Ceuta y Melilla frente a Marruecos: Soberanía, geopolítica y amenazas híbridas. Por Fernando M. Gracia 

Ceuta y Melilla frente a Marruecos.

«Las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla constituyen uno de los puntos más sensibles de la política exterior española»

Las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla constituyen uno de los puntos más sensibles de la política exterior española. He seguido con atención, durante años, cómo estas dos plazas han sido objeto de presiones políticas, migratorias y diplomáticas que rara vez han encontrado en el Estado una respuesta proporcional y sostenida. Ceuta y Melilla no son simples enclaves. Son territorios españoles situados en un contexto geográfico complejo, sujetos a reclamaciones explícitas por parte de Marruecos y a dinámicas regionales cada vez más inestables. 

Desde una perspectiva jurídica, su pertenencia a España se encuentra sólidamente respaldada por tratados internacionales y por el principio de integridad territorial. No obstante, Marruecos ha articulado una estrategia de reivindicación progresiva, legalmente ambigua pero políticamente eficaz, amparada en su Constitución de 2011, donde se invoca el concepto de “fronteras auténticas”. Esta narrativa irredentista no solo ha calado internamente en su política nacional, sino que ha sido proyectada con creciente audacia hacia la opinión pública internacional. 

En los últimos años, hemos asistido a episodios que deberían haber marcado un antes y un después en la forma en que España aborda su relación con Marruecos. La entrada masiva de inmigrantes en Ceuta en mayo de 2021, facilitada por la relajación deliberada del control fronterizo marroquí, fue, a mi juicio, una agresión diplomática encubierta. A ello se suma el presunto espionaje a miembros del gobierno mediante Pegasus, las maniobras de presión energética a través de Argelia y el uso del comercio y la migración como palancas coercitivas. Nada de esto es accidental. Y, sin embargo, la reacción española ha sido, en general, de contención tímida y cesión táctica. 

La política de apaciguamiento adoptada por el gobierno español en relación con el Sáhara Occidental, y, por extensión, con Rabat, ha generado un efecto boomerang. Lejos de obtener estabilidad o reciprocidad, lo que se ha logrado es una multiplicación de las demandas, una degradación de la posición diplomática española y una creciente sensación de que Madrid no tiene una estrategia clara hacia el sur. Sostengo, por tanto, que es hora de abandonar ese enfoque y de construir una política integral para Ceuta y Melilla basada en cinco líneas de actuación paralelas: estratégica, demográfica, económica, de seguridad y cultural. 

Desde el plano estratégico, debemos consolidar el reconocimiento internacional de la soberanía española sobre Ceuta y Melilla a través de su plena integración institucional en el marco europeo. No hablo de una fórmula simbólica, sino de una vinculación operativa. Presencia reforzada de organismos europeos, financiación estructural específica, mecanismos de defensa colectiva adaptados al riesgo híbrido. Ceuta y Melilla deben dejar de ser vistas como una anomalía postcolonial y pasar a ser reconocidas como lo que son, territorios europeos en el Mediterráneo sur, con pluralidad interna y vocación de frontera avanzada de derechos. 

La dimensión demográfica merece una atención especial. No podemos ignorar, y yo no lo hago, que ambas ciudades presentan una evolución poblacional asimétrica. En Melilla, en particular, el crecimiento de comunidades de origen marroquí ha sido sostenido, con implicaciones en el sistema educativo, en la administración local y en los equilibrios sociales. Esta realidad no debe tratarse desde la alarma, pero tampoco desde la ingenuidad. Necesitamos una política de integración firme, constitucional, exigente y abierta, que fortalezca la cohesión civil y asegure la lealtad institucional. Esto implica, también, un mayor esfuerzo en nacionalización jurídica, formación en valores democráticos y construcción de ciudadanía activa. Esto debe ser obligatorio e irrenunciable. 

En el ámbito económico, hay que reconocer las diferencias entre ambas ciudades. Ceuta ha iniciado una tímida diversificación hacia sectores digitales, mientras que Melilla sigue siendo más dependiente del comercio transfronterizo y del sector público. Proponemos, y me incluyo en esa exigencia, una estrategia de inversión específica, que combine incentivos fiscales, desarrollo logístico, industria verde, innovación aplicada y conectividad digital. Este proceso debe apoyarse con fondos europeos y con una nueva narrativa que presente estas ciudades como polos de desarrollo regional y no como zonas subsidiadas permanentemente. 

La seguridad es otro eje ineludible. La presión migratoria, el riesgo de infiltración terrorista, la amenaza cibernética y las posibles acciones encubiertas exigen un refuerzo integral de los medios humanos, tecnológicos y jurídicos. Esto no se resuelve solo con más agentes, sino con inteligencia estratégica, interoperabilidad con socios europeos y capacidad de respuesta autónoma. Es imprescindible que Ceuta y Melilla dispongan de unidades especializadas en ciberdefensa, control de fronteras, y análisis de riesgos híbridos ya que si no garantizamos la soberanía funcional, perderemos progresiva e irremediablemente la soberanía simbólica. 

Finalmente, en el plano cultural y educativo, necesitamos actuar con claridad. Hay que fortalecer el arraigo constitucional, la identidad democrática y el vínculo emocional con España. Esto no se impone, se cultiva. Los planes educativos deben incorporar contenidos sobre historia institucional, convivencia plural y derechos fundamentales. Las asociaciones juveniles, los proyectos cívicos y las iniciativas interreligiosas deben ser respaldadas desde el Estado. Me parece evidente que no hay soberanía sin cohesión, ni cohesión sin educación. 

En conjunto, propongo que avancemos en una estrategia nacional de defensa de Ceuta y Melilla basada en la anticipación, la firmeza y la inversión. No basta con responder a cada crisis. Debemos construir una política de presencia integral, que combine diplomacia activa, políticas públicas eficaces y narrativa cohesionadora. Ceuta y Melilla no son un problema, son España. Lo que es problemático es la falta de una visión clara sobre su futuro o una continua pasividad intencionada. Y yo sí creo que todavía estamos a tiempo de tener la primera. Pero el margen es muy estrecho. 

 

 

Fernando M. Gracia Climent

Porque pienso que la humanidad no se divide en gente de derechas y gente de izquierdas, hombres y mujeres,... se divide en buenas y malas personas, escribo desde el corazón pero siempre usando la cabeza. Músico, lector compulsivo, historiófilo, proyecto de escritor, cinéfilo impenitente y Alférez de España.

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