
«Retomemos la Historia para interiorizar que nunca existió ‘Palestina’ y los ‘palestinos’, tal como hoy se entiende y se quiere aplicar a día de hoy»
Tras hablar sobre la temática del origen de Israel en el artículo titulado ISRAEL Y PALESTINA: LAS PELIGROSAS ETNOGÉNESIS, pasamos poco a poco a desmenuzar algunos detalles que nos ofrezcan una amplia visión del escenario temporal.
También dejamos muy claro que esta guerra por muy dolorosa que sea, como cualquier guerra, no puede ser calificada como genocidio por mucho que lo diga un relator indocumentado y totalmente desinformado, además de la colección de manipuladores mediáticos españoles, por no hablar de la ultraizquierda pseudofeminista e hipócrita que ha sido financiada desde Venezuela e Irán, y que por supuesto guarda sepulcral silencio respecto al genocidio de Yemen, de los cristianos desplazados en Nigeria asesinados a tiros, quemados vivos y acuchillados a machetazos, en Uganda, y por supuesto del trato a la mujer en los países teocráticos/islámicos.
En España, y para colmo de los colmos, un fiscal general imputado como García Ortiz, que fue calificado como inidóneo para el cargo, al servicio del agitador público Sánchez, la magistrada Dolores Delgado con años de polémicas y la crítica casi unánime de sus compañeros a sus espaldas, se disponen ahora a abrir una causa a Israel por genocidio en Gaza. Eso sí gobernando con separatistas, filoterroristas y comunistas… ¿Qué puede salir mal?

Dicho esto retomemos la Historia para interiorizar que nunca existió ‘Palestina’ y los ‘palestinos’, tal como hoy se entiende y se quiere aplicar a día de hoy, en el sentido de un pueblo y tierra milenaria que les ha sido arrebatada.
Cuando hablamos de judíos pensamos en los pueblos que tienen su origen en el relato bíblico del Génesis aunque realmente no es exactamente así. Para conocer debemos remitirnos a las fuentes que nos hablan del pasado judío y esa fuente para nosotros es la Biblia, de la cual la Torá comprende los primeros cinco libros de la Biblia, lo que se conoce como Pentateuco, que es el texto sagrado del judaísmo, mientras que la Biblia es una colección más extensa que incluye la Torá como su primera parte, lo que denominamos Antiguo Testamento, y el Nuevo Testamento. En resumen, la Torá es una parte de la Biblia, específicamente el conjunto de los libros de Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.
Con la Biblia en la mano, siendo un texto de Fe, sin ser un libro de historia, nos puede ayudar a comprender hechos del pasado. Este texto puede entrar en conversación con otros documentos escritos de culturas próximas y relacionadas con los primitivos antepasados del pueblo judío, tanto egipcios como mesopotámicos, además de la arqueología que puede ofrecernos muchísima información.
En el Pentateuco encontramos ese pasado primitivo de lo que fueron los primeros judíos y del mismo encontramos dos tradiciones diferenciadas que vinculamos a Mesopotamia, concretamente la parte del Génesis y comparable con otros textos sobre la Creación y el Diluvio Universal como el poema de Gilgamesh de la cultura sumeria y la cosmogonía babilónica.
Recordemos que en El Libro de los Gigantes, Gilgamesh, rey de Uruk, es mencionado como uno de los gigantes que murieron en el diluvio bíblico, un evento que se detalla en otra obra apócrifa, El Libro de los Vigilantes. El poema se originó en Sumeria, aunque fue adaptado y desarrollado en Acadia y Babilonia. En cuanto a Babilonia tenemos el poema épico Enūma Eliš, en el que el dios Marduk crea el mundo tras derrotar y dividir a Tiamat, la diosa del Caos primordial. De su cuerpo, Marduk formó los cielos y la tierra, y a partir de la sangre de otro dios, Kingu, se crearon los primeros seres humanos para servir a los dioses.

Hay otra parte bíblica vinculada con tradiciones egipcias como sabemos, el concreto todo lo relacionado con Moisés y el Éxodo a Canaán, y en este caso vemos una relación entre los antepasados de los judíos y el mundo faraónico. En cuanto al período mesopotámico, correspondiente a la parte más antigua del Pentateuco, no hay claridad sobre la elaboración del relato previo a la tradición egipcia o posterior, cuando la élite judía ha sido tomada cautiva y llevada a Babilonia y entra de lleno en la tradición mesopotámica enmarcada en el siglo VI a.C. Podemos considerar como punto de partida al patriarca bíblico Abrahán o Abraham, que proviene de Ur de Caldea o Ur de los Caldeos, antigua ciudad mesopotámica, actual Irak, donde nació y desde donde emprendió el viaje que inició una relación clave entre Dios y el pueblo de Israel, de acuerdo con el Libro del Génesis. Abraham es figura central en las tradiciones tanto judía, cristiana como musulmana, considerado el «Padre de la Fe».
Abraham, como pastor seminómada de ganado ovino, atraviesa el desierto del norte de Arabia y llega a la tierra de Canaán donde hoy se encuentra Israel tras cruzar el valle del Jordán. Este nomadismo era clásico durante el salto entre el tercer y segundo milenio antes de Cristo, momento del que se conoce ese movimiento de pueblos desde el valle de Mesopotamia hasta el valle del Jordán, pueblos que a su vez como pueblos nómadas son originarios del desierto de Arabia. En todos esos movimientos, vida y desaparición de pueblos nómadas, seminómadas o agrícolas debemos tener muy presente desde un punto de vista multicisciplinar los avatares climatológicos, las sequías persistentes o las grandes inundaciones que provocaban desplazamientos forzosos o la desaparición de culturas.

Alrededor del 1800 a.C., se inició un período de vulnerabilidad en Egipto, marcando el principio del Segundo Periodo Intermedio, ca. 1640 a. C. a 1550 a. C. que transcurre entre el Imperio Medio y el Imperio Nuevo. En este contexto, los hicsos, un pueblo semita de origen sirio, no voy a emplear el término erróneo de sirio-palestino, comenzaron a penetrar en el norte de Egipto. Esta entrada se considera más una infiltración gradual y pacífica, a menudo motivada por el comercio y el colapso de mercados en su región de origen, que una invasión militar. Los hicsos se establecieron gradualmente, aprovechando el vacío de poder y estableciendo su dominio sobre el norte de Egipto, fundando ciudades como Avaris, en el delta oriental del Nilo y que fue capital de las dinastías hicsas (Siglo XVII a.C.) en Egipto. Su llegada fue facilitada por la introducción del caballo y los carros de guerra, lo que les dio una superioridad militar sobre los egipcios.
Ese vacío que dejan los hicsos es cubierto por gentes que llegan al valle del Jordán desde Mesopotamia y cuyo líder sería Abraham.
Este es un periodo previo al monoteísmo conocido como henoteísmo, creencia religiosa según la cual se reconoce la existencia de varias deidades, pero solo una de ellas es suficientemente digna de adoración por parte del fiel. Se refiere en particular al culto a un dios único y dominante sin negar la existencia o posible existencia de otras deidades inferiores.
Las tradiciones mesopotámica y egipcia confluyen en la figura de Moisés, ligado al mundo egipcio, cuando esos pueblos que expertos mencionan como ‘protoisraelitas’ asentados en el valle del Jordán y la tierra de Canaán van a adentrarse en el imperio egipcio durante el período de inestabilidad política egipcia como es el mencionado Segundo Periodo Intermedio. Da comienzo la fase del Imperio Nuevo y esos pueblos que llegaron del noreste comienzan a ser marginados que es más o menos la historia que conocemos de Moisés que se pone a la cabeza de uno de estos grupos menospreciados para la búsqueda de una tierra donde puedan prosperar sin presión. Podemos decir que la figura de Moisés se ubica entre el 1500 y 1300 a.C.
En este momento coincide la fase monoteísta egipcia de los faraones como Amenhotep o Amenofis IV, Neferjeperura Amenhotep, que luego cambió su nombre a Neferjeperura Ajenatón, Ajenatón, Akhenatón o Akenatón, literalmente ‘Resplandor del Sol’, décimo faraón de la dinastía XVIII, que centró el culto en el dios Sol, Atón, realizando con ello la primera reforma religiosa de la historia, considerada para algunos de sus súbditos como una auténtica herejía.
Hay quien considera que ese es el momento del paso al monoteísmo desde el henoteísmo, que coincide con ese regreso, el cruce del desierto del Sinaí, tras pasar el mar Rojo huyendo de Egipto para el regreso y entrada final en Canaán. El cruce del mar Rojo fue el evento milagroso donde las aguas del mar se dividieron, permitiendo el paso de los israelitas sobre tierra seca, mientras el ejército del faraón era ahogado al regresar las aguas. Este viaje continuó hacia el Monte Sinaí, donde Moisés recibió los Diez Mandamientos, como parte de la ruta del Éxodo hacia la Tierra Prometida.
Las diferentes tribus se asientan en el territorio de esa nueva tierra, que en absoluto era Palestina. Desde el punto de vista arqueológico, hablamos entre el 1400 y 1300 a.C., se habla en este período de la llegada de una serie de oleadas migratorias desde Egipto que van conformándose en la tierra de Israel con una lengua común que es el hebreo y que podría ser incluso anterior, ese es el final del período que algunos llaman como ‘protoisraelita’ en el que esa realidad de diferentes tribus se unifican en el reino de Israel, bajo el rey David.
De todas esas doce parcialidades o tribus, una de ellas está ligada a la tribu de Judá y de la cual derivará el término ‘judío’.
Cuando el rey David constituye el reino de Israel dentro de sus territorios uno es Judá o Judea, habitado por judíos, y luego el resto de territorios vinculados a otras tribus a los que con el tiempo se extenderá tal denominación. Del rey David hay documentos escritos aunque hay debate sobre la extensión de su reinado hacia el norte, en Líbano, y por el este hasta el otro lado del Jordán. En ese movimiento migratorio también llega un pueblo enemigo, los filisteos, peleset, cuya denominación sería empleada por Roma para mediante un nuevo topónimo, Palestina, intentar borrar del mapa al pueblo judío, damnatio memoriae, tras su derrota, destrucción de Jerusalén y diáspora forzada.
Los filisteos estaban vinculados a lo que se conoce como ‘pueblos del mar’, que llegaron a las costas de Israel, isla de Creta, sur de Grecia y delta del Nilo, y que en absoluto tienen nada que ver ni en cultura, lengua, grupo étnico, ni en origen con los palestinos actuales, que son un pueblo árabe más. Fueron un grupo de pueblos del mar, una confederación de migrantes de origen egeo y anatolio, que atacaron el Mediterráneo oriental alrededor del 1200 a.C. y que contribuyeron al colapso de la Edad de Bronce al destruir imperios como el Hitita y desestabilizar el Egipcio. Tras fracasar su invasión a Egipto, los Peleset se establecieron en el sur de Canaán, en la Pentápolis bíblica, formada por las ciudades de Sodoma, Gomorra, Adma o Adama, Zeboím y Segor. Allí se estableció Lot, sobrino de Abraham, hijo de su hermano Harán, ciudades dadas al vicio que fueron castigadas por el Dios según la Biblia.

En ese reino de Israel, de límites imprecisos y difíciles de definir en ese momento, surge una capital establecida por el rey David, capital que será Jerusalén, ubicada en ese momento fuera de lo que son hoy día las murallas actuales. Desde el monte Sión, donde está la iglesia dedicada a la dormición de la Virgen y la sinagoga dedicada a la tumba del rey David. Desde el descenso en la ladera de ese monte, camino de Belén, es donde se encontraba la primera capital del reino.
La Abadía de la Dormición en el Monte Sión de Jerusalén es una iglesia y monasterio benedictino que conmemora el lugar donde, según la tradición, la Virgen María entró en un sueño eterno antes de su Asunción. Construida a finales del siglo XIX y principios del XX, la basílica de estilo neo-romano es un importante lugar de peregrinación, con una cripta que alberga la escultura de la Virgen y un mural en el suelo con ricos simbolismos. Se encuentra fuera de la Ciudad Vieja, cerca de la Puerta de Sión.
La Sinagoga y Tumba del Rey David se encuentra también en el Monte Sión, en Jerusalén, y es uno de los recintos sagrados más controvertidos de la ciudad, ya que es disputado y representa un lugar de profundo significado tanto para judíos, cristianos y musulmanes. La tumba está ubicada en un complejo que incluye la sinagoga y el Cenáculo, la sala donde se dice que se celebró la Última Cena de Jesús.
En esa época del rey David el monte Calvario estaba fuera de la ciudad, a diferencia del periodo romano durante el emperador Adriano.

Tras la muerte de David, transcurridas unas décadas, el reino se divide en dos partes entre sus herederos. La parte norte mantendrá el nombre de Israel y la parte sur se tomará el nombre adscrito a una de las tribus como es el de Judea, auténticas realidades geográficas y políticas.
Durante siglos se puede comprobar la existencia, al norte, de seguidores de las leyes de Moisés que no se consideran exactamente judíos. Ambos reinos, el de Israel y el de Judá, operaban bajo las leyes de Moisés, la Torá o Pentateuco, que son las leyes religiosas, estatutos y mandamientos revelados por Dios a través de Moisés y que formaban la identidad y el sustento del pueblo judío. La división del reino unificado de Israel en el norte, Israel o Samaria y el sur, Judá, no alteró la base de sus leyes, aunque el reino del norte experimentó un mayor alejamiento de esta ley, adoptando prácticas paganas y perdiendo su conexión con el Templo de Jerusalén, a diferencia del reino del sur que se aferró más a la ley mosaica y al Templo.
De estos seguidores de la ley de Moisés, no judíos, encontramos hoy el grupo de los llamados samaritanos, pueblo no judío porque son un grupo étnico-religioso diferente, producto del mestizaje de israelitas y asirios tras la caída del reino de Israel. Aunque comparten creencias basadas en la Torá, la ley de Moisés, los samaritanos tienen diferencias fundamentales, como su veneración del Monte Guerizín en lugar de Jerusalén, su único profeta es Moisés, y consideran los cinco libros de la Ley de Moisés como la única escritura sagrada, excluyendo otros textos bíblicos.

Al llevar los asirios a las 10 tribus de Israel al norte de Asiria, dejaron vacío el norte de Israel. Como era su política, trajeron otros pueblos, principalmente a los babilonios para poblar esta tierra deshabilitada de Israel. Dice la Biblia: «…e Israel fue llevado cautivo de su tierra a Asiria, hasta hoy. Y trajo el rey de Asiria gente de Babilonia, de Cuta, de Ava, de Hamat y de Sefarvaim, y los puso en las ciudades de Samaria en lugar de los hijos de Israel; y poseyeron a Samaria y habitaron en sus ciudades» (2 Reyes 17:23-24).
De modo que lo único que quedaba del pueblo de Dios en Israel era la nación de Judá. Los descendientes de esos samaritanos continúan viviendo en la región de Samaria, en la zona al norte de Ramala, siguen la ley de Moisés con sus diferencias con los judíos tal como acabamos de decir aunque con los siglos han ido judaizándose.
Hasta la creación del reino de Judá podemos decir que no se llama nadie a sí mismo judío salvo los habitantes de Judá, pero tras la creación del reino de Judá, el reino de Israel terminará por caer en manos asirias como decimos, en el siglo VIII a.C. de modo que sólo en Judá se mantendrá la ley mosaica en estado puro, y es en ese momento en el que podemos decir que el término judío queda asociado a los auténticos seguidores de la ley de Moisés.
Desde la desaparición del reino de Israel, quedando solo el reino de Judá, es cómo la denominación judío pasa a ser sinónimo de seguidor de la ley de Moisés, aunque como acabamos de mencionar todavía persiste el grupo no judío de los samaritanos.
El reino de Judá, será barrido en el siglo VI a.C. cuando en el 587 a.C., el Imperio neobabilónico destruyó Jerusalén, saqueó el Templo y exilió a una gran parte de la población judía a Babilonia. Este exilio supuso una crisis para los judíos, que perdieron su independencia, su ciudad santa y su guía profética. Con la conocida cautividad de Babilonia cuando Nabucodonosor conquista Jerusalén, capital del reino de Judea, es el momento en el que la élite del reino de Judá es desplazada a Babilonia. Podría ser que en ese momento es cuando o bien se bebe la tradición mesopotámica del Génesis bíblico o bien ajustan su tradición anterior añadiendo influencias recibidas de la tradición mesopotámica.

Judíos y samaritanos que no fueron desplazados permanecieron en sus tierras hasta la caída del imperio nuevo babilónico a manos de los persas quienes liberaron a sus élites que pudieron regresar.
El Imperio neobabilónico cayó en 539 a. C. debido a la conquista por parte del Imperio aqueménida de Ciro el Grande, el primer rey de la antigua Persia. Tras la Batalla de Opis, los ejércitos persas entraron en Babilonia sin apenas resistencia, incorporando el Imperio babilónico al creciente imperio de Ciro. Ello llevó a la liberación de los judíos, quienes habían estado exiliados en Babilonia tras la destrucción de Jerusalén en 587 a.C. El rey persa, Ciro el Grande, emitió un edicto que permitió a los judíos regresar a su tierra y reconstruir el Templo, marcando el fin del cautiverio de Babilonia.

A finales del siglo IV a.C. llega a Judea Alejandro Magno con tropas griegas y macedónicas durante su conquista del Imperio Persa, específicamente en el año 332 a.C., que incluye también a esta tierra de Israel, nunca Palestina, un año después de su gran victoria contra los persas en Gaugamela. Tras la rendición de Samaria, los judíos de Judea se sometieron voluntariamente a él, aunque él había previamente derrotado a los persas en Gaza y Tiro.A la muerte de Alejandro el imperio se divide entre sus generales, de los cuales uno establece la dinastía seleúcida, concretamente Seleuco I Nicátor, familia reinante del 312 al 64 a. C. en lo que fue el más extenso de los imperios helenísticos, que llegó a abarcar desde Capadocia hasta la India, incluyendo Mesopotamia, Persia, Siria, Israel y Judea (nunca Palestina), Armenia y Asia Central. Los problemas internos de esta dinastía causada por la lucha interna por el poder crearán una debilidad que facilitará la reclamación de cada vez más autonomía o independencia de sus territorios. Esa inestabilidad será empleada por judíos y demás seguidores de la ley mosaica, también por los nabateos hasta alcanzar una relativa independencia que es lo que nos encontraremos en relación con el pueblo judío en la segunda mitad del siglo II a.C. bajo el liderazgo de la familia asmonea, reyes conocidos como los Macabeos, quienes se rebelaron contra la dominación seléucida e impulsaron un cambio en la dirección política y religiosa de Judea.
Esta revuelta culminó con la reconquista de Jerusalén y la purificación del Templo en 164 a.C., un evento que se conmemora en la festividad de Janucá. La revuelta se originó como respuesta a las políticas de Antíoco IV Epífanes, rey del Imperio Seléucida, que intentó imponer la cultura y religión helenísticas, profanando el Templo de Jerusalén. El sacerdote Matatías y sus hijos, entre ellos Judas Macabeo, iniciaron el levantamiento en Modi’in, resistiendo contra las autoridades seléucidas. Tras la muerte de Matatías, su hijo Judas asumió el liderazgo, utilizando tácticas de guerrilla para vencer al ejército seléucida. Los hermanos de Judas, Jonatán y luego Simón, continuaron la lucha, consiguiendo la autonomía política de Judea. Simón fundó la dinastía Asmonea, que gobernó el reino macabeo. La Revuelta Macabea fue un evento crucial que aseguró la supervivencia de la fe judía y se convirtió en un símbolo de resistencia, fe y unidad nacional.
Cuando los asmoneos han tomado el poder en el valle del Jordán hacia el Mediterráneo tierra de Israel a día de hoy, liberados del yugo seleúcida combaten con sus vecinos enemigos que son los nabateos, con su centro en Petra gran capital del momento que no podemos dejar de mencionar. Tampoco debemos olvidar Masada, fortaleza concebida inicialmente como límite fronterizo entre el reino asmoneo frente a los nabateos y que es el último limite montañoso en una colina aislada a orillas del mar Muerto que cubre el paso obligado de hacia el norte, de acceso a Judea, por la orilla occidental del mar Muerto. Masada fue estratégicamente construida en el flanco occidental del reino de Judea, que estaba bajo la amenaza de los nabateos de Petra. Sería el último reducto de la resistencia judía frente al ejército romano, cuyos defensores se suicidaron en masa antes de ser capturados.

Roma, ya nueva potencia del Mediterráneo, se interesa por este territorio y Pompeyo sitiaría Jerusalén, 63 a.C., durante sus campañas en Oriente, después de su exitosa conclusión de la tercera guerra mitridática, 74 a. C.-65 a. C., contra el rey de Ponto, al ir incorporando los antiguos territorios seleúcidas. A partir de ese momento habrá periodos de vasallaje y otros de mayor autonomía teniendo como mejor ejemplo el de Herodes el Grande a finales del siglo I a. C., colocado en el trono por Roma pero manteniendo unas buenas relaciones diplomáticas con Marco Antonio y con Octavio Augusto, manteniendo a partir de éste y de Tiberio cierto grado autonómico.
De esa época de Herodes son los restos y monumentos más importantes no asociados al periodo romano o al periodo cristiano, la fortaleza de Masada que mencionamos, el Herodión a las afueras de Belén, donde está su tumba. Herodión es un palacio-fortaleza ubicado a unos 5 kilómetros al sureste de Belén, en el desierto de Judea, construido por Herodes para ser tanto su residencia y como su mausoleo. En el sitio se pueden observar los impresionantes restos del complejo palaciego y una colina artificial sobre la cual se edificó. Herodes también reconstruyó el templo, iniciando la monumental reconstrucción y ampliación del Segundo Templo en Jerusalén alrededor del año 20 a.C., un proyecto que se prolongó durante 46 años y resultó en una estructura ampliada y embellecida, conocida también como el Templo de Herodes y que caería durante la revuelta contra Tito.
Herodes el Grande también construyó Cesarea Marítima, una gran ciudad portuaria en la costa mediterránea en honor del emperador César Augusto. La ciudad, que incluía un imponente puerto artificial y un centro administrativo y comercial vital, fue un importante logro de ingeniería para su época y sirvió como capital de la provincia romana de Judea.
También fue obra de Herodes la Tumba de los Patriarcas en Hebrón, que es un antiguo complejo donde se dice que están enterrados Abraham, Isaac y Jacob, venerado por judíos y musulmanes, aunque realmente según la arqueología actual lo pone en duda.
Antes de llegar a ese final, Herodes convierte el castillo en lugar de recreo además de sus características y utilidad como protección militar. Herodes I el Grande, rey de Judea, Galilea, Samaria e Idumea entre los años 37 a. C. y 4 a. C.,transformó Masada, que originalmente era una fortaleza más antigua, en un palacio lujoso y una fortaleza casi inexpugnable, construyendo dos palacios, un complejo sistema de abastecimiento de agua con grandes cisternas y robustas murallas. Su objetivo era crear un refugio estratégico, pero también un símbolo del poder real y una residencia de recreo en la cima de la meseta.
Este en el periodo coincidente con el nacimiento de Jesús y sería éste rey el que ordenaría matar a los niños nacidos en Belén menores de dos años, hecho conocido como la Matanza de los Inocentes.

Tras la muerte de Herodes su reino se va dividiendo entre sus hijos y nietos, y Cristo sería crucificado durante su sucesor del mismo nombre. Herodes I el Grande fue sucedido en el trono por sus hijos tras su muerte en el 4 a.C., quienes se repartieron su reino según las interesadas decisiones del emperador Augusto de esta manera: Arquelao recibió Judea, Herodes Antipas recibió Galilea y Perea, y Herodes Filipo recibió Traconítide, Auranítide, Batanea y Gaulanítide. Esas parcialidades van perdiendo autonomía frente a Roma que va a ir incorporando todos esos territorios bajo el dominio imperial.
Masada sería clave frente a los romanos de Tito como parte de la Gran Revuelta Judía. Tito fue el general de las fuerzas romanas que sitiaron y conquistaron Jerusalén en el año 70 d.C., hecho que culminó la resistencia judía. La fortaleza de Masada, por su parte, fue el último bastión de esa resistencia, y cayó en el año 73 d.C., ya bajo las órdenes de otro general, Lucio Flavio Silva, después de que Tito partiera a Roma.
Vemos que pasado el Siglo I a.C. en el que apreciamos que la mayor parte del territorio ha sido incorporado al Imperio Romano ante lo que el pueblo judío trata de, si no puede conquistar la independencia, al menos lograr un cierto grado de autonomía tal como había disfrutado en tiempos de Herodes el Grande y así se llega a la Revuelta de los Judíos ante la que combatirían los generales Vespasiano y su hijo Tito que dirigieron las campañas militares romanas contra los judíos durante la mencionada Gran Revuelta Judía (66-73 d.C.), levantamiento judío contra el dominio imperial romano que culminó con la destrucción del Segundo Templo de Jerusalén en el 70 d.C. a manos de Tito. Vespasiano fue el responsable inicial de sofocar la rebelión regresando seguidamente para recibir los atributos imperiales, mientras que Tito se encargó del asedio sobre Jerusalén, destruyendo buena parte de la misma, y el logro de la victoria final, que resultó en la devastación de toda Judea y el restablecimiento del control romano absoluto tras la derrota de los últimos rebeldes en Masada a comienzos del año 73 d.C por Flavio Silva, comandante de la Legio X Fretensis.

Transcurridos sesenta años y ostentando Adriano la púrpura imperial nos encontramos con la Segunda Revuelta de los Judíos (132-136 d.C.) conocida por el nombra del líder de la gran insurrección, Rebelión de Bar Kojba. El estallido de la misma fue como consecuencia y en respuesta a las prohibiciones de la Torá por parte de Adriano, la práctica del Shabat y la circuncisión, así como a sus planes de construir una ciudad pagana, refundada como Aelia Capitolina y dedicada a Júpiter, sobre las ruinas de Jerusalén, lo que significaba una afrenta directa a la identidad judía. A pesar de la breve independencia judía, la rebelión fue aplastada en Betar en 135 d.C., eliminando las resistencias en el Herodium y en Masada, por el general romano Julio Severo enviado desde Bretaña, teniendo como consecuencia la muerte de miles de judíos, la destrucción de ciudades y la expulsión de los judíos de Jerusalén. La revuelta fue la última gran rebelión judía en Judea y marcó el comienzo de la gran expulsión conocida como la Diáspora, llevando a los judíos a abandonar la esperanza de un salvador personal y un estado independiente.

Esa refundación capitolina tuvo como consecuencia, además de la Diáspora, el desplazamiento físico de la antigua ciudad, quedando fuera lo que era la ciudad del rey David (entre el monte Sión y el camino de Belén), lo cual observamos en las murallas de Solimán el Magnífico (1520-1655) del siglo XVI envolviendo a lo que eran las murallas de esa ciudad romana que fue. Solimán fue responsable de la reconstrucción y embellecimiento de Jerusalén, que se convirtió en parte de su imperio en 1517. Sus obras más notables en la ciudad incluyen la construcción de las imponentes murallas de la Ciudad Vieja entre 1535 y 1538, así como la restauración de la ciudad, lo que marcó un período de prosperidad y renovación para Jerusalén.
Esa Diáspora coincide en el tiempo con la expansión del Cristianismo, un momento en el que todavía, durante los siglos I al III d.C. desde un observador externo no vería mucha diferencia entre judíos y cristianos, que comparten el Pentateuco, lo cual nos puede llevar a cierta confusión al indagar en algún resto arqueológico existiendo dificultades para identificar un templo como iglesia o como sinagoga.
Serían de plena identificación esas comunidades a partir del siglo V y VI d.C. no solamente dentro del limes del Imperio Romano sino también en comunidades establecidas en Yemen, en África al otro lado del mar Rojo, en el reino de Axum, hoy Etiopía, en el norte del mar Negro donde los jázaros un pueblo de origen túrquico y de las estepas del Cáucaso fundó un kanato donde el judaísmo se convirtió en religión oficial, extendiendo así el monoteísmo.

Durante los siglos siguientes tendremos por una parte una serie de comunidades judías dispersas por el orbe conocido, norte y este de África, Oriente Medio, Irán y por toda Europa hasta las estepas rusas, y otra minúscula que permaneció en Tierra Santa. En cuanto al mundo del Cristianismo asumirá, en una u otra medida, las persecuciones a los judíos culpados de la muerte de Jesús. Así durante toda la Edad Media se verán el Europa diferentes expulsiones, aunque la leyenda negra solo habla de España, y se prolongará secularmente, con diferentes disculpas, no solo por el tema religioso, sino por despojarles del poder económico que adquirieron dado su carácter empresarial y laboral.
Durante el reino hispanogodo sabemos de un conato de expulsión durante el siglo VI, muy anterior al del siglo XV, y de al memos persecución y conversiones forzadas, especialmente a partir del siglo VII, con el rey Sisberto en 613 y el IV Concilio de Toledo.
Durante ese período medieval se pensaba que las comunidades vivían en determinados barrios, las juderías, pero no era exactamente así, los ricos vivían donde los poderosos y pudientes y los pobres donde los más humildes, a diferencia de lo tristemente ocurrido en Varsovia durante la II GM. Concentración humana a la vista de una agresión externa, como lo que está ocurriendo en este momento ante las agresiones islámicas sobre Israel, tanto por el Sur como por el Norte lo que lleva a las autoridades a concentrar a los ciudadanos israelitas objeto de la agresión por parte de los terroristas.
Es interesante recordar que durante la Edad Media hubo más permisividad hacia el pueblo judío en los territorios musulmanes, desde el siglo VII, que en Europa y esa convivencia pacífica y sin mayor dificultad perduró más de 1.300 años, lo cual nos pone sobre aviso en la falacia de que existe un odio milenario judío y musulmán, al margen del consabido cobro de impuestos islámico, en mayor o menor grado de abuso, a los no musulmanes.
Tras sucesivas expulsiones y llegado el siglo XIX, poco a poco los judíos se encontraban distribuidos por toda Europa, momento en el que sucede el conocido caso Dreyfus, una auténtica crisis política y social que dividió a Francia entre 1894 y 1906, centrada en la injusta acusación de alta traición y espionaje a favor de Alemania contra el capitán del ejército francés de doble origen judío y además alsaciano, Alfred Dreyfus. Caso que puso sobre el tapete un virulento antisemitismo y nacionalismo en la sociedad francesa, con el escritor Émile Zola jugando un papel denunciante crucial sobre tal injusticia en su carta «J’accuse...!». Finalmente, Dreyfus fue exonerado y reintegrado al ejército, convirtiéndose este asunto en un símbolo de la lucha contra la injusticia y el prejuicio. En este momento y ante tales situaciones se comienza a reclamar un propio estado para los judíos. El periodista austrohúngaro Theodor Herzl fue espectador del caso Dreyfus, quien, tras presenciar el antisemitismo latente en la época que culminó con el lamentable caso, consideró una propuesta de solución como fue la creación de un estado propio judío para la emigración masiva al mismo. El caso Dreyfus, aunque centrado en Francia, fue un detonante fundamental para el sionismo político, el movimiento que fundó Herzl para lograr esa ansiada autodeterminación del pueblo judío en una tierra propia.

Es el momento en el que surge el nacionalismo y la idea de estado-nación por eso se entiende esta propuesta de solución, bajo el amparo de una historia, una lengua, tradiciones y unas creencias comunes, por eso la lógica idea de Herzl.
Coincide la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, con el crecimiento industrial que no es capaz de ofrecer las mismas oportunidades a todos los ciudadanos provocando la salida de millones de europeos hacia fuera de su continente, principalmente a América y entre otros viajan las comunidades judías procedentes tanto de Europa como de Turquía y de Oriente Medio, tierra a la que se dirigen otros, siempre buscando una mejor vida.
Hay emigraciones a causa de pogromos en Europa del Este, en el imperio ruso en 1885, y más adelante como el pogromo de Kiev, de 1919, como consecuencia de considerar a los judíos adeptos a los bolcheviques y llevado a cabo por tropas del Ejército Blanco. Es la época del invento, de la etnogénesis, de estados inexistentes y ancestrales como el de Cataluña, o el creado por Sabino Arana en España, reclamando una historia y cultura propia asfixiada por España y sus maquetos.
Este momento coincide con la disgregación y derrota del imperio otomano, que en 1900 aún domina los Balcanes perdiéndolo prácticamente todo en 1914, así surge Serbia, Rumanía, Bulgaria, se inventa Albania, Grecia crece hacia el norte, y por el lado este del imperio otomano en la parte asiática, se aprovecha el mensaje de Herzl para esas recreaciones territoriales por parte de Francia e Inglaterra. Cuando los otomanos pierden su territorio por el oeste y no viendo peligro en los árabes y en los judíos de su imperio es cuando se manifiesta su temor frente al nacionalismo armenio por el este y de ahí surge el genocidio contra este pueblo, perpetrado desde 1915 a 1923, calculándose que entre un millón y medio y dos millones de civiles armenios fueron perseguidos y asesinados por el gobierno del Comité de Unión y Progreso en el Imperio Otomano, en la idea de evitar lo ocurrido en los Balcanes por el Oeste.
Serán hechos sucedidos tras la declaración Balfour y el enquistamiento durante los siguientes veinte años entre árabes y judíos de Israel, hasta la II GM, lo que nos conducirá a la situación actual. La Declaración Balfour de 2 de noviembre de 1917, fue la manifestación formal pública del gobierno británico durante la Primera Guerra Mundial, para anunciar su apoyo al establecimiento de un «hogar nacional» para el pueblo judío en la región que llamó de “Palestina”, que en ese entonces formaba parte del Imperio otomano aunque no con tal nombre. La Declaración fue incluida en una carta firmada por el ministro de Relaciones Exteriores británico, Foreign Office, Arthur James Balfour y dirigida al barón Lionel Walter Rothschild, un importante líder de la comunidad judía en Gran Bretaña, para su transmisión a la Federación Sionista de Gran Bretaña e Irlanda y cuyo texto fue publicado en la prensa el 9 de noviembre de 1917.

Aunque ya sabemos que Palestina que significa «tierra de los filisteos», aparece no para nombrar a ningún pueblo, cultura, creencia religiosa o comunidad política sino bajo el emperador romano Adriano renombró como castigo la provincia de Judea, tierra de los judíos, como Provincia de Siria Palestina en el año 135 d. C., tras aplastar la rebelión de Bar Kojba.
Como se ha explicado reiteramos que los filisteos era un pueblo del mar sin ninguna relación cultural, étnica, lingüística y ni mucho menos religiosa con los actuales palestinos. Roma lo que provocó fue lo que se ha venido en definir desde 1689 como una damnatio memoriae, en este caso para todo un pueblo procediendo a eliminar todo cuanto recordara al pueblo judío, imágenes, monumentos, templos, inscripciones, e incluso se llegaba a la prohibición de usar su nombre. Práctica por la que muchos emperadores también se vieron afectados.



Como argumentos contra Israel se viene mostrando durante décadas el actual mapa de Israel en el que los judíos han ido arrinconando a los palestinos incluyendo a Mahmut Abbas también conocido por la kunya Abu Mazen político palestino que ejerce como actual y primer presidente del Estado de Palestina desde el 2 de junio de 2014, y tercer presidente de la Autoridad Nacional Palestina.
Se habla permanentemente de robo de tierras palestinas pero para aclararlo es necesario decir que lo que hacen es emplear el dibujo interpretándolo como palestina reflejando las fronteras del estado de Israel y emplear una secuencia 1946, plan NU 1947, 1949-1967 y 2008. Lo curioso es que los enemigos de Israel siempre han dicho que sus fronteras son artificiales y si lo son y corresponden a las de Palestina, según ello, ¿no quiere decir que las de Palestina lo son también?
Ahora debemos remitirnos a los mapas históricos que tienen que ver con Francia y Reino Unido y cómo dibujaron fronteras arbitrarias exclusivamente a su necesidad y objetivos reuniendo bajo mismas fronteras a pueblos que nunca tuvieron que ver unos con otros o fragmentado dentro de diferentes fronteras a los que consideraban podrían suponer un obstáculo a sus intenciones geopolíticos.

Por ello vemos el mapa en el que el Reino Unido decidió traer del olvido la denominación Palestina y donde se define el Mandato Británico de Palestina en 1920. Si damos algo de contexto todo ese territorio que aparece en el mapa incluyendo los territorios circundantes habían formado parte del imperio otomano como los espacios donde leemos Siria, Iraq, Arabia o Egipto.
Al luchar junto al imperio centroeuropeo durante la IGM, sepamos que los dos principales bloques que se enfrentaron durante la Primera Guerra Mundial fueron la Triple Entente (Francia, Reino Unido, Rusia y luego EE.UU. y otros aliados) y la Triple Alianza o Imperios Centrales (Alemania, Austria-Hungría y el Imperio Otomano, aunque Italia se cambió de bando).
Como perdedor el imperio otomano, Inglaterra y Francia se lanzaron como depredadores sobre sus restos incluso antes de la finalización de la guerra 1918, pues ya en 1917 el imperio británico ya controlaba la zona. Bajo el amparo de la Sociedad de las Naciones (SDN), Sociedad de Naciones o Liga de las Naciones organismo internacional creado por el Tratado de Versalles el 28 de junio de 1919, se propuso establecer las bases para la paz y la reorganización de las relaciones internacionales una vez finalizada la Primera Guerra Mundial.
En ese organismo el Reino Unido se comprometió a establecer una patria judía en ese territorio que le fue entregado con esa condición y que recibió con esa exclusiva finalidad.

Para cumplir ese mandato disponía de esas fronteras que vemos en el mapa de 1920 en la que se incluye tanto el estado de Israel como lo que hoy es el reino de Jordania y se contemplaba que los judíos pudieran inmigrar a todo ese territorio, tanto Israel como Jordania.Pero ¿cuándo cambió la definición sobre Palestina?, sería en 1922 cuando de forma totalmente arbitraria el Reino Unido trazó una línea a caballo del río Jordán y declaró la parte oriental como Transjosdania y al resto pasó a denominarlo como Palestina violando los términos del Tratado por el que la Liga de Naciones le había dado el control de este territorio, demostrando que lo que Abbas exhibe como territorio ancestral palestino es totalmente falso y arbitrario.
Bajo el imperio otomano no existía ninguna Palestina, región ni distrito administrativo, tal como hemos visto anteriormente, sí, por ejemplo, un territorio cristiano en Líbano. Los otomanos la incluían como parte del espacio de Siria, denominándola históricamente como Bilad al-Sham, antigua provincia del Califato Rashidun, el Califato Omeya, el Califato abasí y el Califato fatimí ubicada en lo que hoy llamamos Siria, Líbano, Israel, Palestina y Jordania aproximadamente.
Así que dejemos claro que durante el imperio otomano nunca se mencionó ni territorio ni gentes que atendieran a la denominación como Palestina. En segundo lugar cuando los británicos reinventan la denominación en 1920 le dan unas fronteras radicalmente distintas a las que inventan de nuevo dos años después, en esa magistral pirueta de dibujo de fronteras que caracteriza a los británicos y que vemos en 1922.

Con esto queremos demostrar la idea de ’Palestina’ y ‘palestinos’ como recreación británica a partir del hecho histórico del Imperio Romano cuando fueron derrotados los judíos tratando de borrar de la memoria la palabra ‘Judea’ y cambiándola por la de ‘Siria Palestina’ para arrebatársela a los judíos y que nos ha conducido a la situación actual.
La conclusión no puede ser otra que solo puede haber un posible diálogo cuando las organizaciones terroristas que gobiernan dictatorialmente a su pueblo, el árabe palestino, sean derrotadas y eliminadas.

