
«No se sentía capaz de recorrer el pasillo, de adentrase en la que había sido su casa, pero que ahora sentía como un lugar extraño, terrorífico»
(1)
Otra vez, se despertó bañado en sudor. Realmente, no tenía consciencia de haber dormido, salvo porque recordaba algunas escenas de su sueño más reciente; más que sueño, podríamos decir pesadilla. Clareaba el día, debían de ser las ocho de la mañana de un día cualquiera de aquel diciembre, frío y húmedo, que le calaba los huesos. Como los últimos días, había dormido vestido, en el dormitorio de la entrada. Era un dormitorio antiguamente dedicado al servicio, con un pequeño aseo y un armario donde, desgraciadamente, no se encontraba su ropa. Con las llaves a mano, por si tenía que salir de la casa en plena noche. No era la primera vez.
Pablo no estaba acostumbrado a vivir solo; más aún, no estaba capacitado.
Su ropa estaba al fondo de la casa, al final del pasillo, a la derecha, pasado el gran salón y la cocina, como los otros cuatro dormitorios, distribuidos alrededor del salón y que conformaban un amplio piso de unos 200 metros. Demasiado grande, ahora y siempre, pero sobre todo ahora. Antes, al menos, cuando vivían papá y mamá, la casa estaba viva. Ellos, en sus quehaceres, cada cual a sus lecturas y sus aficiones; él, Pablo, en su dormitorio, con sus colecciones, sus comics y su consola, y Nieves, como siempre, de un lado para otro.
Nieves, la muchacha, se encargaba de la comida, de la casa, la compra y mantenía la esencia de lo que había sido un hogar. Fueron años lentos y dulces, casi felices, en los que la tranquilidad de la familia permanecía inquebrantable. Luego, tras morir mamá, Nieves había permanecido un tiempo con ellos, no en vano, era como de la familia. Muchas veces, la oía hablar con papá, casi susurrando, con complicidad y cercanía. Tanta era la cercanía que, en ocasiones, cuando Pablo los sorprendía hablando bajito, en el sofá del salón, Nieves se callaba y se iba de inmediato a cumplir con sus obligaciones, con la mirada baja, como una niña sorprendida en una falta.
Pero poco a poco, la situación fue cambiando. Su padre se volvía más y más taciturno y Nieves, pasado un tiempo, se limitaba a cumplir con su trabajo, cada vez más fría y distante con ellos. Llegó un día en el que Pablo empezó a mirarla como a una extraña, como a una desconocida, sin comprender muy bien que era lo que había cambiado. Pero algo había cambiado, evidentemente, entre ellos tres.
Al final, Nieves se dio por vencida. Además, los escasos ingresos de la pensión de su padre no eran suficientes para mantenerla con ellos. Pablo, que cada día se sentía más solo, culpaba a su padre de la situación. Si su padre hubiera sido de otra manera, si se hubiera sabido sobreponer a la desgracia, Pablo estaba seguro de que Nieves se hubiera quedado con ellos, a pesar de todo. A fin de cuentas, tenía un techo. Era su única opción para no volverse al pueblo, cosa que quería evitar a toda costa.
Pero un día, a finales del verano, Nieves metió sus cosas en su pequeña maleta y abandonó el pequeño dormitorio de la entrada, que ahora ocupaba Pablo. No dijo adiós, no dejó una nota, ni tan siquiera sus llaves. Simplemente, se fue.
Después, su padre empeoró. Su tozudez y su orgullo le habían impedido evitar la marcha de Nieves y lo sabía. Su pena le fue ahogando hasta que no fue capaz de levantase de la cama, la enorme cama de la habitación del final del pasillo, que siempre fue la habitación de invitados hasta que, tras la muerte de su madre, su padre no se había sentido capaz de seguir durmiendo en el que había sido su dormitorio de matrimonio y se trasladó allí, quizá con la esperanza de que el cambio de escenario le hiciera menos duro el tránsito. Pero hay cosas que no se pueden suavizar, cosas que se pegan al alma, como el moho a las paredes húmedas y que no puedes eliminar nunca del todo. Y esa pena, esa sensación de plomo en el ánimo, le fue matando hasta terminar con él.
Para entonces, Pablo ya se había trasladado a la habitación de la entrada. Desde allí, le era más fácil escuchar las quejas de su padre, le resultaba más sencillo atenderle cuando, en plena noche, le sorprendía un ataque de tos, cuando quería agua, orinar o lo que quiera que se le ocurriese. El padre de Pablo, insensible a los sentimientos de su hijo y de cualquiera, solo quería tener cubiertas sus necesidades, con ese egoísmo infantil que se adueña de las personas mayores, de tal modo que el nivel de exigencia creció tanto que Pablo, que por otro lado nunca había tenido obligaciones de ningún tipo, en parte por su incapacidad para realizar casi cualquier trabajo, merced a una personalidad tímida, introvertida y autodestructiva, que le había jalonado de no pocas adicciones, se volvió un esclavo, un sirviente a tiempo completo para su padre que, por otro lado, nunca veía satisfechas sus exigencias ni era capaz del más mínimo agradecimiento.
Muchas veces se preguntaba si merecía la pena vivir así, como vivía su padre, dependiendo completamente de los cuidados de otro, sin ganas de afrontar un nuevo día, deseando que Dios o el diablo hicieran el trabajo sucio y se lo llevasen de este mundo, de una puñetera vez. O como vivía él, sometido a la tiranía del destino del que se sabe imprescindible y a su vez no desea estar donde está, ser quien es, vivir una vida que le es ajena.
Ahora, desde la perspectiva de la situación, se daba cuenta de que muchas veces, directa o indirectamente, había deseado la muerte de su padre. No por odio, no odiaba a su padre; al contrario, aunque parezca una contradicción, le quería. Le quería y le respetaba, hasta el punto de estar renunciando a su propia existencia, entregado en cuerpo y alma a su cuidado, a su bienestar. Era precisamente la frustración que le producía el hecho de saber que, por mucho que hiciera por él, su padre no podía ya saborear la vida, en un estado de permanente espera, la espera de aquello que era inevitable, pero que la naturaleza se empeñaba en posponer.
Finalmente, una noche de finales de octubre, sucedió lo inevitable. Esa mañana, su padre no despertó. La muerte, indiferente y fría, arbitraria y cruel, se lo había llevado en soledad, sin tan siquiera darle tiempo a llamar a su hijo, a pedirle ayuda, a morir de su mano, consciente quizá, en el último momento, de que dejaba desamparado al único ser que le había querido con devoción. Desamparado y solo, indefenso, vacío.
(2)
No era consciente de cuando comenzó todo, aunque sí sabía que había sido tras morir su padre. Una noche, en ese duermevela que componía su sueño, empezó a oír toses, primero como en un sueño, esos sueños inquietos que le acompañaban siempre, pero enseguida fue consciente de que la tos era real. Una tos como la de su padre en sus últimos días, esa tos que solo le dejó dormir la noche que él murió.
Se levantó de la cama y recorrió a oscuras el enorme pasillo, con los pelos erizados y ese sudor frío que ya no le abandonaría jamás. La tos continuaba allí, llenando la semioscuridad, cada vez más cerca según se acercaba al dormitorio de su padre muerto. No era posible, pero, por un momento, pensó que al abrir la puerta iba a encontrarse con él; que había vuelto para reprocharle que no hubiera estado a su lado el día que se fue. Aún así, abrió la puerta con determinación, como el que no pretende retrasar lo inevitable.
No había nadie. La cama del padre, ordenada y vacía, le produjo escalofríos. Trató de negárselo a sí mismo, pero él había oído la tos, tan cercana y cierta como el sudor que perlaba ahora su frente, como el temblor de sus manos. Volvió a recorrer el pasillo, esta vez casi corriendo, y se encerró en su habitación, sin saber qué hacer, dejando pasar la larga y densa noche, con la certeza de que volvería a oír la tos de su padre.
Al final, le venció el sueño. Despertó con la luz del día entrando por la ventana, la única ventana que daba al patio interior, de ese pequeño dormitorio de servicio. La luz del día le tranquilizó y, tras lavarse y vestirse con su descuidada ropa, que nadie lavaba y planchaba desde la marcha de Nieves, cogió sus llaves y se fue a la calle, no por el deseo de hacerlo, sino por la necesidad de huir de aquella casa que ahora le resultaba extraña y ajena, espeluznante.
Bajó la escalera de madera y, en el portal se encontró con Felipe, el portero, empeñado en barrer un suelo que no necesitaba ser barrido, aunque solo fuera por justificar su presencia allí
- “Don Pablo, ¿Cómo se encuentra? Mucho tiempo sin verle. No sabía si se había ido usted de viaje”.
- “ Felipe, anoche oí a mi padre. Creo que ha vuelto para castigarme”.
- “Pero hombre, Don Pablo, ¿Cómo va a ser eso?. Su padre le quería a usted ¿por qué le iba a castigar?”.
- “No sé, Felipe, pero ha vuelto. Le oí toser, como tosía antes de irse”.
- “Don Pablo, de donde está su padre no se vuelve, créame. Seguro que sería algún vecino. Usted esté tranquilo y, si necesita algo, dígamelo a mi”.
Hacía tanto tiempo que no salía a la calle que no tenía claro para que había salido. Tanto tiempo alimentándose de las latas que compraba Nieves, como si temiera una catástrofe y quisiera almacenar comida. Es verdad que se estaban terminado ya las que más le gustaban, así que acudió al Carrefour para comprar más. La presencia de otras personas le reconfortaba, a pesar de que su timidez le impedía hablar con la mayoría de ellas.
María, la cajera del Carrefour donde Pablo solía acudir con su padre le saludó con su sonrisa de siempre, más por costumbre que por otra cosa.
- “Pablo, ¿Cómo estás?. Ya supe lo de tu padre. Cuanto lo siento”.
- “Anoche volvió mi padre”.
- “Hay Pablo, perdóname. Había oído que tu padre había fallecido, discúlpame”.
- “Ha fallecido, pero anoche volvió”.
Regresó a la calle con las latas en la bolsa y una barra de pan, pero no se sintió capaz de subir a casa, así que se sentó en un banco y desparramó por el suelo las conservas, que intentó abrir sin éxito, salvo las anchoas, que tenían una de esas anillas de las que puedes tirar. Se echó encima todo el aceite, que escurrió por la pernera de un pantalón ya de por sí nada limpio. Comió con ansia, mojando el pan en el aceite que había quedado y así, con las latas en el suelo y el aceite por la barba, se tumbó en el banco y se quedó dormido.
Es cierto que, en una ciudad como Madrid, no llama la atención ver a alguien durmiendo en un banco, salvo que estés enfrente de tu casa y los vecinos te reconozcan, aunque te hayas ganado, como Pablo, la fama de tipo raro. Fue Felipe, que volvía de comer, el que le despertó y le obligó a subir al piso, no sin antes recoger el desastre de latas y llevarle la bolsa a casa.
- “Don Pablo, a su padre no le gustaría verle así. Hágame el favor y dese una ducha y cámbiese de ropa, no me vaya a tener que preocupar”.
La luz tenue del atardecer de noviembre envolvía el ambiente, cuando Felipe abandonó el piso y, por qué no decirlo, le abandonó a él dentro. No se sentía capaz de recorrer el pasillo, de adentrase en la que había sido su casa, pero que ahora sentía como un lugar extraño, terrorífico, así que se encerró en su pequeño dormitorio junto a la entrada, esperando otra larga y fría noche de invierno, arrebujado en su cama, aterrorizado.
No podía recordar cuando le venció el sueño, cuando sus ojos se cerraron de puro cansancio, cuando se despertó del duermevela en que se habían convertido sus noches. Entonces lo oyó. Al principio era casi imperceptible, como si viniera de otro lugar, pero se fue acentuando; un quejido, un lamento; entre el dolor y la desesperación, alguien lloraba. Se puso en guardia al momento, como el que espera un embate, un terrible sobresalto, pero el quejido quedo continuó, llenando el ambiente como una niebla densa y fría.
Salió al pasillo, dispuesto a abandonar la casa, con las llaves en la mano, sin poder mirar atrás, pero las llaves se la cayeron al suelo. En la oscuridad, temblando, palpó el frio piso de madera, hasta encontrarlas. No podía levantarse, no podía mirar atrás; las piernas no le sostenían cuando oyó como, con un crujido sordo, la puerta de la habitación de su padre se abría de par en par y como él le gritaba
– “¡¡¡Pablo!!! . ¡No me dejes solo!”.
Preso de un terror imposibilitante, recordó que no había echado la llave, abrió la puerta y bajó las escaleras hasta la calle, sin mirar atrás, para adentrarse en la fría noche del invierno madrileño.
(3)
Llegado este punto, cerca de la Navidad, los servicios sociales ya conocían a Pablo, ese hombre que, a pesar de tener un fantástico piso en el barrio de retiro, pasaba sus días en un banco, con sus mantas, sus latas y su termo de café. Pablo solo subía al piso por la noche, sin pasar de la cocina y de su pequeño baño, por el mero hecho del frío y la lluvia insoportables. Si bien los vecinos murmuraban a sus espaldas o procuraban no subir con él en el ascensor, también le procuraban mantas si hacía frío, un paraguas o algo de comida caliente, conociéndole como le conocían desde niño.
- “Pobre hombre. Lo de sus padres le ha enloquecido”.
- “Siempre fue muy raro, le costaba saludar”.
De cualquier modo, Pablo subía al piso cada noche, solo para sentir que seguía vivo, que su vida no se había derrumbado como un castillo de naipes, a pesar de las voces, los portazos y los lamentos continuos. Si tan solo Nieves hubiera estado con él, si Nieves le acompañara en esas terribles noches; Ni siquiera sabía que había sido de ella.
Fue una de esas mañanas, estando en la cocina preparándose un termo de café para salir cuanto antes, cuando sonó el teléfono. Se sobresaltó como si su propio padre hubiese aparecido ante él. Miró el teléfono como si fuese un aparato infernal, pero aún así, terminó contestando.
- “Buenos días. ¿Don Pablo Arístegui?”.
Hacía tanto tiempo que no oía su apellido que pensó que no preguntaban por él. No obstante, reaccionó.
- “Si, ¿Quién és?
- “Le llamamos del despacho de abogados Carmona e hijo. Es en referencia al testamento de su padre, Don Pablo Arístegui Tebas”.
- “Verá, le hemos estado intentando localizar, para la apertura del mismo, pero ante la imposibilidad, se ha realizado la lectura con la otra heredera. Solo queríamos saber si su dirección sigue siendo la misma, con el fin de enviarle la escritura”.
- “ ¿La otra heredera?. ¿Qué otra heredera?”.
- Si, doña Nieves Alba. Su padre le ha dejado todos sus bienes a usted, y a ella si usted no pudiese hacerse cargo de ellos. Don Pablo, ¿sigue ahí?”.
Pablo no fue capaz de responder. Nieves Alba, Nieves. ¿Pero, por qué su padre le habría dejado nada a Nieves? Nieves se había vuelto al pueblo, ya no era parte de sus vidas. ¿Cuándo sucedió eso?
Entonces oyó el ruido. La ventana de su padre se había abierto, dejando entrar la lluvia de la mañana y las hojas que, movidas por el fuerte viento, se colaban en la casa.
Aturdido, como estaba, incapaz de razonar, se dirigió al dormitorio que le aterraba, por el instinto de poner a salvo la casa, la habitación de su padre. Las cortinas azotaban con tanta fuerza que no le era posible apartarlas para cerrar. Entonces, con un rechinar de goznes, oyó como la puerta del armario de su padre se abría. Su padre seguía allí, culpándole, entregando lo que era suyo a otra persona.
Le odiaba. Fue ese odio el que le infundió el valor para volverse a mirarle cara a cara.
Se volvió, más determinado de lo que nunca había estado a decirle que él nunca le había abandonado, que había estado siempre allí, renunciando a una vida propia por atenderle; todo lo que le había quitado el sueño se agolpaba en su cabeza cuando se giró, para encontrarse de frente con Nieves.
- “Adiós, Pablo, maldito pirado”.
No le dio tiempo a reaccionar al empujón de Nieves y, aunque intentó aferrarse a las cortinas, cayó a la calle por la ventana, para estrellarse en la misma entrada del portal del que había sido su único hogar. El impacto fue terrible y Pablo quedó allí, en la acera, ante el estupor de Felipe y de los que pasaban por la calle en ese momento.
Antes de que pudieran reaccionar, la policía municipal y una ambulancia del SAMUR aparecieron por la esquina a toda velocidad. Uno de los policías que abandonaron el coche se dirigió al cadáver, junto a los facultativos, mientras el otro se adelantaba hacia un estupefacto Felipe.
- “Buenas tardes. Policía “.
- “¿Cómo es posible que hayan llegado tan rápido?. No nos ha dado tiempo siquiera a avisar a nadie”.
- “Nos ha avisado la asistenta. Parece que el hombre se ha tirado por la ventana ante sus propios ojos”.

