No me creo nada. Por Diego Pardos

No me creo nada

«Hay dinosaurios que pueden jubilarse a los noventa años, pero han vivido en la pomada del sueldo y el privilegio durante setenta y cinco»

Supongo (que rima con mopongo, empezamos bien) que el recuerdo de cierto episodio televisivo protagonizado por Francisco Umbral ha reverberado gracias al gracioso Broncano quien, en su espacio nocturno (que pagan ustedes, contribuyentes, a precio de sobrina) se sometió a una contraentrevista con la veterana periodista catalana Mercedes Milá. Quien impuso al apuesto “chaval”, millonario como ella pero sin pedigrí, la sentencia absolutoria que ha de recaer en el imputadísimo expresidente del Gobierno don José Luis Rodríguez Zapatero: “No me creo nada”.

 

Tampoco yo me creo que doña Mercedes haya servido a la causa del socialismo desde su privilegiada tribuna pública, extendida a lo largo de décadas interminables, como lo demuestra el recorte del programa “Queremos saber”, emitido por Antena-3 el 20 de abril de 1993 y que se está distribuyendo estos días a propósito del broncojuicio. Esas casi juveniles imágenes demuestran que hay dinosaurios que pueden jubilarse a los noventa años, pero han vivido en la pomada del sueldo y el privilegio durante setenta y cinco. Nada de dar paso a los jóvenes, que una cosa es palpar sus atributos íntimos y otra que le toquen a una las partes pudendas. La vida -la vidorra- se sirve de los jóvenes pero sin los jóvenes.

En ese fragmento de historia de la televisión -historia de España también- podemos ver a un indignado Francisco Umbral al que la Milá invitó para hablar de su libro (“Yo he venido aquí a hablar de mi libro”, se lamentaba introduciendo esa frase gloriosa que ha quedado ya como patrimonio nacional.) y donde finalmente no se habló de su libro titulado “La década roja”, porque por lo visto en su libro se hablaba muy mal de Felipe González y del PSOE y eso estaba muy feo. Total, que en esto de la comunicación y la política, doña Mercè -niña rica- le quitó la piruleta a don Paco, agasajado columnista, escritor de fama y nosecuántos premios pero, al fin y al cabo, pobre de cuna y apellido.

 

Si ustedes observan el corte, la presentadora se vale del público (ay, siempre ese público a favor de parte) para humillar a Umbral, y provocar una situación entre cómica y grotesca digna del peor humor catalán que vino después y del Club de la Comedia del mismo Broncano. Cómo tendremos que echar en falta (y como contraste) esa escena de Norma Duval en “El estado de nación” de Luis del Olmo (Ver “El zapatazo”, en La Paseata, 17 de febrero de 2024).

 

¡Cuánto nos cansa esta gente!, ¡Cuánto nos agota y nos atolondra! Y nos harta y nos atonta. Desde que nacemos nos dan la turra con Miguel Ríos, con la puerta de Alcalá, con que la guerra no nos sea indiferente (ni el bolsillo tampoco), y entre ceja y zeja la escuela pública (para los demás), la sanidad pública (para el vecino), las lenguas locales y las pelis antifranquistas y por si esto no fuera poco, ahora también venimos todos (como Bardem) de un país machista, del que huir, como ha hecho él. A estas alturas del siglo, y anda que no queda, uno puede inventarse cualquier genealogía, pues el bisabuelo carlista yace en tierra, el abuelo falangista en Paracuellos y el padre felipista en el asilo.

 

Ya en 1996 el profesor López Hidalgo, en su estudio “Las columnas del periódico” (Ediciones Libertarias, Madrid) sacaba a colación (calificándolo de “escándalo”) el episodio antedicho de Francisco Umbral con la Milá en su capítulo sobre las nóminas y otros egos relacionados. Umbral no estaba “para hablar de lo que opine el personal” y Mercedes Milá entre estupefacta y encantada del espectáculo no estaba para hablar de ciertos libros. Pero está bien: sólo que unidas a las dos Españas que nos han de helar el corazón hubo otras más que nos hacían sonreír estuviere cada cual en la trinchera que estuviere. El talante no era por lo visto para sentencia Zapatero ni esta señora que conoce a Zapatero, ni siquiera los que cobran de “La Revuelta”. A lo mejor el talante era la minifalda de la Duval, la elocuencia de Antonio Ozores y los monos de Summers asistiendo en el tiempo amarillo al estreno de una película de Fernando Fernán Gómez.

 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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