Del salón en el ángulo oscuro: «Fábula y signo». Por Teresita Ávila

                                                                            Nada.

            Al principio

            no vio casi nada. Una

            mancha, creciendo despacio,

             blanca, más blanca, ya cándida.

             ¿Arrebañados corderos?

              ¿Vedijas, copos de lana?

              Eso sería…

               ¡Qué peso se le quitaba!

Pedro Salinas, Fábula y signo
Fábula y signo

«El desastre se sirve en bandeja con una ‘enseñanza taparrabos’ que no cubre las vergüenzas, que no tiene costuras ni hilo para su arreglo»

Las distintas fórmulas con las que nos hemos contado la vida han sido entretejidas con los más diversos materiales. Desde la grandeza que se reveló en las paredes de piedra de Altamira hasta el debut reciente de la inteligencia artificial, la búsqueda de una explicación satisfactoria de lo que somos ha girado en torno a la interpretación del pensamiento, de esa rara cualidad que nos distingue del resto de nuestras especies y, al mismo tiempo que nos eleva, es capaz de producir la mayor incomodidad al situarnos en medio de ese abismo, esa niebla entre el cielo y el infierno. Sé que —salvando las distancias entre el personaje de ficción y la realidad— en no pocas ocasiones me dejo llevar por el ‘exceso melodramático’, como Guy Hamilton —el periodista australiano a quien dio vida Mel Gibson en El año que vivimos peligrosamente.

Sacudirse de golpe esa mirada que no duda en posarse en las costras endurecidas, en el dolor, no sería más que una impostura, un revolverse contra una misma, como el alacrán rodeado de fuego. Y así, a pesar del defecto de forma, habita en la escritura la pregunta primordial por encima de todas las otras, la que Billy Kwan —magistralmente encarnado por Linda Hunt— formula a su nuevo amigo, lleno de esperanza renovada: ¿Qué debemos hacer? No es él quien habla. Es san Juan. Su pequeña figura —la de Billy— se agiganta en la ternura que destila su humanidad. Son tales sus ansias de hacer ver que, en medio del paseo que discurre entre los más olvidados de todos los olvidados insignificantes, aspira a una comunicación plena que sea capaz de dar alcance a los detalles que permanecen ocultos por los velos de los prejuicios, del confort, de nuestra propia importancia. De esa montaña creada, en definitiva, que ha configurado un mundo de desigualdad e infortunio.

«Uno no debe pensar en los problemas de manera global—añade— debe hacer lo que pueda para aliviar las pequeñas miserias que se le presentan cotidianamente».

El signo de los tiempos parece que no reposa en la orilla del heroísmo antiguo. Homero puso las bases de ese ‘evangelio pagano’ que ahonda en cuantas posibilidades se hallan en esa mezcla del barro que somos, en la inteligencia y los músculos, en el deseo, en el compromiso, en la pereza, en la ambición, en el humor y en la impiedad… De su aliento brotaron las memorables figuras que ningún siglo venció. Y ahora, en este mapa al que le faltan pedazos, deambulamos tristes y desterrados, dejándonos arrastrar por personajes que no incitan a ninguna acción que restaure la dignidad perdida. ¿Quién es capaz de saciar la sed? ¿A quién llamar, «hombre, maestro, héroe»[1]? Se ha convertido en infructuosa la búsqueda, hasta ahora, de modelos para emular. Los ídolos tienen pies de lodo —llámense para unos ObamaClinton o Gates y, para otros, lo  sean TrumpBukeleMeloni y Orbán—. Hay algo hueco, falto de contenido que no logra aplacar esa ansia antigua, esa conexión con una verdad íntima que traspasa. Al sumergirme en la lectura de uno de esos artículos providenciales titulado El héroe homérico, de Jorge Machado Obaldía, con mayor evidencia se puede percibir la distancia abismal que nos separa del antes y el ahora. Cómo la sustitución de unos paradigmas que ensanchaban horizontes ha apagado la llama —ya no quedan ni los rescoldos— por culpa de las actuales estrecheces de miras, cobardías múltiples y arrogancias sospechosas. Y de qué forma ha sido creada una religión que no alimenta, buñuelo de viento de nouvelle cuisine«sopinstant» para perezosos que se conforman con el engaño.

El desastre se sirve en bandeja con una ‘enseñanza taparrabos’ que no cubre las vergüenzas, que no tiene costuras ni hilo para su arreglo. Dota de ‘herramientas clic’, perecederas, sin futuro, o posibles víctimas de un apagón imprevisto[2]. A ese triste destino parecemos abocados porque las destrezas, los talentos, serán digitales o no serán[3]. La forzada inserción de contenidos que automatizan los procesos de enseñanza-aprendizaje no es que no tengan encaje, sino que obstaculizan directamente la adquisición de los verdaderos saberes, fruto de la reflexión y el razonamiento. Como una extensión más, como periféricos o máquinas adheridas a la computadora, hibridadas con ella, el modelo humanístico no es que haya ido perdiendo relieve a lo largo de estos años, sino que se ha abaratado ostensiblemente.

Metrópolis. Maria,s transformation (1927)

No hay Chat GPT que pueda llegarle a los pies —ni imitar siquiera— al celebérrimo comienzo de La Ilíada:

Canta, oh, diosa, la cólera del pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves —cumplíase la voluntad de Zeus— desde que se enemistaron el atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles.

Imposible competir. Y vuelvo a la arena, a la batalla siempre que sea necesario. Porque en singular y desigual combate, con armas prestadas, herrumbrosas y antiguas lanzas, se presentaron los héroes cuyas voces aún son ecos, aún no están extinguidas del todo. Y así lo proclama Unamuno en Del sentimiento trágico de la vida«El filósofo es profeta porque es la voz que “clama en el desierto”».

Con tan pobres herramientas en apariencia, en su defensa de la Filosofía, el profesor Andrés Escobar Vázquez [4] apuntala esta idea de la siguiente manera:

«así el filósofo es signo de contradicción y, por tanto, es catalogado de loco —como lo fue Don Quijote— en un contexto cultural condicionado por el cientificismo, un progresismo que linda con el utilitarismo y la secularización de los valores».

El mismo Escobar, escoge una acertada cita del profesor Luis Fernando Fernández extraída de su obra El intelectual: profeta del presente en la que afirma:

«Al transgredir insobornablemente el establecimiento [lo establecido] el intelectual suele ser odiado, produce irritación, aunque él no es un irritado”, y más adelante dice: “Sociedades enteras han odiado al intelectual porque “es incómodo, es aguafiestas, con su manía de estar diciendo no a la injusticia».

No existe reparación posible de un mundo descompuesto, escacharrado adrede, si claudicamos, si convertidos en replicantes sometidos a los algoritmos, al oráculo de una pantalla que vomita los dogmas de unos pocos no logramos percibir quiénes son los que se escapan a las imposiciones arbitrarias, a las piedras del camino. Y por esta causa, motivada por la máxima defensa de la integridad y del valor individual, frente a la expropiación del yo, del pienso, luego existo, hago mías estas palabras halladas en el blog del montevideano Jorge Machado Obaldía:

«No estoy escribiendo para ningún lector, ni siquiera para leerme yo. Escribo para escribirme yo; es un acto de autoconstrucción. Aquí me estoy recuperando, aquí estoy luchando por rescatar pedazos de mí mismo que han quedado adheridos a mesas de operación, a ciertas mujeres, a ciertas ciudades, a las descascaradas y macilentas paredes de mi apartamento montevideano, que ya no volveré a ver, a ciertos paisajes, a ciertas presencias. Sí, lo voy a hacer. Lo voy a lograr. No me fastidien con el estilo ni con la estructura: esto no es una novela, carajo. Me estoy jugando la vida».

(Mario Levrero, Diario de un canalla)

 

NOTAS__________

 

[1] Andrés Escobar Vásquez: El filósofo: hombre, héroe, maestro.

 

[2] Véanse, al respecto, dos fuentes de máxima solvencia. La primera de ellas, Cyber Polygon, es un evento internacional de ciberseguridad destinado a aumentar la ciberresiliencia global. Cuenta con la colaboración de la INTERPOL.

Y la segunda, del WEF, sobre el impacto que un ciberataque podría generar y las estrategias de seguridad cibernética necesarias para frenarlo. Ver vídeo.

https://cyberpolygon.com/

https://www.weforum.org/videos/a-cyber-attack-with-covid-like-characteristics/

 

[3] El dominio de entornos digitales se ha convertido en una prioridad. Como ejemplo, pueden verse los cursos que la Junta de Castilla y León promueve, en el Portal de Educación:

https://www.educa.jcyl.es/profesorado/es/acreditacion_cdd

 

[4] ESCOBAR VÁSQUEZ, Andrés: La Filosofía: Una aventura vital. 2017

Teresita A.

Mi nombre tiene una historia detrás. La culpa no fue del cha-cha-chá -como cantaba Jaime Urrutia- sino de un "accidente burocrático". Nací en Logroño y pasé mi adolescencia en un lugar de cuyo nombre siempre me acordaré. Mis banderas son el humor cervantino y la retranca de Miguel Delibes -a quien tuve el honor de conocer, ya que soy autora de un libro cuya fuente exclusiva es su obra: Fórmulas de tratamiento en la narrativa de Miguel Delibes-. Las vocaciones -al contrario que las casualidades- existen y se persiguen, como los sueños. Y los míos siempre tuvieron en el foco darle a la tecla y escribir. Además, ejerzo como profesora en un instituto vallisoletano.

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1 comentario

  1. Hola:
    Gracias por tu mención a mi pequeño ensayo. Tus reflexiones le aportan valores que, como siempre, el autor desconocía al momento de escribir. Escribir es una actividad miserable: no se tiene idea de qué ecos despierta y muchas veces es solo un silencio sin mapa, una flecha que pocas veces da en la diana.
    Saludos
    J. Machado Obaldía

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