Rebelión contra la mentira histórica. Por Javier Ygartua

Contra la mentira histórica. Así amanecía Madrid el 12 de Mayo de 1931 tras los trágicos sucesos de la quema de Iglesias y Conventos.

“¡Dejen ese debate a los historiadores, y no impongan una versión histórica, que eso es propio de sistemas totalitarios!”

Pensamiento único, no gracias. Esto no va de ser franquista o no, más que nada porque yo no he vivido en esa época. Esto va de desentrañar las grandes mentiras de la izquierda española.

Casi todo el pensamiento en España puede considerarse tradicionalista o de derechas, no hará falta citar nombres (aunque la derecha política sea también intelectualmente roma).

La izquierda no ha producido un solo pensador, una sola obra relevante de pensamiento político o, en general, no ha aportado nada al marxismo, al anarquismo o a ninguna otra variante.

Nunca ha pasado de simplificar y vulgarizar ideas venidas de fuera, haciéndolo con beatería o fanatismo y sin siquiera adaptarlas a la realidad histórica nacional.

Un hecho reciente: en la Transición se puso de moda el marxismo, el marxofreudismo y otras variantes. Quien no se declaraba amigo de Marx, al menos le mostraba un profundo respeto, también desde la derecha.

Luego se llevó el anarquismo y “la utopía”, y siguieron otras modas de temporada.

¿Qué salió de aquellos movimientos? Intelectualmente, nada. Lo que no les impedía condenar a todas horas —¡ellos!— el «páramo cultural» del franquismo.

Podemos hablar, en primer lugar, del antiespañolismo de la izquierda española.

El antiespañolismo izquierdista ha seguido dos tendencias básicas: el apoyo y la comprensión —no sin algunos encontronazos— a los separatismos (ya desde la Restauración), y el internacionalismo o cosmopolitismo.

Declarando caducas las naciones, las izquierdas han atacado a España, absorbiendo todos los tópicos de la Leyenda Negra.

La historia de España les parecía horrible, con muy pocas excepciones. Manía que también afectó a parte de la derecha desde el regeneracionismo.

Lo cual no ha impedido a las izquierdas invocar a veces un patriotismo exaltado por una España «nueva y distinta«, concebida desde su ignorancia histórica y su pobreza de ideas.

Durante la Guerra Civil descubrieron, sorprendidos, la fuerza del patriotismo, y su propaganda cultivó una patriotería vacía e impostada, sin mucho éxito, por fortuna.

Otro de los aspectos básicos de esta izquierda española es el anticristianismo.

La palabra usada es anticlericalismo: oposición, desde su punto de vista, a la excesiva influencia política del clero.

Era su máximo argumento para atacar al cristianismo. La izquierda española identificaba a la Iglesia con el oscurantismo y la opresión, y al ateísmo con lo científico y progresista.

Su propaganda antirreligiosa estuvo siempre moldeada por la calumnia.

Y cuando llegó la ocasión, se tradujo en un auténtico genocidio, con los rasgos más brutales, acompañado de la destrucción masiva de arte y cultura… en nombre de la cultura y el progreso, por cierto: la verdad de las prédicas se conoce por sus obras.

Esto actualmente lo vemos en la destrucción del Valle de los Caídos, o su transformación en cualquier miseria de las suyas, empeñados como están en erradicar del espacio público la cruz (el símbolo más abarcador de la cultura occidental) y la religión… cristiana (promueven el islam, en cambio).

Otro de los aspectos más relevantes es su antiliberalismo.

La izquierda en España empezó como un liberalismo exaltado, jacobino y antieclesiástico, promotor de matanzas de frailes, fascinado por lo peor de la Revolución francesa y opuesto al liberalismo moderado.

En el siglo XX lo sustituyeron los movimientos marxistas, anarquistas y republicanos radicales, que consideraban el liberalismo cosa del pasado y mero disfraz de la dominación explotadora del capital. Idea, por cierto, muy extendida todavía, también en ciertas derechas.

Al llegar la Guerra Civil, los liberales más destacados en España optaron por los nacionales, no sin buenas razones. Y, como no, la izquierda española, que tanto habla de Franco, también —como ya comentaba— practicó la violencia. Ejercida a menudo en nombre de la paz.

Como la izquierda suele ver el origen de la violencia en el poder «burgués», nada más natural que erradicarlo cuanto antes y del modo más drástico, para alumbrar, por fin, la sociedad pacífica y perfecta (la de sus sueños).

En España, la racha comenzó con las matanzas de frailes. Luego vinieron las bombas y agresiones contra las procesiones religiosas, el terrorismo anarquista arropado por el resto de la izquierda, las violencias separatistas, la huelga revolucionaria del 17 —fundamentalmente socialista—, las huelgas salvajes, los incendios de templos, bibliotecas y escuelas, las insurrecciones ácratas, la revolución guerracivilista del 34, la oleada de crímenes del Frente Popular…

Después de la Guerra Civil vinieron el maquis, el terrorismo —en especial el de ETA— tan apoyado por el antifranquismo moderado… etc.

Algún día será materia de estudio en las facultades de psiquiatría la patología con tintes obsesivos que siente la izquierda hacia Franco, y la cobardía, también patológica, que demuestra la derecha por defender, sencillamente, la verdad histórica.

Si se discutiera con fuentes y datos, y en igualdad de condiciones, quedaría debilitada la imagen de superioridad moral de la izquierda que han tratado de imponernos, y a más de uno se le caería la venda de los ojos. Y eso no lo pueden tolerar.

Por supuesto, a la derecha le aterra abrir este debate cultural. Un debate en el que no se trata de defender o atacar a la figura del general Franco, sino de presentar la verdad histórica y el derecho a la libertad de expresión.

La derecha calla acomplejada ante este torrente de mentiras y embustes, este Himalaya de falsedades que la prensa bolchevizada ha depositado en las almas ingenuas, como lo llegó a definir el dirigente socialista de la II República, Julián Besteiro, quien se refirió al más espantoso terrorismo bolchevique.

La derecha no se da cuenta de que, con su silencio cómplice y cobarde, acepta las reglas del juego que impone la izquierda y accede a jugar en el campo embarrado que le ha preparado.

Con lo fácil —y ético— que sería decir: “¡Dejen ese debate a los historiadores, y no impongan una versión histórica, que eso es propio de sistemas totalitarios!”

No se trata, insisto, de defender o atacar a una figura histórica concreta, sino de recuperar la libertad para investigar y para proponer tesis y estudios sin la necesidad de ser insultado o arrinconado, y de no permitir que nos obliguen a creer una serie de mentiras históricas.

Por supuesto, estos enemigos de la verdad no están por la labor, y harán todo lo necesario para mantener a la mayoría de los españoles en su letargo.

Y esto que digo referido al general Franco y, en general, a la historia de la España del siglo XX, lo afirmaría igualmente si pretendieran imponer una versión oficial sobre Isabel la Católica, sobre El Cid, sobre Rocinante o sobre cualquiera de los enanos que pintó Velázquez: me rebelo contra la idea de que la política me tenga que decir qué debo opinar sobre un momento histórico concreto de la historia de España.

No quiero que me impongan lo que debo pensar ni repetir como papagayo lo que la izquierda, con la cobardía de la derecha, quiere que piense.

Yo lucho por la libertad. Yo no me debo a ningún partido: solo a Dios, y después, a España.

Javier Ygartua Ybarra

Ex interesado en la política, siempre interesado en el deporte, ahora prácticamente en forma. Madridista ante todo, futbolero y fan de la Selección Española. Hala Madrid y nada más.

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