
«Las Escrituras nos enseñan que la posición jerárquica no garantiza la salvación y que un liderazgo negligente, o impío conlleva a un juicio más estricto»
Durante la última Guerra Civil Española (1936-1939), la Iglesia Católica sufrió una intensa persecución en la zona controlada por los republicanos, persecución marcada por una violencia anticlerical extrema que provocó el martirio y asesinato de miles de miembros del clero y también el saqueo, expolio y destrucción programada del patrimonio histórico religioso. Este fenómeno, con exactitud denominado ‘martirio’ por la propia Iglesia Católica, que ha generado santos y beatos, se vio impulsado por un anticlericalismo exacerbado dentro de las organizaciones del Frente Popular, como el que hoy nos gobierna, incluyendo sectores socialistas, comunistas, separatistas y anarquistas.
El anticlericalismo fue el vínculo común entre las fuerzas de izquierda del Frente Popular que consideraban a la Iglesia como la responsable del atraso de España y aliada de las opresoras clases acomodadas.
No podemos olvidar el preludio del conflicto pues antes de la guerra, ya se habían producido episodios de enorme gravedad que anunciaban las intenciones de las izquierdas, como fue la brutal quema de conventos en 1931 y la violencia de 1934, que anticiparon la intensidad de la represión durante la contienda.
A día de hoy hemos escuchado soflamas al grito de «la iglesia que más iluminación es la que arde». También la llamada escritora Almudena Grandes, premiada con su nombre en la estación de Atocha, fue objeto de lógicas fuertes críticas debidas a la controversia de un artículo de opinión publicado en el diario El País el 24 de noviembre de 2008, titulado «La madre de todas las alegrías» en el contexto de un debate sobre la figura de Sor Maravillas de Jesús y los homenajes a religiosos asesinados en la Guerra Civil. Grandes tuvo el cuajó de escribir… «¿Imaginan el goce que sentiría al caer en manos de una patrulla de milicianos jóvenes, armados y -¡mmm!- sudorosos?»
Sectores socialistas, junto con anarquistas y comunistas, participaron activamente en aquella persecución que hoy se jalea y a la que se muestra simpatía, mostrando a la Iglesia como un enemigo a erradicar para la implantación de un nuevo orden social.
Ante tal situación, la jerarquía eclesiástica española fue protegida gracias al apoyo del bando nacional, sublevado ante tal iniquidad, y liderado por el general Franco, calificándose la guerra como auténtica «Cruzada» para defender la Fe, a la vista de la más que intensa persecución promovida por el bando republicano.
En la actual situación, la cúpula eclesiástica española parece olvidar que la Iglesia fue salvada por el bando Nacional del exterminio programado por el socialismo que según Largo Caballero, a imitación de lo ocurrido en Rusia, aspiraba a convertir España en una república soviética en la que ondease la bandera roja con la hoz y el martillo. Hoy esta figura es reivindicada sin rebozo por socialistas y sindicalistas.
Podemos acudir a varios textos.
En Mateo 23:13-33 (Jesús y los fariseos), Jesús pronuncia severos ayes o quejas contra los líderes religiosos de su época, llamándolos «guías ciegos» e hipócritas, preguntándoles cómo escaparán de la condenación del infierno (Gehena).
En Ezequiel 34:1-10, se lee la profecía contra los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos en lugar de cuidar al rebaño, indicando que Dios les demandará la sangre de las ovejas.
También San Juan Crisóstomo es famoso por su contundente afirmación, aunque a veces citada fuera de contexto, que refleja la severidad del juicio: «No creo que muchos obispos sean salvados, sino que los que perecen son mucho más numerosos».
Es conocida la frase «El camino al infierno está empedrado con las calaveras de los obispos» que a menudo es atribuida de forma errónea tanto a San Juan Crisóstomo como a San Agustín, y que aperece en su mención más antigua registrada por John Wesley (1737), citando una idea común y general sobre el mal clero.
En resumen, las Escrituras nos enseñan que la posición jerárquica no garantiza la salvación y que un liderazgo negligente, impío o buscador de ganancias deshonestas conlleva a un juicio más estricto.

