
«Ser previsor es necesario y hacer planes entra dentro de la lógica humana. El problema surge cuando el plan devora a la vida»
Recuerdo que, siendo más joven, le dije a un amigo mayor que yo: «La vida es eso que pasa mientras hacemos planes». No quiero que nadie me malinterprete; no se trata de vivir un carpe diem irresponsable olvidándose del mañana. Ser previsor es necesario y hacer planes entra dentro de la lógica humana. El problema surge cuando el plan devora a la vida.
Muchos de nosotros —y gran parte de la sociedad actual— hemos caído en una trampa circular. La vida resulta cada vez más cara en España, con una inflación por las nubes y una vivienda inasequible que retrasa la independencia de nuestros hijos y convierte la natalidad en un «lujo» imposible. Las nuevas familias, sin capacidad de ahorro, destinan un sueldo a la hipoteca y otro a sobrevivir, congelando el relevo generacional mientras nuestros jóvenes emigran buscando un futuro que aquí se les niega o se camufla bajo estadísticas de empleo que no contabilizan la realidad de los fijos-discontinuos y eventuales.
Sin darnos cuenta, el elogio de antaño, «eres un máquina», ha mutado en una condena. Hoy, ser un «máquina» es una autoexigencia de supervivencia: en el sector privado, en las PYMES y autónomos, si no eres un máquina estás abocado al fracaso. Hemos normalizado la carencia de vida durante veinte días al mes, trasladando las preocupaciones laborales a la cena familiar y viviendo solo para el fin de semana. Mientras, la conciliación real parece un privilegio exclusivo del sector público, lejos del alcance de quienes sostienen el tejido productivo a base de renuncias personales y una presión fiscal asfixiante.
Pero la tragedia cobra tintes mayores cuando esos «máquinas» nos acercamos a la edad de jubilación. Ahora que nos aproximábamos a esa soñada dolce vita por la que tanto trabajamos, el horizonte se oscurece. ¿Qué sentido tiene elevar la edad de jubilación si no es por una razón estrictamente económica ante un sistema fallido? La realidad no es ajena a nadie: la Seguridad Social bordea la «quiebra técnica».
Y duele ver cómo, mientras el sistema de pensiones tiembla, el Estado parece malgastar su presupuesto en 17 «reinos de taifas» con duplicidades innecesarias, o cómo el presupuesto se desangra en ayudas a una inmigración descontrolada mientras el contribuyente de toda la vida se siente desamparado. A esto se suma la decepción política: los dos grandes partidos nacionales forman alianza en Bruselas, votando de la mano propuestas que asfixian a nuestro rico sector primario, poniendo en peligro nuestra agricultura, ganadería y pesca.
Y frente a todo esto, lo que más me indigna es el silencio cómplice de los principales sindicatos, claramente alineados con los partidos de izquierda, cuando, tanto UGT y CC.OO, plantaron cuatro huelgas generales contra los gobiernos del presidente socialista Felipe González por mucho menos que ahora. Me indigna el adormilamiento de la sociedad española frente al corrupto gobierno Frankenstein de Pedro Sánchez, colonizador de las instituciones principales del Estado hasta el punto de querer controlar a los jueces mediante su famosa «lawfare» y amparando la extralimitación de competencias de la máxima instancia judicial española, el Tribunal Supremo, por parte del Tribunal Constitucional, cuyo presidente, Cándido Conde-Pumpido —nombrado «ad hoc» por el gobierno de Sánchez—, ha permitido traspasar el umbral de competencias revisando sentencias del Supremo. ¿Es este el nuevo contrato social español? ¿Rendir, pagar y callar? ¡Pan y circo, señores!
Visto lo visto, uno llega a una conclusión aritmética escalofriante: si el Estado tuviera que devolvernos —en caso de impago de pensiones— todo el dinero que nuestra generación ha pagado religiosamente mediante cuotas a la Seguridad Social, España entraría en quiebra absoluta.
Y cuando nos damos cuenta de todo esto —del engaño del sistema y de nuestra propia autoexplotación—, suele ser demasiado tarde. Muchos no caemos en la cuenta hasta que la salud se debilita y nos pasa factura. Porque, a fin de cuentas, no somos máquinas, somos seres humanos. Las piezas de las máquinas tienen repuestos. Pero cuando un día tu corazón enferma a causa de forzar la «máquina», o cuando perdemos a un ser querido, o vemos a nuestros padres en sus postrimerías, caemos en la cuenta de nuestro error existencial.
Miramos hacia atrás y vemos el pasado como un escenario vacío, hueco de vivencias reales. Soñábamos equivocadamente con vivir esa dolce vita en un futuro que ahora es incierto, cometiendo el mayor pecado de todos: olvidar el presente. Porque hoy se lleva ser un máquina, todo es rendir… hasta rendirse y caer rendido.

