
«La oscuridad de la noche parecía no tener fin, hasta que por una pequeña fisura de la persiana penetró débilmente un pequeño rayo de luz»
Los rojizos números del despertador marcaban las tres de la madrugada cuando algo me desveló sobresaltándome. En medio de la penumbra pude distinguir una figura negra con forma humana, cubierta con un sombrero. Angustiado, traté de incorporarme preso de un pánico irracional, pero algo me impedía realizar cualquier tipo de movimiento. El corazón martilleaba sobre mi pecho como si quisiera perforarlo, apenas podía coger aire en mis pulmones y la ropa, envuelta en un sudor gélido, hacía que se pegara a mi piel.
Entre tanto, allí continuaba aquella silueta inmóvil. La oscuridad de la noche parecía no tener fin, hasta que por una pequeña fisura de la persiana penetró débilmente un pequeño rayo de luz. Vacilante, y con la angustia acumulada de la noche, no dejaba de mirar con extrañeza a mi alrededor, hasta fijar la vista en un punto concreto, sobresaltándome al descubrir el perchero de mi habitación, donde colgaban varias prendas oscuras y un sombrero negro en la parte superior.
(© 2025 Manuel Sanz Real)

