
«Se había pasado la mañana entre diversas oficinas de la Administración tratando de conseguir los permisos y claves que la moderna burocracia exige»
No es ningún secreto que quien esto escribe tiene habitualmente poco interesante que contar, mas encuentra motivo y argumento en otros, cuya vida y milagros es bien gozosa. Uno va cosechando aquí y allá, arriba y abajo lo que el prójimo siembra con sus ocurrencias y noticias y así compongo estas columnas para divertimento y solaz de mis escasos pero selectos lectores. Esta vez le debo el artículo a mi amigo Adolfo, fumador de puros.
Mi amigo Adolfo se fumó hace poco un puro en una coqueta terracita de un honrado establecimiento al que me invitó a tomar café. Mientras el camarero, que respondía al nombre de Vladimiro Chichimecatecle (pese a lo cual cumplió correctamente con su función) depositaba en la mesa las copas de Terry, Adolfo sacó de su chaqueta una purera de bolsillo y extrajo un ejemplar dominicano. Como yo no fumo hube de fastidiarme de frío observando la ceremonia de preparado y encendido del cigarro.
-Pues sí, chico, que ya me he jubilado. Casi cincuenta años dando el callo -me informó.
-Cómo pasa el tiempo. Hay que ver, era yo un chaval y tú ya estabas subido al andamio… -le recordé.
-Así es -continuó mientras lanzaba al aire unos anillos de humo-. Y ya ves, ahora resulta que soy ya un pensionista y a la vez un inútil. Pues no me presento ayer en la Universidad con una autorización de mi nieta para recoger su título, porque ella está en Bilbao, y me vuelvo de vacío…
-No te lo dieron.
-Mira, qué inteligente… pues lo que te cuento. Después de llevar el apoderamiento firmado en la distancia por ella, la fotocopia del Documento Nacional de Identidad suyo y el mío original, va y me dice una secretaria que también tengo yo que firmar digitalmente y le pregunto si no basta la firma a bolígrafo, puesto que estoy allí de cuerpo presente.
-Hombre, de cuerpo presente…
-Total, que me dice que tengo la opción de ir a un notario o que envían el diploma a la subdelegación del Gobierno que desee, previo pago de una tasa de 30 euros. ¿Qué te parece?
-Pues fatal, un abuso -le dije indignado a mi amigo Adolfo.
-Así que me fui de allí y que ahora mi nieta haga lo que quiera mientras yo me fumo un puro.
Estuvimos conversando un buen rato. Se había pasado la mañana entre diversas oficinas de la Administración tratando de conseguir los permisos y claves que la moderna burocracia exige. Se fue de vacío: que si tenía que solicitar un pin a la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre; que si luego escanear un código QR para pedir cita (cuando él usa todavía un viejo teléfono Nokia de botones); que hay que hacerse la clave digital o la clave permanente, que vete tú a saber cuál es la diferencia, y proporcionar un correo electrónico para disponer de la firma digital; apuntarse otro pin, no sé qué código… El funcionario que le atendió por lo visto iba sin afeitar, en pantalón vaquero, zapatillas y llevaba un jersey a rayas como los de Epi y Blas.
-Imperdonable, Adolfo. Que una periodista gamberra y casual como la Argudo vista de esa manera tiene un pase, pero que un probo servidor público salga de Barrio Sésamo no es serio -le hice ver.
-Pues calla, que sigo con las gestiones y aprovecho para informarme de eso del Imserso. Y vuelta a empezar: que si esto, que si lo otro, que si primero rellene este formulario, lo lleve a registro, le llegará una carta a casa, luego viene en plazo a solicitar, una fecha para balnearios, otra fecha para estancias en Benidorm… y cuando tenga ya todo se pase usted por la agencia de viajes.
-Caramba con la jubilación -exclamé a punto de congelarme pese al brandy-, y eso que no le preguntaste por los Paradores de Turismo…
-Uy, para qué quieres más. Y que si usted tiene pareja. ¡Cómo pareja! -le digo esta vez a una chica-, yo tengo a mi señora que se llama Esperanza. Porque se ve que en esos saraos hay de todo, tú ya me entiendes… unos líos de padre y muy señor mío.
-Qué barbaridad, ni que fuera aquello las Cortes Generales -exclamé llamando a Vladimiro-. Bueno, y finalmente, ¿qué has hecho?
-Nada, lo mejor es no hacer nada. Lo mejor, querido Diego, es que disfrutemos de esta tarde serena, bebamos café y copa y yo me fume un puro. Mañana mismo me voy con Espe al Corte Inglés y que nos organicen un viajecito para mayores sin tanta complicación.
Qué razón tiene mi amigo Adolfo. Porque siempre nos quedarán el Corte Inglés y el ¡Hola!, aunque no sé si ya el ¡Hola! y El Corte Inglés son como antes…

