
«Entre sueldos congelados, impuestos que ahogan y un futuro laboral amenazado por las máquinas, cada día parece un orto primaveral de nuevos despropósitos»
La verdad es que yo creía que, en esta democracia, ya estaba todo visto. No es así, cada día es un orto primaveral de despropósitos y desafueros. Y no, no es culpa del pueblo español, que bastante tiene que sufrir, para poder llegar a fin de mes con los sueldos de tercera categoría que perciben. Los impuestos que pagamos tampoco son de festividad Navideña. Pagar casi el treinta por ciento de lo ganado, para entregárselo a hacienda, parece una burla. Evidentemente, no es para todos igual, pero cobrar menos de los mil quinientos euros, en España es algo habitual, y no, no es suficiente dada la carestía de la vida, que cada día se incrementa más. Si los precios de la cesta de la compra se han incrementado, así como el de los alquileres de vivienda e impuestos varios, que ya no son solo estatales, sino de todo tipo de institución, podemos quedarnos helados, les doy permiso.
Yo desde luego llevo ya congelado desde hace unos cinco o seis años. Curiosamente, mis carámbanos se han formado desde el día en que el pueblo, en su infinita sabiduría, le dio los suficientes votos al partido socialista para gobernar. Éste, solo o en compañía de otros, cual, si fueran un cartel de la recaudación, no de drogas, pero si de dinero, empezaron a llenar la saca. Pero no, no lo hicieron para repartir, entre los menos afortunados, ni para las miserables hoy, clases medias, si no para otras cosas, vaya usted a saber cuáles.
La coercitiva presión, sobre la gran generalidad de las personas, que están en la medianía de los sueldos, entre mil y dos mil euros, hace que la supervivencia para muchos se reduzca a pagar la alimentación y el alquiler, impidiéndoles dedicar alguna parte de las ganancias a otras labores, como la cultura. Y esto, no se arregla como ha hecho el gobierno, suministrando un cheque de cuatrocientos euros a los jóvenes para gastar en libros, teatros, cines y espectáculos diversos.
Cuando yo era joven, hace ya una pila de años, no disponía de esos recursos para diversión. Empecé a trabajar pronto. Con veintidós años ya me busqué un trabajo para fines de semana, con el que podía cubrir mis gastos de bolsillo sin recurrir a otros. No es que mi familia se desentendiera de mí, pero yo cada vez les pedía menos. Ya se que hay muchas personas que lo hacen, e incluso con menos edad. Mi abuelo, a la edad de doce años ya trabajaba para contribuir al sustento de la familia, pero eran otros tiempos y regían otras normas y directivas sociales. No sabría decir si eran peores o mejores que las actuales, lo que sí podemos afirmar es que en general la mayoría de la gente estaba menos preparada para el trabajo especializado.
Hay trabajos que irán desapareciendo poco a poco y es posible que a finales de este siglo veintiuno hayan dejado de existir. Hace poco he visto en un bar, que los camareros de mesas habían sido sustituidos por máquinas a las que pedías las consumiciones y tras breves instantes te las traían. La única intervención humana era la de suministrar a la máquina las bebidas y tapas. Esto debiera de asustar bastante a las personas con menos formación, dado que sus empleos futuros, pudieran estar en peligro. Pero tampoco será una alegría para el resto de los trabajadores, porque toda profesión en la que la creatividad, no sea fundamental, podría pasar a ser ejercida por la inteligencia artificial.
Esto no será ni bueno, ni malo, tan solo será un cambio más en la historia humana, pero como todas las revoluciones, traerá consecuencias. En un principio serán malas, hasta que las necesidades y la formación de los trabajadores se adapten a la nueva realidad. Lo malo de este cambio en la forma de trabajar es que está ya prácticamente aquí y la humanidad no ha tenido apenas tiempo para cambiar los usos y normas laborales.
Es por todo esto por lo que empezaba diciendo que: La verdad es que yo creía que, en esta democracia, ya estaba todo visto. No es así, cada día es un orto primaveral de despropósitos y desafueros. Y no, no es culpa del pueblo español, que bastante tiene que sufrir, para poder llegar a fin de mes con los sueldos de tercera categoría que perciben. Los impuestos que pagamos tampoco son de festividad Navideña. Pagar casi el treinta por ciento de lo ganado, para entregárselo a hacienda, parece una burla. Evidentemente, no es para todos igual, pero cobrar menos de los mil quinientos euros, en España es algo habitual, y no, no es suficiente dada la carestía de la vida, que cada día se incrementa más. Deduzco que cuando la mayoría de los trabajos los hagan las máquinas, los gobiernos tendrán que suministrar los recursos para vivir gratuitamente a los seres humanos. Se producirá un nuevo cambio en la sociedad. ¿Habremos llegado a la esperada sociedad del ocio? Permítanme dudarlo. Me inclino tal vez a una sociedad, mucho más compartimentada y desigual. Una pena.

