
«Es corrupción literaria publicar (y premiar, para más recochineo) cualquier cosa que firme (otra cosa es que lo escriba) la estrella de turno de la televisión o la vida social»
En una escuela que visitó Rebeca Argudo, no dice cuándo pero lo contó hace unos días en su columna del ABC titulada “Aunque puedas soñarlo, no siempre se logra”, debieron de ensayarse los primeros acordes de La danza de las chirimoyas, a juzgar por la descripción que hace de una de sus clases, situada en medio de los bosques, y de la cual “salía un ruido atroz: era el aula de música”. Por eso no me extraña que los grandes compositores contemporáneos como el maestro Azagra retuerzan las teclas del piano, estiren y martilleen con sentido énfasis ma non troppo las cuerdas del clavicordio, encandilen al selecto auditorio con los sones vibrantes, apoteósicos, transidos de tensión.
La danza de las chirimoyas es la banda sonora del sanchismo, del vaciamiento cultural de esa generación que, según la periodista, “no ha conocido el fracaso escolar”. Y por ello, hijos de esa generación serían los escritores que no encajan bien “que alguien haga una crítica negativa a su obra”. Producto de fábrica de las elites pedagógicas y del negocio editorial, sirven lo mismo al señor del dinero y al de los intereses políticos. Porque el dinero no desaparece, como querrían los utópicos, el dinero se transforma y cambia de bolsillos -nunca en los nuestros, por cierto-, siempre objeto de deseo.
Se sorprenden, tuercen el gesto, no soportan que el desprecio general empañe las alabanzas y la carísima propaganda que les hace famosos (ay, ilusos) por un tiempo. “Es seguro que será cosa de envidia, con lo que yo merezco este reconocimiento”… aseveran delante del espejito, espejito. “Por lo demás -decía Honoré de Balzac-, el autor que no acaba de resolverse a aguantar los tiros de la crítica no debe meterse a escribir”. Que lo hagan otros, pensará impúdicamente algún narciso, que siempre hay un negro para un descosido. Pero la obra habla por el autor. Podemos observar la excentricidad de un Salvador Dalí hombre o la extravagancia del ciudadano Valle-Inclán, como dijera el general Primo de Rivera. En su caso, el personaje ayudaba sin duda a su proyección pública. Mas esa obra de ambos pasó ya los filtros de su época, el control de calidad, y ha llegado hasta nosotros. Espero que dentro de unos años, en los institutos, no se impongan para su análisis pequeños fragmentos de los farsantes de hogaño o de los venideros. Claro que, eso será mucho pedir, me temo.
Leemos también en ese prólogo de 1842 a La comedia humana, en la traducción de Rafael Cansinos Assens (puesto que nuestro mal francés no nos permite acceder al original), leemos, digo, “que tan imposible es impedir el ejercicio de la crítica como el de la vista, el lenguaje o el juicio”. Para apoyar tan certera frase yo me sumo ahora a ese ejercicio de crítica del escaparate editorial, donde sospechamos que los premios son designados por motivos extraliterarios. A uno no le cabe, si he de ser franco, la posibilidad de formarse un criterio al respecto, pues huyo de la lectura de esos libros. Como lo hago también de aquellos otros de éxito que uno intuye que por algún motivo interesa que se lean. O de autores obligatorios que desaparecerán de los catálogos y de las librerías (bendita será la hora) una vez muertos.
Hablamos de “corrupción literaria”, como ha dicho recientemente el escritor Rafael Maldonado, miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras. Es corrupción inundar las librerías con pilas del mismo libro (que no será el Quijote, ya me entienden); es corrupción promocionar injustamente a cualquier advenedizo; es corrupción ningunear a otros novelistas, cercenando su ilusión y su talento, para construir artificialmente ese personaje al servicio de algo que no parece limpio; es corrupción publicar (y premiar, para más recochineo) cualquier cosa que firme (otra cosa es que lo escriba) la estrella de turno de la televisión o la vida social; es corrupción agasajar con distinciones al mismo autor, de cualquier ámbito, durante años, por muy seria que sea su obra, y que ya por ello empalaga. He dicho que es corrupción agasajar con distinciones. O es corrupción o es pereza.

