
«Aquella mañana los pertenecientes al segmento de plata nos levantamos con una sensación de miedo al futuro»
Nos habíamos criado en una especie de “limbo”. Bastante ajenos a lo que había pasado en la época de nuestros padres (apenas se hablaba de la guerra y de sus consecuencias), nos movíamos ante la incertidumbre del ¿qué pasará ahora?
Por una parte estábamos asustados ante lo desconocido. Por otra esperábamos con ilusión la llegada de “la gran alternativa”. El pueblo español se dividía como siempre. Por una parte se aglomeraban las masas para rendir un último homenaje al recientemente fallecido. Por otra parte el cava, el vino y el champán corrían a raudales celebrando el óbito.
Nosotros, como siempre, asistíamos al acontecimiento sin un criterio establecido. Nos habíamos criado en una cultura del ocultamiento, dentro de lo posible, de la guerra “incivil” que había enfrentado y diezmado a la generación que nos antecedió. Por otra parte sentíamos el deseo de acercarnos a esa Europa en la que ataban los perros con longaniza y que era el paraíso de la emigración.
Una vez superado el momento de incertidumbre, nos aprestamos a meter el hombro y recibir con ilusión los nuevos aires políticos. A nuestro alrededor se comenzó a denostar todo lo pasado sin ningún tipo de justificación. Salvo para algunos añorantes del pasado, había que romper con todo el sistema anterior (en el que al parecer todos sufrimos mucho, algunos sin enterarnos).
Desde entonces, momento en el que todos unimos nuestras fuerzas, comenzó una etapa en la que aceptamos a cada uno con sus ideas propias y aprendimos a convivir dentro del respeto a la pluralidad. Desgraciadamente estas premisas se han ido deteriorando hasta llegar a una nueva radicalización que impide el entendimiento entre todos. Se ha pasado de una España única, impuesta por decreto, a una especie de reinos de Taifas en constante gresca. Solo se habla de lo bien que lo hacemos nosotros y lo mal que lo hacen los demás. Nunca se plantean proyectos para un futuro mejor.
Parece ser que hemos aprendido poco. Nuestra generación ha vivido grandes logros, de la alpargata al seiscientos, de la paga del 18 a las vacaciones, de la emigración a la inmigración, de las casas de socorro a los grandes hospitales, del año del hambre al consumismo y los grandes supermercados, de la cabina telefónica a la cibernética. No sabemos que deparará a nuestros descendientes la I.A. y los nuevos aires políticos, pero nos maliciamos que nos llegan tiempos difíciles.
Han pasado cincuenta años. Parece que fue ayer. Sigo temiendo, y a la vez, confiando, en el futuro.
