Reconozco que no es nada fácil transformar la anormalidad en la que vivimos en la normalidad que sería deseable alcanzar.
Nicolás Sartorius, La nueva anormalidad

«Solo cabe calificar de anormalidad este letargo, esta anestesia bajo la que se nubla nuestra capacidad de reaccionar ante hechos perversos»
Defiendo con firmeza la necesidad de no quedarnos tan solo en el artículo, en las palabras convenientes; en esa parte que, de alguna manera, pretende absolvernos y restaurar nuestra paz interior. Hay un afán «todista» en mí que bucea en las aguas turbulentas y exige ese compromiso que falta, esa misión que nos cuesta tanto acometer. Al volver la vista atrás, en el breve recorrido que abarca desde 2020 de manera muy obvia, puede decirse que vivimos un año cero entendido como un proceso irreversible. Un antes y un después que se percibe en forma de rápido desarrollo de acontecimientos de todo tipo. Desde el cambio de reglas que rigen el orden internacional que nos mantiene en vilo, hasta la introducción de normas, de conceptos, de formas de pensamiento incluso, que nos han vuelto significativamente peores. En cualquiera de mis escritos pueden leerse las mismas preocupaciones, los mismos puntos sobre las íes que, tozudamente, tejen mi propio relato, tan distante a veces de otros. Aunque también, de forma inesperada, salta la sorpresa en forma de mensaje, y una se siente así acompañada. Y deja de verse como una eremita, un islote, una voz cuyo eco se pierde. Afortunadamente, rebota y regresa, y vuelve a creer en la existencia de una pequeña comunidad de humanos, aunque dispersa, aunque con poco relieve y altavoz. Pero suficiente para configurar un mínimo territorio común que confía en ampliar su espacio, sin violencia.
Porque esto mío de hoy, a pesar de la contundencia de su título, trata de eso: de la lógica del bien frente a la lógica del mal, cuyos efectos devastadores padecemos. Una batalla encarnizada que cuenta con numerosos efectivos humanos y medios para imponerse sin delicadeza, con métodos tan invasivos que colonizan nuestros propios pensamientos [1]. La aceptación de códigos contrarios a la naturaleza acarrea consecuencias. Genera al instante un sentimiento de confusión, de choque de opuestos que —desde una perspectiva íntima, aún no corrompida— se percibe nítida. Sirvan como muestra las arbitrarias medidas que se tomaron en el mencionado año cero, 2020, con una finalidad cuidadosamente diseñada [2], eso sí. Mientras, algunos sectores de la prensa internacional e instituciones nada sospechosas han emitido su veredicto e incluso criticado con seriedad la ineptitud de los gobiernos [3]. Desde luego, como ensayo general de lo que una sociedad, en su conjunto, es capaz de admitir, las imposiciones tuvieron todo el sentido. A partir de entonces, se instalaron el egoísmo y la desconfianza hacia el otro. Y lo que es más penoso, se normalizó la diferencia entre esencial y no esencial, que precipitó la caída de pequeñas empresas y, en consecuencia, condujo a miles de familias vulnerables a la desesperación, a la pobreza [4]. También, de puntillas, supuso la modificación de la Ley de Seguridad Nacional, con referencias explicitas a las políticas sobre transformación digital y transición ecológica. Entonces, me pregunto de qué forma el regreso a la «normalidad» pudo contemplarse sin sonrojo.
La economía, en cuanto supone la manifestación principal de lo social, no es un cabo suelto que se quede ahí, a la espera de su reparación, de providenciales mejoras de este o aquel. Su conexión con las cuestiones éticas es evidente, porque afecta a lo cotidiano y sobre todo repercute en los que más lo necesitan: en la calidad de vida de enfermos crónicos si no tienen las ayudas necesarias. Y, aún peor, consigue modificar la percepción de esencial y no esencial antes mencionada, referida en este caso a quién debe vivir y quién debe sacrificarse [5]. De forma deliberada, el dinero fluye con generosidad a destinos y a bolsillos que nada tienen que ver con la mejora de los nuestros, o de los más vulnerables. Si la nueva normalidad quiso hacerle ver al mundo la necesidad de una transformación para salvar vidas, la obstinada realidad lo desmiente a diario. Y no lo esconden, ya que los datos expuestos son abundantes [6]. Encuentro —como dice Javier Benegas en su artículo El club de los inocentes: la sombra de Münzenberg sobre Europa— «un patrón inquietante», en la cascada de errores que culminan en la asfixia económica y, por ende, de los hogares:
Durante las últimas dos décadas, La Unión Europea ha tomado una serie de decisiones estratégicas cuyas desastrosas consecuencias económicas y geopolíticas no pueden explicarse únicamente por la incompetencia o la ingenuidad. Europa ha socavado su capacidad industrial, ha incentivado una dependencia energética masiva de Rusia y ha transferido buena parte de su capacidad tecnológica y manufacturera a China. Si se toman por separado, cada una de estas decisiones quizá pueden justificarse mediante argumentos técnicos o económicos. Pero contempladas en conjunto, constituyen un patrón inquietante.
Así, inmersos en una batalla cuyos múltiples frentes nos rodean, no tienen nada de insólitas ciertas actuaciones que, por extrañas casualidades —y en fechas de especial trascendencia para los cristianos— debilitan lo mejor de nuestra humanidad de manera ostensible. ¿Cuál es, si no, la forma correcta de calificar la urgencia —según el Ministerio de Sanidad— de acelerar los trámites de la eutanasia [7]?… ¿Acaso la progresiva carencia de medios, de cuidados paliativos, del desmantelamiento, gota a gota, de un modelo otrora ejemplar no se ha convertido en una declaración de intenciones?… Entonces, solo cabe calificar de anormalidad este letargo, esta anestesia bajo la que se nubla nuestra capacidad de reaccionar ante hechos perversos. Y aquí, señalo de una forma concreta a aquellos que, de momento, se ven libres de estas penalidades. De quienes consideran que ni a ellos ni a los suyos nada de esto les roza. Quizá sean, como dice Benegas en su artículo, el instrumento necesario para el triunfo de esa hegemonía totalitaria [8] que termine por aplastarnos a todos.
NOTAS_________
[1] Neurocapitalismo y la potencial pérdida de privacidad de la mente humana
[2] Dr. Anthony Fauci’s Own “Gain-of-Function”
[3] Coronavirus: amenaza económica, respuesta política e implicaciones
Los efectos económicos de las pandemias: un análisis austriaco
[4] Al menos en EEUU un grupo de científicos y epidemiólogos tuvo el sentido moral de advertir sobre las inconsistencias de las medidas impuestas, y anticipar los daños –no solo en materia económica- que iban a causar:
La Declaración del Gran Barrington
[5] En Ficciones abordé la escandalosa falta de respuesta, y de ayudas, a enfermos afectados por diversas patologías.
[6] Dejo los artículos Rocas, islas y Todo modo, que contienen datos sobre cuáles son los intereses reales de los gobiernos en este asunto.
[8] Bajo la estricta disciplina del Comintern, Münzenberg desplegó una estrategia tan silenciosa como disruptiva. En lugar de martillear con la tosca propaganda soviética, tejió un delicado ecosistema de asociaciones culturales, ligas humanitarias y revistas intelectuales que fingían brotar de la espontaneidad de la sociedad civil. Eran causas de una pureza moral incuestionable: el pacifismo, la lucha contra el fascismo, la solidaridad internacional. Sin embargo, tras esa fachada altruista, los hilos conducían invariablemente a Moscú. El objetivo era seducir a periodistas, académicos, artistas, científicos, políticos y, en general, personajes influyentes para que, casi sin notarlo, terminaran trabajando en favor de la hegemonía soviética.
El club de los inocentes: la sombra de Münzenberg sobre Europa
