
«La fe no es seguridad. La fe es confianza. La seguridad consiste en poseer una respuesta; la confianza, en seguir caminando apoyado en alguien sin poseerla»
Aquella tarde caminábamos por la playa de la Flecha del Rompido. El Atlántico se extendía inconmensurable a nuestra derecha; a la izquierda, las marismas comenzaban a llenarse de sombras. El sol descendía lentamente hacia el horizonte y convertía el agua en un espejo de cobre viejo.
A cierta edad uno ya no discute para vencer. Discute para comprender. O quizá para comprobar que siguen existiendo preguntas capaces de resistir el desgaste de los años.
Mi amigo César y yo llevábamos décadas conversando sobre casi todo: política, literatura, historia, ciencia, religión. Habíamos cambiado muchas opiniones; ninguna de las fundamentales.
—Lo que siempre me ha sorprendido de vosotros los creyentes —dijo mientras observaba una bandada de charranes girando sobre la desembocadura del Piedras— es vuestra capacidad para seguir creyendo.
—¿Y eso te sorprende?
—Mucho. El mundo me parece azaroso, a veces indiferente, pero explicable sin necesidad de recurrir a nada sobrenatural.
—Yo diría justamente lo contrario —respondí—. Cuanto más conozco el mundo, más misterioso me parece.
César sonrió.
—Ahí está una de nuestras diferencias. Para ti hay misterios; para mí sólo hay enigmas.
—¿Y cuál es la diferencia?
—Un enigma es algo que todavía no entendemos. Un misterio es algo incomprensible que decidimos no intentar explicar.
—No exactamente. Para mí un misterio no es un problema pendiente de solución. Es una realidad que puede conocerse sin llegar a agotarse nunca.
—Ponme un ejemplo.
Lo miré.
—Tú.
Se echó a reír.
—¿Yo?
—Sí. Te conozco desde hace años y sigo sin comprenderte del todo. Ni tú a mí. Las personas no se resuelven como ecuaciones.
—Eso es porque somos complejos.
—O porque hay dimensiones de la realidad que no están hechas para ser reducidas a una fórmula.
Seguimos avanzando sobre la arena húmeda. El mar tenía aquella respiración pausada de las cosas que existían mucho antes que nosotros y seguirán existiendo cuando ya no quede nadie para contemplarlas.
—Mi problema —dijo al cabo de un rato— es que carezco de sensibilidad para lo sobrenatural. Mi mundo inteligible se parece bastante a una tabla periódica. En ella no aparecen dioses, ni almas, ni espíritus.
—Tampoco aparecen la belleza, la justicia o el amor.
—Eso son experiencias humanas.
—Precisamente.
—No es lo mismo.
—Tal vez no. Pero tampoco deja de ser curioso que las cosas más importantes de nuestra vida sean precisamente las que peor caben en una tabla periódica o en una fórmula matemática.
Guardó silencio unos segundos.
—Las religiones me interesan mucho, más de lo que creen algunos creyentes. Me parecen una de las grandes creaciones humanas. Han producido arte, símbolos, comunidades, consuelo y literatura. Pero sus respuestas últimas me parecen deseos convertidos en doctrinas. Wishful thinking.
—¿Y la idea de que la muerte es la aniquilación definitiva no podría ser también un dogma?
—No. Es simplemente la hipótesis más razonable.
—¿La más razonable o la más cómoda?
—¿Cómoda? ¿Te parece cómoda la desaparición absoluta?
—A veces sí. Un universo sin juicio, sin responsabilidad última y sin trascendencia también tiene sus ventajas.
—Siempre encuentras una puerta de salida.
—Y tú siempre intentas cerrarla.
Las últimas luces comenzaban a dorar las dunas. A lo lejos, un pescador recogía lentamente sus aparejos.
—La verdad —continuó César— es que nunca he conseguido entender vuestra confianza en que exista algo más allá de la materia.
—Yo tampoco estoy seguro.
Se volvió sorprendido.
—¿Cómo que no?
—La fe no es seguridad. La fe es confianza. La seguridad consiste en poseer una respuesta; la confianza, en seguir caminando apoyado en alguien sin poseerla.
Sólo se escuchó durante unos instantes el rumor de las olas.
—Quizá ahí esté la diferencia —dijo—. Yo necesito evidencias.
—Y yo también. Pero incluso si se resolvieran todos los problemas científicos seguirían quedando las preguntas importantes.
—¿Cuáles?
—¿Por qué existe algo en lugar de nada? ¿Por qué la belleza nos conmueve? ¿Por qué el bien nos parece superior al mal? ¿Por qué nos rebelamos contra la muerte si es tan natural como el nacimiento?
—Porque somos animales conscientes.
—Y esa explicación describe el mecanismo. Pero no necesariamente el significado.
Las primeras estrellas comenzaban a aparecer sobre el océano.
—Hay otra cosa que siempre me ha intrigado —dije—. Si Dios es simplemente una ilusión humana, ¿por qué seguimos discutiendo sobre Él después de tantos siglos?
—Porque las ilusiones también tienen consecuencias.
—Puede ser. Pero me llama la atención que cada vez que una sociedad destruye una religión termine fabricando otra.
—¿Te refieres a las ideologías?
—A muchas cosas. Cambian los nombres, pero permanecen los dogmas, las inquisiciones, los herejes, los pecados, las excomuniones y las promesas de redención. A veces la fe que nos hizo ser desaparece; otras, simplemente, cambia a algo mucho peor.
—Eso es una exageración.
—Probablemente.
—Lo admites con demasiada facilidad.
—Es una ventaja de hacerse mayor.
Ambos reímos. Una amistad que ha sobrevivido a tantas hojas de calendario permite decir cosas que en boca de otro sonarían ofensivas.
Llegamos a una zona donde la playa se estrechaba. El mar lamía suavemente la arena y las sombras comenzaban a confundirse unas con otras.
—Hay algo que sí te concedo —dijo César—. No me gustan los nuevos fanatismos. Los encuentro tan dogmáticos como los antiguos.
—Entonces ya compartimos algo.
—Compartimos muchas cosas.
—Pero seguimos sin estar de acuerdo en las fundamentales.
—También eso forma parte de la amistad.
Nos detuvimos a contemplar el horizonte. El sol acababa de desaparecer con un suspiro escarlata y sólo quedaba una franja de luz suspendida entre el cielo y el agua.
—La verdad, querido amigo —dije entonces—, es que estamos en un impasse.
—Eso parece.
—Tú podrías convencerme de tu posición, pero yo no quiero.
—Y yo no podría convencerte de la mía…Pero te encantaría que lo consiguiera.
Nos echamos a reír.
Pensé que, después de tantos años de conversaciones, seguíamos caminando por el mismo sendero: él buscando pruebas suficientes para abrir la puerta; yo convencido de que la puerta ya estaba entreabierta.
Tal vez ninguno de los dos estuviera completamente equivocado. Tal vez la condición humana consista precisamente en eso: en permanecer durante un tiempo junto al umbral de una mansión que intuimos inmensa, discutiendo sobre la luz que se escapa por debajo de la puerta.
Reanudamos la marcha. La noche venía detrás de nosotros. Y delante, invisible, seguía esperando el mar.

