La Bomba. Por Diego Pardos 

La Bomba

«Ya lo saben: acudan a comprar La Bomba y exhiban el continente con alegría, estarán igual de encantados que al homenajear a doña Fedra Lorente sacando una vistosa foto de la Bombi»

 Ha contado en innumerables ocasiones Federico Jiménez Losantos que cuando escribía para Diario 16 (cuyo director podría ser o bien José Luis Gutiérrez o Pedro J. Ramírez), en el piso de arriba (o abajo, que no recuerdo) estaba la Redacción de El Alcázar. De modo que en estas subidas y bajadas de escalera coincidía con muchos fachas. No sé si estos fachas serían violentísimos, pero seguro que escribían mejor que los del Diario 16, porque en el periódico toledano figuraban entre otros las firmas de Rafael García Serrano, Juan Blanco, Ángel Palomino, Vizcaíno Casas o Emilio de la Cruz Hermosilla. Y los gatos de Salas, que eran como hogaño las ratitas de Nieto. 

 

A buen seguro que se habrá tomado más de un carajillo el de Orihuela del Tremedal en bares cercanos, muy cerca (redundancia obligada) de alguno de esos propagandistas de las políticas del “búnker”, leales a la figura del Caudillo y votantes de don Blas Piñar o de Manuel Fraga. Luego el turolense se hizo abstemio y menos simpático, ayusista y borde. 

 

Viene todo esto a cuento de una primicia que he de revelar a mis escasos lectores. Pues resulta que precisamente en el mismo edificio en que se encuentran las oficinas de Libertad Digital se ha instalado (no sé si arriba o abajo) la Redacción de La Bomba, cuatorcenario mientras dure”. Se trata de una revista jocosa, con ánimo de incordiar, cuyo título suscitó graves discusiones entre los escribientes, los publicitantes y el empresario capitalista que es el que manda y va a perder su dinero. La Bombi fue una posible cabecera, muy aplaudida por cuanto remitía nostálgicamente al papel que la actriz Fedra Lorente representaba en el célebre programa televisivo “Un, Dos, Tres”. Se desechó por exceso de machismo y una cierta analogía, en lo pectoral, con la analista política Sarah Santaolaya. A mi modo de ver erraron en la decisión, pues no es lo mismo que un chaval anuncie en la puerta del Sol la venta de La Bomba (con las consecuencias que para el orden público acarrearía) a que lo haga al grito de “¡La Bombi!”, que es más el reclamo de una revista de variedades o de café-cantante, de una vedette o una vicetiple, o de una funámbula como miss Giacomini. 

 

Fue angustiosa la decisión, pues el uno votaba por El Palomo, la otra que si La Paloma, aquel decía El Incordio; hubo quien propuso El Falcón Sanchéz (con evidente mala uva y reminiscencias de John Huston). Se cerró el acuerdo amistosa y democráticamente decidiendo que lo mejor era bautizar el nuevo periódico con el nombre de La Bomba. El voto de calidad lo emitió el socio capitalista, cuya identidad, obligado por la Ley de Protección de Datos omitiré. Y como digo, se ha establecido La Bomba en el mismo edificio que Libertad Digital. El acta de consolidación de la nueva sociedad se firmó en el trascurso de una comida de hermandad celebrada en el bar del chino Chen, en el popular barrio de Usera. 

 

El número 0 de la naciente revista saldrá próximamente a la venta en los pocos quioscos que sobreviven al ímpetu de lo digital, lo global y todas esas porquerías virtuales. El índice de colaboradores es secreto; también el de los abogados de la empresa, pues es de esperar que lluevan las querellas desde el minuto uno, y el secuestro de las ediciones más que probable. Sólo me está permitido adelantar que habrá un apartado de política charlamentaria, otro de chismes del corazón, pasatiempos y crucigramas, sin dejar de lado una sección para atender la belleza y el bienestar femenino. No es seguro que Rebeca Argudo abandone el ABC, por mucho que se le haya ofrecido una columna donde desfogarse con los tacos y palabrotas del momento. Tampoco se prevén, de momento, los anuncios de saunas y contactos varios. 

 

¿Qué sucederá en la escalera del edificio cuando FJL se cruce con María Durán, a la que ha llamado en alguna ocasión “nenita”? ¿Contemplará ascendente o descendentemente el reciente moreno de la solotildista adquirido en las playas de Sangenjo? ¿Será comedido y ponderado en el piropo y la flor? ¿O cargará contra la periodista por trabajar en el programa de César Vidal? ¿Tendrá ocasión la Gil-Casares de aprovechar el incómodo momento de compartir el ascensor eléctrico para sacar la lengua en señal de burla? 

 

Ya lo saben: acudan a comprar La Bomba y exhiban el continente con alegría. Porque es cosa segura que entre sus páginas no se incluirá jamás un pornocuento escrito por Esteban González Pons. Aunque eso sí, estarán encantados de homenajear a doña Fedra Lorente sacando una vistosa foto de la Bombi. 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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