Conversaciones en el andamio: Señor ten piedad. Por Francisco Gómez Valencia

Señor ten piedad.

«Están convencidos de que, si ellos tuvieran el mando total el fantasma del fascismo del que viven sería un mal recuerdo»

¿Igual se pensaban que no íbamos a rajar sobre esta triste realidad? Pues van listos…

Bienvenidos al último episodio de «Pobres de nosotros (que no somos pobres)«. El escenario: un plató o un podcast, da igual eso sí, con aroma a maría de la buena, esa que te eleva hasta la superioridad moral que atraviesa hasta la pantalla. En los asientos de honor, hoy y por la izquierda moderna, asiste la santísima trinidad del progresismo fatuo y de diseño: Gabriel Rufián, Sarah Santaolalla y Emilio Delgado Orgaz. Un despliegue de daltónicos sociales que ven el mundo en una escala de grises mientras ellos visten de gala intelectual, decididos a explicarnos cómo se vive en el fango sin mancharse sus zapatos de marca.

El espectáculo generalmente es, cuanto menos, digno de un Goya al mejor guion de la categoría; flipadas sin tregua. Pero al ver en esta ocasión a este trío calavera hablar de «cuidar a los desvalidos« de la derecha y la extrema derecha es como poner a Ábalos al frente de una moción de censura contra la corrupción. Esta gentecilla lo hacen con esa parsimonia del que tiene la nevera llena de comida precocinada, batidos prebióticos y bífidus para intentar cagar regularmente, eso sí, con la hipoteca pagada por el contribuyente, permitiéndose el lujo de soltar frases lapidarias sobre la precariedad mientras creen en serio que su mierda huele a rosas.

Gabriel Rufián (el Ceporrito de Gramenet) es el maestro de ceremonias de la frase corta y el tuit largo, y va de galán de telenovela en pose de macarrilla atormentado. Es el epítome del político que ha descubierto que la indignación es un producto de mercado muy rentable. Su visión del mundo es tan simple como la simetría de las  tetas de la otra pues confunde el barrio« con el cantautor. Habla de la clase obrera como si fuera una especie en peligro de extinción que él, en su infinita magnanimidad, ha decidido apadrinar entre votación y votación.

Pero lo más fascinante de este aquelarre de la virtud es su diagnóstico compartido: la culpa de todo lo que pasa en el mundo es que no lo dirigen ellos. Según su lógica aplastante, si España y la izquierda están en peligro es simplemente porque el progresismo aún no ha tenido la lucidez de entregarles las llaves de todo. Se presentan como los mesías que el destino nos ha negado; están convencidos de que, si ellos tuvieran el mando total el fantasma del fascismo del que viven sería un mal recuerdo. Es esa soberbia narcisista del que cree que la realidad es un error de software que solo su intelecto superior puede parchear. Animalito…

A su lado, Emilio Delgado Orgaz, diputado de Más Madrid. Un tontopollas descarado que aporta ese toque de institucionalidad sensual de «moqueta y Twitter de chaqueta blanca«. Delgado, experto en dar lecciones de moralidad desde su escaño, encarna a la perfección al político que vive de la teoría o sea del cuento. Es entrañable ver cómo se le llena la boca de «justicia social« mientras su única preocupación real es que el relato —ese que le mantiene en la nómina pública— no se desmorone ante la cruda realidad de la calle. 

Junto al dúo dinámico…, ¡señoras y señores! Sarah Santaolalla, más conocida hasta por los suyos como la medio tonta medio tetas, para completar uno de los cuadros más esperpénticos sobre la hipocresía y la desvergüenza en la actualidad. 

Los tres, representan esa nueva ola de «opinadores y agitadores profesionales« que han hecho de la vulnerabilidad ajena su parque temático particular. Se miran al ombligo y entre la pelusa ven el centro del universo. Discuten sobre los «olvidados y los vulnerables« sin conocer a ninguno directamente con una ligereza que flipas. Para ellos, el pobre no es una persona con piernas, problemas reales, dolores o síntomas de felicidad pese a ellos, sino un concepto abstracto, una herramienta dialéctica que usar para flagelar al rival político mientras fantasean con un mundo diseñado a su imagen y semejanza.

Lo que esta terna no parece entender es que no son alternativa de nada pues su calibre es como el carajo de un cínife. Son, simple y llanamente, payasetes a sueldo de la política. Su «misión« no es cambiar la realidad, sino comentarla desde una posición de privilegio. Hablan de «favorecer a los de abajo« mientras su círculo social empieza y termina en los despachos donde huele y se reparte el bacalao mediático.

Es un ejercicio de cinismo solo apto para quienes han perdido el contacto con el suelo. Predican una empatía que no practican, porque para ellos los desvalidos son esa gente que huele a sudor y son solo el atrezo necesario para que su discurso brille malamente. Al final, este «sarao cutre« no es más que un pajote mental a nivel colectivo. Se convencen de que el caos global es culpa de nuestra resistencia a ser pastoreados por su infinita sabiduría. Pero la realidad es tozuda: mientras ellos juegan a ser salvadores, la gente sigue lidiando con problemas que estos tres mangutas no podrían ni imaginar. No les quepa la menor duda, nos mandarían fusilar y después se irían a perrear, y cuando hubieran descansado, se mandarían fusilar entre ellos.

¿Y se atreven a hablar de hijos de puta? ¡Vamos hombre!

Feliz día, hoy recordamos a la Beata Jacinta Marto entre otros.

Españazuela a 20 de febrero de 2026.

Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

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