
«Se nos llama con frecuencia desde los medios y desde la clase política para tocar nuestra fibra sensible y decirnos que debemos ser más humanitarios y solidarios con la inmigración irregular»
Se nos llama con cierta frecuencia desde los medios y desde la clase política para tocar nuestra fibra sensible y decirnos que debemos ser más humanitarios y solidarios con la inmigración irregular o masiva y resulta muy chocante que recibamos el sambenito de fascistas en cuanto se pone el más mínimo reparo.
Estamos viendo el aumento de la violencia y las agresiones sexuales en los barrios e incluso, como consecuencia del efecto llamada, los niños y menos niños que en vez de estar en el cuidado de sus padres son enviados a España para que se los mantengamos, formemos y tengan su documentación y tarjeta sanitaria, jóvenes que luego reciben a sus padres de visita desde el otro lado del estrecho. Resulta alucinante este circo al que asistimos impávidos, aceptando con normalidad lo que no es y no puede ser.
A su vez escuchamos que algunos países más serios que España, no gobernados por una casta corrupta, como por ejemplo Australia, que utiliza sus fuerzas navales para hundir las barcazas de inmigrantes, una vez desalojados sus ocupantes, cuando intentan entrar ilegalmente en el país.
En España se sabe de dónde vienen esos barcos remolcadores de pateras, e igualmente los lugares de la costa africana de donde parten y en donde a vista de pájaro e imágenes satelitales podemos observar cientos de esas barcazas o cayucos a la espera de ser remolcados y llevarlos antes las costas de Canarias.
Recordemos que el humanismo y la solidaridad son dos actitudes o atributos de las personas pero en ningún caso de los países pues en cada país el estado tiene la obligación legal, y moral, de proteger las fronteras y de buscar fundamentalmente para todos sus ciudadanos el bienestar y la seguridad, no el del resto del mundo, problema de cada estado.
En este sentido vemos las decenas de partidas presupuestarias que se dedican a los temas y organizaciones más variopintas de lugares ajenos a España, mientras que mínimas necesidades sanitarias, y de seguridad dentro de nuestras fronteras se ven mermadas, no así vergonzosas derramas dedicadas a la corrupción, a organismos inservibles, a una administración elefantiásica, con un evidente abandono de la Seguridad y la Defensa, de la Sanidad y en general de los servicios públicos, a la vez que se emplea dinero público en golfeo y prostitución.
Cualquier ciudadano que diga mostrarse mínimamente preocupado en este sentido, sobre todo desde el arco parlamentario, donde se dilapida nuestro dinero, tiene la oportunidad de solicitar al organismo pertinente acoger en su hogar a uno o a varios de aquellos inmigrantes, haciéndose cargo de ellos hasta su plena integración laboral y cultural en la sociedad, con lo que, por un lado, habrá satisfecho sus impulsos humanitarios y solidarios y, por otra, habrá evitado que dichos inmigrantes sean tratados como rebaños humanos en centros de acogida con nulas y oscuras perspectivas de futuro.
