Dédalo advierte a su hijo. Por Diego Pardos 

Dédalo advierte a su hijo. Fragmento del dibujo de Antonio Mingote titulado «El Minotauro» para ilustrar el libro con texto de José Antonio Marina «Historia de la pintura» (Espasa, 2010). Fotografía del autor,

 «La soberbia del hombre encuentra a menudo un enemigo a su altura, que acaba por vencerlo»

En el libro de la asignatura de latín de segundo de bachillerato leí la fascinante historia del mito griego de Ícaro. Minos, el rey de Creta, mandó construir un laberinto para encerrar en él al minotauro. El arquitecto fue Dédalo, que debido a la sospecha de que el laberinto no era del todo seguro fue castigado junto a su hijo Ícaro a permanecer encerrado en él. ¿Cómo escapar? El ingenio de Dédalo pudo fabricar unas alas con plumas de ave y cera de abeja, con las que se elevarían por los aires y saltarían los muros. El grupo musical Presuntos Implicados, con la gran vocalista Soledad Giménez, compuso una canción tomando nota de la desgracia de Ícaro para así volar “bajito a ras del suelo” como un “pequeño gorrión” que abandona su nido. 

 

Porque Ícaro, no teniendo en cuenta las advertencias del padre, se elevó muy alto hacia el sol, que derritió la cera de las alas. Debió de ser una sensación de plenitud y libertad contemplar la isla a vista de pájaro… pero esa imprudencia le costó la vida, cayendo al mar. 

 

Hace unos días contaba Israel Viana en el ABC la historia del científico rondeño Abbás Ibn Firnás, que ya en el siglo IX se lanzó por dos veces con unos artilugios que semejaban alas, la primera desde una colina, la segunda, y ya con una tecnología más afinada, desde una torre de Córdoba, consiguiendo planear durante un tiempo indeterminado, sujeto a la veracidad de los testigos. Las caídas fueron algo accidentadas, pero salvó su -desde entonces- magullada vida. 

 

Contiene la historia de la hybris del hombre un número infinito de estos episodios que lo definen. El descarrilamiento de los trenes de Adamuz, que ha causado la muerte de 45 personas, nos hace reflexionar desde la pena y el dolor, en lo efímero de la vida y lo inseguro de la obra humana. Lo que hace unos días producía asombro y sospecha por la novedad, pasada ésta ya merece nuestra confianza y deriva en normalidad. El progreso parece cosa sin fin, y toda deriva o vuelta atrás, a usos y costumbres de anteayer mismo, es sometido a burla. 

 

Ciudades sepultadas por la lava del volcán o destruidas por las bombas, que además de las pérdidas humanas han llevado consigo la propia del patrimonio y del arte; grandes barcos, símbolos del lujo, prodigio de la ingeniería naval, se han estrellado contra montañas de hielo; aviones pilotados por desalmados han impactado contra grandes rascacielos, llevando la zozobra a miles de familias y el miedo y la incertidumbre a toda una nación; apagones que pueden dejar un país sin energía eléctrica, paralizando nuestro estilo de vida y mostrando una población menesterosa y débil… Son ejemplos que todos podemos reconocer y que ponen en evidencia nuestra debilidad. La soberbia del hombre encuentra a menudo un enemigo a su altura, que acaba por vencerlo. 

 

En unas sociedades cambiantes (ocio, negocios, relaciones familiares…) y en un país como España hemos conseguido viajar y desplazarnos en poco tiempo a lugares distantes. Hasta hace poco, la inquietud principal era llegar a tiempo a esa reunión o a la cita con la persona querida. Ir a la velocidad del rayo. Visitar el Museo del Prado y regresar a dormir a Barcelona. Pero poco a poco se perdieron las certezas: retrasos, paradas en mitad de la nada, oscuridad; no devuelven ya el dinero del billete de tren; hay pequeños incidentes; suben los precios; tiemblan los vagones. Aun así seguimos confiando, porque el ferrocarril -nos dicen- es el orgullo de España. 

 

 Dédalo fue un gran arquitecto, un buen físico, el mismísimo rey de Creta confió en él. Sabía que las prótesis de su invención cumplirían con su función pero que expuestas a cierta altura, no permitirían desafiar al sol, y por ello advirtió a su hijo. Aun así era posible volar, como Ícaro, y levantar un poco más la vista también. Pero salir del laberinto, no sólo con cera en las alas sino también en los oídos, sirve unas veces venturosas para evitar los cantos de las sirenas y otras, fatales, para que usemos nuestras alas de pluma y hallar la propia muerte. 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

Artículos recomendados

Deja un comentario