expedicionaria.
La expedición alcanzó su punto culminante con la toma de la ciudad de Saigón. El 3 de febrero de 1859, la flota aliada, que incluía los transportes Seoane y Durance, partió hacia Saigón. Al llegar al río Mekong, las fuerzas iniciaron el bombardeo de las defensas cochinchinas, culminando en la ocupación de los ocho fuertes que protegían el delta del río. Durante los días 9 a 16 de febrero se destruyeron las defensas inmediatas de la ciudad destacando allí al joven comandante Miguel Primo de Rivera, el 17 tuvo lugar el asalto de la ciudad y tras un intenso combate Saigón cayó en manos aliadas.
El asalto final a Saigón fue liderado por el almirante francés Rigault de Genouilly y el coronel español Bernardo Ruiz de Lanzarote. La fuerza española mandada por los comandantes Palanca y Primo de Rivera, desempeñaron un papel decisivo en la toma de la fortaleza, desbordando las defensas enemigas y tomando control de la ciudad.
Dos compañías con un total de cuatrocientos españoles, al mando del comandante Carlos Palanca Gutiérrez, constituyeron la vanguardia francoespañola y fueron los primeros soldados en iniciar el asalto final a la ciudadela a bayoneta calada.
Una vez rotas las defensas de la ciudad penetraron el resto de las unidades, un acto de sacrificio máximo sin rédito alguno para ellos ni para España a pesar del sangriento resultado. Palanca, en su diario dedicado al general Prim afirma cómo «allí padeció aquel puñado de valientes, que lejos de la madre patria, desnudos, sin víveres… respondieron tan bien a mi voz cuando el honor de su bandera y la noble emulación que con el Ejército francés sostuvieron, los puso frente a numerosas masas enemigas en un país tan insalubre, como inhospitalario».
La toma de Saigón resultó un éxito militar significativo, pero las operaciones no se estancaron aunque el almirante Genouilly fue relevado por el almirante Théogène François Page y se ordenó la retirada de algunas tropas, Palanca y las fuerzas aliadas continuaron enfrentando la resistencia annamita. En 1861, tras la llegada de refuerzos franceses, las operaciones se reanudaron con la toma de la región de Ki Hoa. Durante estos combates, Palanca fue herido, pero su liderazgo fue crucial para la victoria aliada.
Las operaciones prosiguieron en la provincia de My Tho, donde Palanca dirigió la vanguardia, consolidando el control francés y español sobre la región.

El general gobernador de Filipinas ante la petición desesperada de refuerzos respondió fríamente que la expedición española «se proveyera de fondos pidiéndolos a la Administración francesa». Tres meses permaneció Palanca aislado de comunicaciones oficiales y, para poder pagar a la tropa el plus de campaña, el único que se cobraba en metálico, utilizó sus ahorros y los de sus oficiales, y para la alimentación tuvo que pedir ayuda a los franceses. Palanca de forma amena dentro de lo que es el sencillo y parco informe redactado por un soldado explica desde dentro cómo se desarrolló la contienda legándonos una crónica que hace justicia tanto al pueblo autóctono como al soldado español que dio prueba de «su sufrimiento, su valor individual y su generosidad después de la victoria».
Palanca, de gran experiencia internacional, resultó actuar como parte activa y decisiva en las conversaciones de paz que pusieron fin al conflicto el 5 de julio de 1862, dejándonos la correspondencia con los jefes plenipotenciarios de las tropas francesas y con los representantes de la reina Isabel II. Más tarde, participó en la Guerra de los Diez Años (1868-1878) donde ostentó el cargo de Gobernador de Santiago de Cuba siendo posteriormente capitán general de Canarias de 1872 a 1873.
Los españoles habían llegado a Indochina en una operación aliada con Francia, para exigir al emperador de los annamitas, Tu Duc, respeto y tolerancia para los religiosos cristianos que evangelizaban la zona. El tratado final no traería a España compensación política ni económica, pues daría ventajas a Francia dejando totalmente fuera a España, cuyas tropas regresarían mermadas, olvidadas y en silencio a las Filipinas.
España y Francia, pero sobre todo España debería recordar a estos héroes injustamente olvidados a la espera de que nuestro cine español decida abordar seriamente alguna de estas gestas.

