
«Los ecos de los pasos del ermitaño sobre el gélido suelo y los susurros de las paredes se convirtieron en su única compañía»
El viento aullaba entre las rocas llevando consigo un olor a tierra mojada.
Desde hacía años, el ermitaño se había apartado del mundo civilizado buscando refugio y soledad en una remota cueva.
Los ecos de sus pasos sobre el gélido suelo y los susurros de las paredes se convirtieron en su única compañía. Todo cambió cuando una voz emergió desde las sombras que envolvían la gruta. Fue entonces cuando el ermitaño reconoció la carga que llevaba sobre su atormentada conciencia.
Una madrugada aquella voz le pidió que se acercara, sin dudarlo él obedeció. Lo último que alcanzó a ver, fue como una enorme roca se deslizaba hasta bloquear por completo la boca de la cueva. Su grito desesperado quedó encerrado entre las mismas paredes que durante tanto tiempo le habían acompañado.
@ Manuel Sanz Real

