A todos los ferroviarios, con gratitud silenciosa.
En estos días en los que la tragedia ha azotado nuestra querida España, quiero compartir esta breve narración escrita por Enrique del Pino.
Málaga, 2026

El tren que nunca tuvo un retraso
I
Buenos botos de Valverde según testimonio de treinta y ocho artesanos de horma serraniega, calzón o calzones de pana de canutillo ancho, enredaderas aparte, huidos los bajos embozando las piernas como Dios y las hembras mandan, para faldar por la plaza; camisa de franela albaricoque con entrantes, bolsillos y charreteras a lo “che”, cinturón de piel de bóvido, hebilla trapecio y otras cosas, armas de doble filo en la guerra y en la paz; cazadora a tono, con cremallera funicular, inventada para llevar el resuello siempre arriba en las mañanas de maldita sea su madre. Y gorra con viserilla lenguetona como una burla o un desafío. Así y no de otra manera apareció demóstenes Ferrero en el cuartillo de la estación de La Famosa a las cuatro y media de la madrugada de aquel día 24 de enero, como siempre había sido.
Y como siempre, desde que el cornilargo Malaspulgas le enseñara los pitones en la novillada de Nerva, un año hacía más o menos, allí estaba Pancracio Lorenzo más que enfundado, escondido en el monstruoso chaquetón de pana con cuello de conejo que le llegara la mañana de Reyes vía Genoveva, la buenísima (por esplendorosa) chacha de los Cañizares, a tenor de que hombreras y faldones hubieran perdido la prestancia correspondiente a tan lustroso apellido.
Olía a carbonilla y sonaba la caldera del Campillero como si a que lat armándose para una fiesta. Por lo demás, el cuartillo estaba más frío que la pata de Perico, personaje que dicen en mi tierra, asumió los honores de la tiesura para siempre jamás. Pues si el frío en La Famosa era para apostar, que no es invento mío, la gelidez de semblante del Demóstenes era cosa histórica por los muchos grados bajo cero a que latían sus fibras, especialmente las coronarias y demás anexas a las válvulas motoras de su corazón.
Nunca, nunca había aceptado como posible que llegaría a amanecer a quella mañana de invierno en la sierra por mucho que su filosofía de lo inevitable martilleara sus sienes desde que le alcanzó la noticia. Quería al paisaje, y lo quería como a las niñas de sus ojuelos negruzcos y tiznados, desde que cuarenta años atrás oliera su retama por primera vez. Y en el paisaje, a pesar del pasmo de Pancracio, entraba el entrañable Campaniillero, todo hierro y hollín, madera casi quemada y fatiguitas a la vista sin necesidad de demostraciones.
Pero había amanecido. Y él también. Y los dos se habían quedado mudos ante el espejo, porque no conocían conversación más serena que aquella de todos los días, agua, café y pan untado de aceite dentro; y viento, lluvia y frío afuera. Y andando el camino hasta La famosa con una suerte de pensamientos ignorados que nadie sabrá nunca, ni yo que le pregunté, en que reinaban.
Pues, señor, había aterrizado el Ferrero en el destartalado cuartillo con tanta pena que la mirada de pastor solitario que el lorenzo le echó nada más pisar el terrizo solo sirvió para avivársela y forzarle a soltar un filípico galipo que fue a dar en el diedro del enrejado donde desde tiempos inmemoriales había estado la ventanilla a través de la cual se expendían los billetes y Salcedo contemplaba la parcela de universo que le había sido asignada. Lorenzo, como si le hubiera dado en mitad del entrecejo, se rebulló en el sayo y derramó una mirada por el bocadillo (aproximadamente del tamaño de la pata de un toro, atesorado en una bolsa de plástico, a su lado, como buen escudero) que estaba destinado a socorrer su siempre menesteroso estómago. Satisfecho de haber quedado él y su vianda lejos de tan tempraneras iras, se dedicó al buen oficio de opinar que no era para tanto, por mucho que el Demóstenes lo sintiera, emparejar el fin de un servicio con el de su vida, que el mundo seguía por más que Campillero se parara y que a sus buenos y sabrosos años estaba en paraje de empezar a disfrutar todo lo que desde hacía doce meses venía contándole. Y anotado estos juicios en sus entendederas, los firmó y los rubricó estirazando las partes de su cuerpo al máximo de sus plenitudes.
Indujo a Ferrero el pasar al otro lado dela celosía el paquete de cigarrillos que Salcedo olvidaba habitualmente sobre su mesa y allá que fue con la taimada intención de fumarse el más sentenciado. Lo hizo, sin pronunciar palabra, y además encajó sus huesos en la butaca mientras se retrepaba, extendía y plantaba sus bien calzados pies sobre el hule, inclinaba la gorra y lanzaba el humo a la manera de Campillero, densamente y sin importarle el natural del aire que lo recibía. Así estuvo hasta que el Girod del murete apuntó al alba nada menos que cinco veces.
Fue entonces cuando pancracio Lorenzo se levantó y gritó a través de la madera:
- Se acerca el momento, jefe.
- No estoy para bromas, eh, así que cuidado. No tiene ninguna gracia lo que está pasando y si me preocupo del asunto no es por mí, sino por toda esa gente porque ¿qué va a pasar ahora? ¿Quieren decirme lo que va a pasar ahora? Muchos de ellos no tienen coche y aunque lo tengan, ¿sabes a cuánto está la gasolina? Esto es lo peor que puede pasarle a la sierra: Estos montes, estos árboles, estos ríos no son nada sin Campillero, lo dice todo el mundo. Y en las minas no se puede ganar un duro si no es penando en Valverde, en Zalamea, en Calañas, en Nerva. Pero, además…”
- Todavía no está aquí Salcedo, todavía hay esperanzas. Mira que si viniera con el derogatorio.
Estaba viéndose en el retrato chuchumío, junto a la gente de La famosa, aquel día de verano en que estuvo allí el ministro ¿Entonces sí que Campillero resopló como un búfalo!
- Esto ya no tiene arreglo, se lo digo yo.
- A ver qué trae Salcedo
- ¡Qué va a traer! Una cara de sueño que no podrá con ella.
- Bueno, a pesar de todo esperaremos.
- No queda otro remedio.
- Eh.. ¿Dónde está Julio?
Y Salcedo llegó casi con el eco de su última palabra como había anunciado: convertido en la figuración de un sueño, tambaleante como una peonza y oliendo a aguardiente hasta en los forros de su pelliza.
- Nunca me acostumbraré a levantarme a esta hora – dijo a la manera de un buenos días, mientras cruzaba el cuartillo como un perseguido y se plantaba en el despacho sin que Demóstenes tuviera tiempo para esconder sus pies. Y añadió: – Menos mal que Julio ha nacido para vivir de noche, eh…¿Dónde está Julio? ¿Qué pasa con la máquina? ¿Hay algún problema? Ya, ya lo sé, estás triste, Toni, no lo puedes ocultar. Pero todo llega en esta vida, eso se aprende muy bien en las vías.
- ¿Hay alguna noticia? -se interesó dejándole el sitio.
- ¿Qué?
- Alguna llamada, algún telegrama – dijo telegrama cargando una buena dosis de amargura sobre la e: teléééééégrama.
- Nada de eso; lo que hay es mucho frío, un día de perros.
- Pero…, ¿y el subdirector? Dijiste que hablarías con él.
- Le escribí una carta.
- Yo le hubiera llamado por teléfono; en fin ¿qué te dice?
- Mira Toni, si RENFE tomó aquella decisión no puede cambiarla ahora porque reciba una carta mía hablándole de tus sentimientos. Esto es algo muy serio.
- ¿Y yo? ¿No es algo muy serio que me quiten a Campillero así, e la noche a la mañana? ¿Qué me dejen como me van a dejar?
- Te espera un destino en Huelva, ¿qué más quieres?
- Quiero mi tren, que me lo dejen, que no lo desguacen. Eso es lo que yo quiero.
- No puede ser.
- Eso te han dicho, ¿no?
- Sí.
- Ni siquiera han tenido en cuenta mi ejemplo, ya lo sé. Vale más un puñado de millones en hierro retorcido.
- Nada de eso. Nadie en la central olvida tus méritos pero un servicio es un servicio y tiene que ser útil. Si deja de serlo…
- Se acaba con el de un manotazo – atajó Demóstenes – Sólo basta una firma.
Salcedo pasó los dedos por las cejas con ánimo de abandonar resueltamente su soñalera.
- Ya no tiene sentido lo que estamos hablando, Toni, y te aconsejo que te vayas a la máquina. Que os vayáis los dos, y dile a Julio que ya estoy aquí.
Entraron los de Los Quejigales, los mineros de La Almorcha y de Ramón Gorría, las hermanas Cassini con el talego de las joyas y el tomo de las deudas, casi en tropel, a cambiar los bonos y a escapar del duende que apretaba como nunca. Pronto se armó la de Guadalete en el cuchitril, y esto, y no el hundimiento del maquinista, aunque parezca mentira, fue lo que terminó de despertar al cano salcedo y aplicarlo a su archisabido quehacer. Mientras tanto, ya caminaban por el andén Ferrero y su auxiliar siguiendo el hilo de Campillero que, ignorante e insensible, calentaba los alientos para su último y definitivo viaje.
Pancracio Lorenzo, cauto y observador como cuando lo de Malaspulgas, no quiso averiguar cuál era el mérito de su jefe cuyo olvido tanto le hacía sufrir en aquel trance; sabía, que en ruta, nada más empezaran a reverdecer los matorrales por las primeras paradinas, cualquier palabra o alusión servirían para ayudarle en sus desahogos. Pero esta vez se equivocó. Demóstenes, parándose en seco junto a la escalerilla de la locomotora, lo cantó como un salmo glorioso:
- ¿Sabes por qué me duele todavía más? Pues porque en veinte años, ¿en veinte años!, Campillero nunca ha llegado con retraso, por eso. Estoy tan orgulloso como él. Ya lo sabes.
II
A las cinco y cuarenta y nueve en punto resopló la máquina por última vez en la estación de la Famosa. Para Salcedo, que excepcionalmente había salido a la puerta para verlo partir, fue como el suspiro santificante que le ponía en la oficina de los jubilados, a su casi medio siglo de lealtades. Para Julio, el pardillo Julio, no significaba más que una vuelta al arado, cosa que por otra parte le venía a parecer una justa añoranza. Nadie más en el andén. Y lleno hasta lo llenable los dos vagones de los mineros, el otro del mineral y el último de la serie, una caja desvencijada que sobrevivía incomprensiblemente en la vía muerta
de La famosa desde que el señor Colón pasó por las cercanías en sus negocios con La Rábida.
Como siempre hacía situó Demóstenes su reloj de pulsera sobre un pivote del mando del “stoker” y dijo con la mayor tranquilidad:
- A las seis en La Paniza; cinco minutos. Veremos a ver como anda hoy Eleuterio con la pata escayolada.
Silbó Campillero de alegría para avivar su calvario y observaron los dos, maquinista y fogonero, que aquella especie que había corrido del frío y sus congelaciones, su acero y su impiedad, eran infundios, que allí sobraba el calor y que por lontananza, muy levemente, empezaban a cundir unos brillos plomizos bastante alentadores.
Sin embargo, Lorenzo, que prometía ser en la vida de todo menos poeta, atinó muy mucho en poner en palabras sus temores al decir:
- Pues creo que va a caer una que ni la del siete en mi tierra.
- ¿La del siete?
- La riá del siete, la de Málaga.
Y entonaron un triquitraque de botones y palancas que sonó muy bien en el habitáculo, si es que sonó, hasta que Demóstenes distinguió a lo lejos el cobertizo de La Paniza y metió el freno después de silbar como estaba mandado.
Como esperaban, a la manera de los paradisleros, escopeta al hombro y vigilante de un minúsculo rebaño, Eleuterio apareció ante ellos convertido en un extraño arlequín, blanco y negro por abajo y hecho un “yeti” por todo lo que no fueran piernas. Nada más parar se acercó:
- Hoy vas de puta madre, Toni; hasta creo que te sobra un minuto.
- Es que tu reloj está descuajaringado, Eleuterio.
- Pues no hablemos más y hazte cargo de este hatajo.
- Solo tengo cinco minutos, ya sabes.
- ¡Son diez borregos!
- Pues hale. Venga, Lorenzo, ayúdale.
Tres minutos y doce segundos contabilizó el maquinista en la operación y aún tuvo tiempo para aceptar y encender el cigarro que le ofreció el furtivo ganadero. Acució el plazo y Campillero reinició rumbosamente su marcha mientras instruía Ferrero a su ayudante.
- No puedo negarle estas cosas, Lorenzo. Ese hombre ha nacido en esta aldea y forma parte de todo esto. No sé lo que va a pasarle cuando nadie le lleve los animales a Calañas. Creo que va a ser su ruina.
- No se va a hundir el mundo, jefe.
- No estoy muy seguro, no estoy muy seguro.
En Umbrales de la Sierra – 6:23 con parada hasta las y media- subieron casi todos los de la mina vieja del Tesorillo y el leguleyo don Onofre con las nóminas, cortejado por todos los bichos vivientes que se hallaban a menos de dos metros. Disfrutó Demóstenes lo que pudo y más desde su balconada charlando con eufrasia, la Araceneña, moza de culo gordo y tetas inverosímiles que hacía las delicias de ciertos gustos serranos. Solicitada y amable, rara era la mañana cuando pasaba Campillero que no acudía al portillo de Umbrales con su cesto repleto de pan de higo, pasas y nueces que vendía a buen precio. Muchos se preguntaban si tanto era el negocio de los frutos secos, como el de enganchar a su brazo tociceño el de alguno de los del tesorillo, quizás el norte y la guía de sus acechanzas de este mundo.
- Ay, Toni, ¡cómo me trata usted desde ahí arriba! – picoteaba ella desde abajo- Si no fuera porque siempre va usted deprisa ya le diría yo, ya lo iba usted a saber.
- Eufrasia, que me voy, a ver mañana…
“Mañana no te veré chiquilla. Ya no te veré nunca más, nunca, y tú tampoco tendrás que venir aquí. Mañana el mundo será distinto”. Y, de pronto, ¡las y media! Allí quedaba Eufrasia punta en blanco, espiada desde las ventanillas por un muestrario de ojos y deseos que vaya usted a saber.
El paso por la casilla de Sebastián Luna, el guarda-nivel del río, les anunció que entraban en las tierras de Cañizares cuando un finísimo aguanieve tiñó de bandas cadmiadas el espacio.
- No se lo decía yo, ¡la que va a caer! Entiendo de nubes como usted entiende de trenes, jefe; stá el cielo que hace pensar y no vamos a tardar mucho en saberlo.
- Bueno, ¿y qué? Este gigantón puede con todo, y vamos bien, ni un minuto más ni un minuto menos.
Pero hablando, hablando, hablando, se habían tragado medio campo de Cañizares y habían llegado al apeadero de Ramón Gorría donde Campillero evacuó no menos de dos docenas de topos en medio de un persistente chispeo, ventoso y agresivo, que tenía todos los visos de convertirse en personaje de la jornada.
Ramón Gorría, por si interesa saber, era un caserón de adobe mitad tasca y mitad refugio, en realidad ninguna de las dos cosas, donde confluían todos los que en cualquier momento pudieran hallarse a menos de medio kilómetro a la redonda. Envuelto en pinos, al pie de un roquero y dando entrada a una vaguada, era el punto cero en el camino de la mina más gastada y de menos porvenir de toda la sierra. A su delante, tomaba curso el sendero que llevaba al cortijo adelgazándose entre las lomas y llevando la mente de los más y el cuerpo de los menos a la desesperación en cuestiones tocantes a la frugalidad de esta vida, su soledad y su sino. Pero no había otro y por allí habían de tomar itinerario los pocos o muchos lugareños dependientes del señorío. Fue por allí, y nunca lo olvidaría, por donde Pancracio Lorenzo vio llegar una mañana a la hermosa Genoveva con su hato de ropa usada, el día que obtuvo el chaquetón (y una mirada de las que dejan huella), aún a riesgo de perecer bajo la férula de Demóstenes, que tuvo que retrasar la salida hasta catorce segundos.
Y de Ramón Gorría, cuando el chispeo empezó a danzar diabólicamente de un lado para otro, a pararse, a inundar la paciencia y las cárcavas, en el momento justo en que el Duward del “stoker” marcaba las 6:48, Campillero salió para Calañas.
- Pues lo que yo te digo va a roma: no hay derecho, no hay derecho por mucho que le esté costando dinero a la compañía – explicaba ferrero mientras se aseguraba del perfecto funcionamiento de la bomba de agua caliente-.
- Un tren como este no es cuestión de dinero sino de voluntad. Esto es pura historia, casi un arte, te lo digo yo. Y yo he leído mucho. El día en que…
- Pero jefe, si Campillero es un cascajo.
- ¿Un cascajo? – repitió el otro en un apunte de mal humor- ¿Es que no cumple con su obligación? ¿Es que alguna vez ha llegado con retraso? ¡Vamos, vamos!
“Bien, está bien, pero fíjese en el cielo. Antes de que lleguemos a Calañas nos habrá caído el aguacero del siglo”. Lo pensó, pero no lo dijo. Se limitó a echar unas paletadas de carbón al hogar y a preguntarse, por primera vez, qué camino tomaría cuando todo se hubiese consumado, si volver a los toros o a Málaga, un rincón de Andalucía que nunca había podido olvidar.
Sin embargo, en contra de sus premoniciones, había cesado de llover. Un vacío espectral se había adueñado de las cañadas repentinamente y no había que ser un experto en el natural de las cosas para calibrar que aquella quietud del campo no era la de las auroras conocidas, tan golosas de trinos y balidos. Algo tenebrosos se cernía sobre la sierra, pero ni demóstenes ni su joven colegiado acertaban a ver qué. Y de ahí el lapso de silencio que siguió y los acompañó hasta el último tramo hasta Calañas.
Veinte minutos de parada, quizás lo necesario para hallar la clave de sus temores. Bajó Ferrero al bar de Pepe Villena a dar pasto a sus jugos con un doble de café y una lata de sardinas, mientras Pancracio le metía mano al tesoro de bocadillo que tanto había custodiado. Afuera, en el andén, el tráfago lo era todo, bajaron los de Los Queijales y subieron los de Rio Tinto, las hermanas Cassini plantaron sus reales y su mercancía en la mismísima estación y aún no pasaban diez minutos cuando el libro de cobros hacía estragos en más de un bolsillo y otras tantas faltriqueras; Juanele, el Sevillano, se ocupaba de aligerar el envío de Eleuterio al tiempo que cargaba las camas del señor Cantalapiedra, el jefe de estación, que había puesto su futuro en la plana Nerva a la vista de las circunstancias.
En esa espera, a cada trique, ferrero sorbía de su café meditabundo cuando pepe Villena le asaltó desde el otro lado de la barra.
- Me he enterado que te destinan a Huelva, Toni. No está mal la cosa.
- No me interesa.
- El mundo está cambiando, ¿no ves la televisión? Un tren como Campillero tiene tan poco que hacer ya… ¿Por qué no te dedicas a otra cosa? Hoy el negocio de los trenes está en decadencia, todo el mundo tiene coche.
Casi se atraganta Demóstenes al oírlo y tuvo que envararse para responder. Por primera vez en la mañana sus pupilas echaron rayos.
- ¡Que todo el mundo tiene coche! ¿Es que los coches pueden acabar con nosotros sin que movamos un dedo por defendernos? ¿Es que no es capaz Campillero de llevar doscientos de una sola vez hasta donde tú le digas? ¡Qué brutalidad! Lo que pasa es que ya no hay paisaje porque estamos acabando con él con tanto destruir – y bajando la voz, como si comprendiera que nada tenía sentido, agregó: Por mi parte, te voy a decir una cosa, nunca perdonaré este crimen.
Quedó perplejo pepe Villena y a no ser porque en ese momento se acercó el cabo Ruíz lobato con la cara cortada y el subfusil bien a la mano, hubiera tardado en salir de su estado. Dijo el guardia civil, a modo de primicia apocalíptica:
- Está nevando en La Almorcha.
- ¿Nevando?
- Granizando. He recibido un cable y si sigue el tiempo así no sé lo que va a pasar.
- Vámonos Lorenzo – ordenó demóstenes, de súbito, como respuesta a un alud de pensamientos.
- Pero si faltan cinco minutos, jefe.
- Es igual, vámonos. Esperaremos en la máquina. Si está nevando como dice el cabo, me temo que vamos a tener que pegarle fuerte.
III
Eran las 7:24 – demóstenes lo constató – cuando, a menos de diez kilómetros de Calañas y su recuerdo, los primeros grumos empezaron a percutir sobre la piel ferruginosa de Campillero. Al principio vino a ser un hermoso y reconfortante espectáculo aquella siembra de alba claridad en la campiña. Para demóstenes, la incipiente nevada tenía ribetes poéticos y si no le fallaba la memoria, hacía por lo menos tres lustros que vio cuajar la última y se regodeó al recordar que hubiera sido la nochebuena de diciembre; la noche en que un paisano acudiera fatigado hasta él con un botellón de sidra y juntos cantaran hasta la extenuación; fue feliz al pensarlo, ni siquiera entonces Campillero llegó tarde a las cornisas de la Almorcha. Así era la vida.
Pero Pancracio Lorenzo no podía tener semejantes recuerdos. Cuando nevara, si es que nevó, él andaba por otros caminos donde la brisa del mar lo condensaba. Ahora, en busca de La Almorcha, lo único cierto es que el campo ya estaba oculto y los árboles entonaban un hermoso rosario de redenciones. La nieve, por lo menos, alcanzaba ya la altura de una cuarta y de seguir subiendo mucho se temía que iba a poner difícil la escalada.
- No se ven los raíles Ferrero, parece como si fuéramos por el mar.
- Deja el mar tranquilo ahora. Campillero sabe muy bien por donde tiene que ir.
- Pero si esto sigue…
- ¡Echa tomate al fogón!
- ¡Adelante!
Sí, adelante con los deseos, pero la mañana tenía sus ideas.
- Hasta el cielo se les pone en contra, chiquillo. Es la naturaleza que no está conforme, ya lo ves. ¡Ánimo Campillero! A las 7: 45 entraremos en el túnel del Santo y saldrás de allí como un obús. ¿Sabes lo que es un obús, Lorenzo? ¿Y una espingarda? ¿Por qué no lees, muchacho?
Y la nieve por los cuarenta, cincuenta, sesenta centímetros, y Campillero quejándose, remoloneándose, echando chispas a la misma velocidad que Pancracio atiborraba su estómago con kilos y kilos de tomate.
- Esto se está poniendo feo, jefe
- ¡Bah!
- Esto va lento, no llegaremos al túnel, se lo digo yo.
- Todavía faltan seis minutos.
- Es igual, no llegaremos.
- ¡Sigue alimentándolo, coño!
- Pare usted el carro, pare…
- ¡Vamos!
Llegaron al túnel. Saludaron al santo, en la hornacina de la entrada, como una bendición, y arremetieron contra el vacío tenebroso enfurecidos y ciegos Estaban a tiempo de remediarlo, de coger carrerilla, de lanzarse contra la nieve amontonada que empezaba a taponar la salida. Y lo consiguieron, Campillero irrumpió otra vez con más bríos que nunca.
Pero ya el metro alzado era un hecho y se dejaba sentir como un valladar para la quejumbrosa locomotora. ¿Y el pundonor? ¿Y el coraje? A medida que la nieve caía menguaban sus fuerzas, se paralizaban sus resortes. Aquello era el final, Lorenzo no dejaba de repetirlo: “No se puede luchar contra las nubes, jefe. Lo que tiene que pasar, pasa siempre. Será mejor que lo comprenda si no quiere morirse de rabia”.
- ¡Calla!
- Si no vamos ni a diez, si se está parando. Nunca he visto tanta nieve junta.
- Pues ya la estás viendo; nos ayuda, tómalo así. Aunque tú no lo entiendas nos está ayudando.
- ¿Ayudando? ¿Ayudarnos así, enterrándonos vivos? Está usted chiflado demóstenes.
Había dicho a diez, pero la verdad es que ya Campillero no podía hendir aquel muro blando y cenagoso y por lo mismo capaz de prensarse hasta en sus últimas moléculas. Bajó el empuje al paso de una reata y momento llegó en que el aire congelado trajo hasta ellos los gritos del pasaje.
- ¡La gente, Lorenzo! Mira a ver qué quiere esa gente.
- ¡Qué va a querer! Saben lo que está pasando.
- ¿Y qué está pasando? ¿Qué nieva, no? ¿Y crees que Campillero se va a venir abajo? Cuando lleguemos al valle ya verás lo que es correr.
- No llegaremos al valle, jefe. Esto se ha parado.
- Todavía no, todavía…
- Se ha parado.
Pateó el bravo maquinista la chapa con sus botos durísimos y asomó la cara al exterior. La blancura era inmensa, total, inefable, solo salpicada por medio centenar de rostros espantados al filo de los vagones. Eran, en su mayoría, los de La Almorcha, que en seguida comprendieron que debían saltar al campo barnizado de armiño. ¡Ellos, que por su sino estaban destinados alas tinieblas! Fue como una fiesta, como la liberación de la sensualidad atrapada durante siglos. Saltaron y bailaron mientras se hundían en el foso que a cada centímetro les acechaba. Y en lo alto, como un tul registrado de bodoques, millones de bolitas lanzadas al vacío como una lluvia de estrellas. Pero pronto se agolparon alrededor de la máquina y sus risas se transformaron en insultos, como si Demóstenes tuviera la culpa de aquella encerrona.
- ¿Dónde estamos, Toni? – preguntó alguien.
Miró el maquinista a lo hondo y dijo:
- En La Garduña, la finca de Saturnino Blanco.
- ¡Y tan blanco!
- La casa está detrás de aquella loma.
- ¡Hay que ir allí! – gritaron – No podemos quedarnos parados mientras la nieve sube.
- ¿Sabéis lo que es andar más de un kilómetro por la nieve? ¡Estáis locos! Coged las piochas y despejaremos las vías.
“Tú nos guiarás, tú nos guiarás, tú nos guiarás…” miró ferrero el reloj del “stoker”, las 8:21 ¡cerca de media hora de retraso!
- Toni, en qué estás pensando!
“Cedera, cederá la nieve, tiene que ceder…Sólo necesito llegar al valle, tengo que llegar a tiempo, a mi hora…¡Tengo que llegar en punto!
-Bueno, ferrero, nosotros nos vamos. Dentro de un rato este cacharro estará enterrado en nieve ¿Qué, vas a venir? ¡Toni ferrero!
– No irá – respondió Lorenzo, mientras recortaba su silueta en el portillo – No abandonará su tren por más que se lo pidáis. Nunca lo abandonará, morirá con él.
– Eso es una locura.
– De acuerdo, el mundo está lleno de locos.
¡Vamos! – gritaron.
La caravana se puso en marcha. Aún tuvo ocasión Pancracio Lorenzo de volverse y abrazar a su jefe, Demóstenes Ferrero, mientras lo intentaba por última vez:
- Crea que lo siento, jefe, pero en Huelva, ¡quién sabe! A lo mejor le dan otra máquina, y eléctrica, como las buenas. Véngase con nosotros. La vida es así, a veces se llega tarde, a veces no se llega nunca.
- No sigas Lorenzo, no sigas y vete antes que la nieve te sepulte a ti también. Ya verás, cuando salga el sol y la derrita, como haré correr a Campillero ¡Ya lo verás!
FIN
Enrique del Pino, 1980.
Este relato fue finalista en el IV Certamen de Narraciones Breves “Antonio Machado” creado y patrocinado por RENFE en 1976.
Susana del Pino
Málaga, 2026

