
«Ellos me habían pedido que llevara sus cenizas mezcladas, tras ser incinerados sus cuerpos, y las depositara en algún lugar de la sierra en Navacerrada»
Estaba ayer escribiendo acerca de un recuerdo de hace tiempo. Mi padre había muerto hacía ya diecisiete años y mi madre había muerto dieciséis años después. Ellos me habían pedido que llevara sus cenizas mezcladas, tras ser incinerados sus cuerpos, y las depositara en algún lugar de la sierra en Navacerrada. Decidí cumplir sus deseos en verano y en el estío subí a un lugar entre el puerto de Navacerrada y Cotos. Allí en una curva de la carretera junto a un pino bastante viejo y muy alto, deposité el contenido que llevaba en una caja de cartón en la que había volcado previamente sus cenizas y las había mezclado. Quedaron al pie de un majestuoso pinus Pinaster que alzaba su copa al cielo, como si quisiera hablar con Dios. Para que no se dispersaran con el viento las cenizas, las tapé con arena que había alrededor. Así dejé cumplidos sus últimos deseos. Me sentí bien, respiré hondo y miré hacia arriba. El cielo estaba azul, mejor dicho, tenía la claridad del color cian. La copa de aquel enorme pino cubría ampliamente el lugar que compartía con otros cientos de pinos que, por la ladera, bajaban hasta el valle unos mil metros más abajo.
No se si la naturaleza nos puede hablar, pero yo aquel día oí claramente en mis oídos un “gracias” y comprendí que haber sacado a mis padres de sus urnas funerarias les había devuelto la libertad y quizás una juventud aventurera de esquiadores del lugar. Cuantas veces subí yo a Navacerrada con mi madre los fines de semana, para que me enseñara a esquiar, no los recuerdo, fueron muchos. No obstante, la vida nunca me llevó por el camino del deporte y no pude conseguir aprender.
Por otra parte, debo agradecer a mi madre y a mi padre, que intentaran transmitirme aquella necesidad de ver desde las alturas los árboles, los valles de Madrid y la añorada por ellos nieve de sus recuerdos. No sé si estos recuerdos o parecidos llenan alguna vez las almas de otros individuos que perdieron ya a sus padres, pero puedo asegurarles que es un tributo, necesario para asumir que nuestras vidas, asumiendo los deseos de nuestros antecesores y sus recuerdos, nos hacen merecedores de la gran suerte de estar vivos y de transmitir sus genes a los nietos, aunque sus abuelos tuvieran relativamente poco tiempo de conocerlos.
Alguna vez mis hijos me preguntan por sus abuelos, y aunque los conocieron, muchas veces no recuerdan todo sobre ellos con claridad. Es por eso que les estoy escribiendo notas y datos sobre mi vida y mi relación con ellos, para que tengan en el futuro un nexo de lo que les une con su linaje familiar. También les dejaré una especie de listado, que elaboró un hermano de mi padre y da la relación de todos, los individuos que partiendo de Austria en el pueblo de Kuffern, y por la otra parte, del Cubillo un pueblo de Segovia y habiendo pasado por Almería y París en la mezcolanza de abuelos llegaron a forjar una familia en Madrid en el año mil novecientos cincuenta y dos y que tras dejar de viajar por esos mundos de Dios, mi padre era diplomático, vinieron a descansar a Madrid en donde mi hermana y yo mismo nacimos, para poder contar esta historia.
Mi hermana murió hace unos años, así que me veo obligado a dejar constancia de esta historia, porque soy ahora ya el único que la conoce. Procuraré pasarla a mis hijos, para que si un día nacen nietos estos sepan cuales son sus orígenes. Y es por todo esto por lo que empezaba diciendo que estaba ayer escribiendo acerca de un recuerdo de hace tiempo. Mi padre había muerto hacía ya diecisiete años y mi madre había muerto dieciséis años después. Ellos me habían pedido que llevara sus cenizas mezcladas, tras ser incinerados sus cuerpos, y las depositara en algún lugar de la sierra en Navacerrada. Decidí cumplir sus deseos en verano y en el estío subí a un lugar entre el puerto de Navacerrada y Cotos. Allí en una curva de la carretera junto a un pino bastante viejo y muy alto, deposité el contenido que llevaba en una caja de cartón en la que había volcado previamente sus cenizas y las había mezclado. Espero que esta acción haya conseguido que descansen en paz. Feliz Navidad del año veinticinco y prospero año dos mil veintiséis.

