Nota aclaratoria.
Fernando Vizcaíno Casas se tenía por un escritor “oportuno” que no “oportunista”. Y ello a propósito del éxito sensacional obtenido con su novela …y al tercer año resucitó (Planeta, 1978). Por ello no se decidió a completar una segunda parte que pudiera acusarle de explotar la figura, para él tan respetable, de Francisco Franco. Tan sólo quiso escribir un pequeño cuento (…y habitó entre nosotros). Este mío que les presento a ustedes no sé si es oportuno u oportunista, pues lo escribo el día en que se celebra o se lamenta, según los gustos, el cincuentenario de la muerte del Caudillo, y lo hago un poco inspirado en el tratamiento que Vizcaíno hizo de unas hipótesis disparatadas. Quede bien clara esta ausencia de originalidad mía, por si alguien cae en la tentación de llamarme “oportunista”. Ah, y no hace falta decir que el relato es pura ficción, no la vayamos a liar.

«El presidente, venciendo las dificultades, se mostraba pletórico, entusiasmado. Hacía meses que no se le veía con mejor aspecto»
Todo estaba resuelto para la gran fecha. Era la víspera de la inauguración del nuevo Valle de Cuelgamuros (antiguo Valle de los Caídos), cuya resignificación pretendía, con buen criterio, disponer de un lugar laico, democrático y de encuentro entre los españoles. A tal fin, se habían eliminado los símbolos religiosos, como las estatuas de La Piedad, que presidía la entrada a la basílica, y de los cuatro evangelistas, en el basamento de la cruz, obras del escultor faccioso Juan de Ávalos (con uve, nada que ver con don José Luis). La excepción era esa gran cruz, cuya demolición, propugnada por ciertos sectores puristas de la izquierda, presentaba problemas de ingeniería y de logística. De nada sirvieron las consultas a los asesores del gobierno, ni a los ingenieros de Adif (expertos en túneles ferroviarios), ni siquiera a los antiguos integrantes de los comandos de la ETA, ahora rehabilitados y técnicos de la dinamita y el cordón detonante. Al derribar tan opresor símbolo de la dictadura se corría el riesgo de chafar con los escombros este centro de la interpretación y de la memoria que con tanto entusiasmo se iba a bendecir (con perdón) el día veinte de noviembre. Para el final de la legislatura se estaba estudiando cuidadosamente la oferta del taller de los sucesores del artista Christo Vladimir Javacheff, pues no terminaba de convencer su ejecución a los arquitectos al consistir, como es sabido, en cubrir la enorme cruz con un envoltorio de tela, con el consiguiente cachondeo que haría exclamar a los visitantes: “Vaya tela”.
El presidente, venciendo las dificultades, se mostraba pletórico, entusiasmado. Hacía meses que no se le veía con mejor aspecto. Últimamente se mostraba ante las cámaras muy delgado, ojeroso y encanecido, pese a los esfuerzos del equipo médico habitual de Moncloa y de su gabinete de maquilladoras y esteticienes. Estaba hasta de buen humor, desmintiendo la fama de persona irascible que pretendían colocarle los periodistas de la extrema derecha. Una de sus primeras medidas al llegar a la presidencia del Gobierno fue la exhumación del cadáver de Franco, ante la mirada atenta de la ministra de Justicia Dolores Delgado y la oposición de la familia del general, siempre pensando en fastidiar, que llegó incluso a calificar el hecho como de una “profanación”. Cuatro años más tarde, en 2023, le tocaría el turno a José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española, dando fe del hecho el flamante Notario Mayor del Reino don Félix Bolaños. Y ahora, en tan redondo aniversario (cincuenta años ya, quién lo diría) se anunciaba al mundo la apertura del nuevo valle de la reconciliación, otrora símbolo del totalitarismo y del más rancio nacional-catolicismo.
El presidente se disponía a ocupar el atril colocado en el exterior del palacio de la Moncloa y para ello salía aplaudiéndose a sí mismo (al tiempo que todas las miembras y los miembros de su gobierno le aplaudían a él) para anunciar el histórico acontecimiento, en una rueda de prensa sin preguntas, cubierta por centenares de medios de comunicación internacionales. La única nota discordante la dio (quién si no) la periodista de La Voz de César Vidal, la ultra María Durán, que se puso a increpar a Pedro Sánchez llegando incluso a llamarle “gilipollas”, motivo por el cual fue invitada amablemente a abandonar el lugar. Así, el jefe del Ejecutivo pudo anunciar que el tramo de la carretera de La Coruña comprendido entre Madrid y El Escorial sería adornado, para la ocasión, con miles de banderas de España y protegido por las Fuerzas Armadas. No en vano al día siguiente iba a pasar por allí la comitiva de invitados, entre los cuales estarían los presidentes de Colombia y Venezuela, señores Petro y Maduro, la dirigente azteca Sheinbaum, Úrsula von der Leyen, José Luis Rodríguez Zapatero, Isabel Díaz Ayuso, Pedro Almodóvar, el cardenal Cobo, el arzobispo Argüello, Arnaldo Otegui y hasta el padre Ángel.
Previamente y una vez desacralizado el monumento, se había expulsado de la abadía a la comunidad benedictina, liberada también del indeseable de su prior el padre Cantera. En su lugar, se encargaría de gobernar Cuelgamuros una nueva comunidad, adscrita a la Secretaría de Estado de Memoria Democrática, dirigida por la exmonja Lucía Caram. La Escolanía de la Santa Cruz había sido reconvertida como Conservatorio Superior de Batucada y de las Artes Escénicas, formado íntegramente por mujeres.
La situación estaba controlada. Los medios de comunicación se encargaban de transmitir el mensaje correcto, la conveniencia del cambio. La oposición política estaba a otra cosa y tan sólo los pequeños grupos fascistas de siempre acudirían a proferir gritos y rezos a muchos metros de distancia. Los falangistas preferían concentrarse en la calle de Génova, donde naciera su jefe y recorrer las calles hasta la Sacramental de San Isidro. Acto, ni que decir tiene, prohibidísimo por la autoridad gubernativa. Pero el acontecimiento fundamental que cerraría brillantemente el “año Franco” se iba a celebrar a cincuenta quilómetros de allí.
