
«Una reflexión sobre la vejez que llega sin pedir permiso, la muerte que asoma como parte inevitable del camino y el eterno misterio de existir»
Resulta que siento como si la vida me hubiera pasado por encima. Setenta años no parecen nada, pero, por desgracia o por suerte —teniendo en cuenta la alternativa—, lo son. Sería mucho peor no haber llegado a cumplirlos.
Cuando recuerdo mis años de juventud, parece que fueron mejores que estos de entrada en la vejez, pero ¿quién podría afirmar que eso es cierto? Creo que nadie, ni siquiera uno mismo debe hacerlo.
Ahora parece que les ha llegado el turno de “pasar a mejor vida” a muchos de los que cumplen diez años más que yo. Quizás sea el pretexto más usado en los informativos para no hablar de los problemas que aquejan a Sánchez y familia, pero también es mala suerte que la alternativa sean los fallecimientos de personas más o menos conocidas del mundo del cine, la música y el teatro.
Es como si, tras la epidemia de incendios que ha asolado España, los jefes de redacción de los medios se hubieran quedado sin nada en la mochila de noticias veraniegas. Claro, dirán: “No vamos a estar mentando al socorrido monstruo del lago Ness”. Claro que no, porque ya empieza a cansar en cualquier verano, y quizá, ya por viejo, hasta en invierno.
Lo de tener más años encima que los que fabrican en el lugar donde hacen los años, es que empiezan a escasear las noticias nuevas. En realidad, ninguna lo es, porque todas las que puedan producirse dejaron de ser novedad en el curso de la historia de los seres humanos. Todas giran sobre lo mismo: enfermedad, muerte, amor, desamor, engaños, alegrías, risas, broncas, amores, honor, deshonor, gestas cobardes o gestas heroicas… En resumen, la historia misma de cada cual.
A veces pienso en la muerte, que no parece algo muy original teniendo en cuenta los años que tengo. No lo vivo como algo malo, sino como algo que forma parte de la vida, como lo fue en su día el hecho de haber nacido.
Hay algo muy por encima de todo esto: la intriga, la pregunta que se interroga por el ser. ¿Por qué soy? Podría no haber sido, o incluso podría haber sido otro. Pero ¿tiene sentido la pregunta? No sé si lo tiene. Quizá se justifique por la propia existencia de uno mismo, considerado como algo singular, fuera de la globalidad del conjunto de seres vivos que habitan el planeta.
Pero yo me hago otra pregunta: ¿necesitamos justificarnos por alguna razón? ¿Es la propia existencia la justificación del ser consciente? Y si es así, me parece un absurdo total. Claro que la existencia de todo —de uno mismo y del espacio que nos contiene— es la base de ese absurdo, porque al estar integrados en él no podemos justificarlo. Tampoco podemos salir de nuestra propia física para convertir en objeto de estudio al ser, como tal. Eso solo sería posible si pudiéramos verlo desde fuera de nosotros.
Así que sigo pensando en los años, en la justificación de la vida. Pienso en los hijos: quizá ellos sean la razón de la existencia, la continuidad de la pregunta, aunque solo la traslade, probablemente sin fin.
Y detrás de todo esto surge Dios. Pero ¿por qué? ¿Es la mejor manera de trasladar la pregunta eternamente y poder afirmar que no tenemos por qué preguntarnos nada? La única respuesta la tiene aquel que no necesita justificación para ser: el creador.
Luego me pregunto: ¿por qué los humanos hemos creado en pensamiento al creador? No lo sé. ¿Tiene sentido imaginar un ser exento de causa para justificar nuestra propia existencia? No sé… Solo sé que acaba el verano y, por fortuna, los incendios parecen ir aminorando. Me recuesto en mi butaca y noto que me empieza a invadir el sueño.
Quizá la vida sea, como decía el poeta, un sueño. Y, como ya sabemos, los sueños, sueños son.
Esta es la razón por la que comenzaba este texto diciendo: “Resulta que siento que la vida me ha pasado por encima. Setenta años no parecen nada, pero, por desgracia o por suerte —teniendo en cuenta la alternativa—, lo son. Sería mucho peor no haber llegado a cumplirlos. Cuando ahora recuerdo mis años de juventud, parece que fueron mejores que estos de entrada en la vejez, pero ¿quién podría decir que es cierta la afirmación? Creo que nadie, ni uno mismo debe hacerlo. Intentar justificar o valorar distintas épocas de la vida me resulta algo realmente absurdo, carente de sentido, porque cada una de ellas tuvo sus momentos estelares y sus ruinas”.
