
«Algunos norteamericanos recordarán hoy al celebrar el 4 de Julio de 1776 que, sin las dos victorias españolas sobre Inglaterra de 1741 y 1781 habría sido imposible la independencia de los EEUU»
En honor a la historia algunos norteamericanos recordarán hoy al celebrar el 4 de Julio de 1776 que, sin las dos victorias españolas sobre Inglaterra de 1741 y 1781 habría sido imposible la independencia de los EEUU.
Blas de Lezo en 1741 destrozó la armada británica y sus fuerzas de infantería en América frente a Cartagena de Indias. Cuarenta años después Bernardo de Gálvez hizo lo mismo en Pensacola. Añadiendo a esto el control español sobre el Caribe, se hizo imposible la llegada de refuerzos británicos al campo de batalla de Yorktown donde los ingleses quedaron aislados.
«Con el control español sobre el Caribe, se hizo imposible la llegada de refuerzos británicos al campo de batalla de Yorktown donde los ingleses quedaron aislados»
Es fundamental que la memoria española desmonte con claridad la incomprensible ingratitud americana y en este caso la norteamericana.
La fecha del 4 de julio de 1776 debemos tratarla como una efeméride desde la Hispanidad, aunque resulte una paradoja.
Cada 4 de julio se conmemora la fecha en la que los Estados Unidos de América, nombrados así por primera vez por un español, consagrada como su día de la independencia. Sin embargo, esta celebración encierra, tal como se ha expuesto en el primer párrafo una de las mayores paradojas y falsificación históricas a caballo entre la edad moderna y la contemporánea pues la Declaración de Independencia firmada el 4 de julio de 1776 no se puede considerar más allá de una declaración de intenciones, pues por sí solo no tenía capacidad para hacer efectiva la independencia real de las Trece Colonias británicas.
La verdadera independencia de Estados Unidos no se logró el 4 de julio de 1776, sino como consecuencia de las derrotas infringidas a Inglaterra el 20 de mayo de 1741 en Cartagena de Indias por Blas de Lezo y el virrey Eslava y el 8 de mayo de 1781, cuando las fuerzas españolas comandadas por Bernardo de Gálvez conquistaron Pensacola, eliminando definitivamente la presencia británica del Golfo de México. Estas dos fechas, la primera, que destruyó la fuerza naval británica y la segunda que debería ser recordada como el momento decisivo de la independencia estadounidense, han sido ocultadas de forma deliberada en general en la memoria anglosajona y concretamente en la estadounidense.
Frente al mito fundacional debemos enfrentar la auténtica realidad histórica que nos ofrece una imagen diferente. Es fácil comprender que la construcción del mito del 4 de julio responde exclusivamente a una íntima necesidad y propósito de futuro que no es otro que el de establecer una grandeza basada en una solución autosuficiente que corre un tupido velo sobre lo que en realidad fue, una dependencia absoluta que tuvieron las Trece Colonias de España, pues la realidad es evidente dado que sin las decididas intervenciones españolas, en 1741 y 1781, la primera como autodefensa española y la segunda como ayuda decidida, las colonias británicas habrían sido aplastadas por el poderío militar y naval del imperio británico y el momento de la independencia norteamericana se habría retrasado de forma notable.
Desde 1776, tres años antes de la declaración formal de guerra española a Inglaterra, Carlos III ya había ordenado el envío de ayuda encubierta a los rebeldes norteamericanos. A través de la casa comercial bilbaína Joseph de Gardoqui e hijos, con casa solar en Larrabezúa y Bilbao, España proporcionó 6.150.000 reales de a ocho en efectivo, 216 cañones de bronce, 27 morteros, 30.000 mosquetes, 30.000 bayonetas, 300.000 libras de pólvora, 30.000 uniformes, 32.000 varas de paño, 18.000 mantas y 4.000 tiendas de campaña.

A la saga Gardoqui pertenece el marino José Ramón de Gardoqui y Jaraveitia (1755-1816), participante en 1775 en la expedición contra Argel. En 1779 entra en la escuadra del general Luis de Córdova y en 1780, dentro del marco de la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, toma parte en la Batalla del Cabo de Santa María donde se interceptan dos convoyes ingleses apresando un total de 53 barcos mercantes británicos, lo cual menguó de forma notable las capacidades navales británicas. Recomendado por el general Córdova en persona, José de Gardoqui es ascendido al rango de teniente de fragata según Real Orden del 16 de septiembre de 1781 y en 1782, bajo las órdenes del mismo general, participa en la Batalla del Cabo Espartel contra el almirante inglés Richard Howe.
A partir de 1775 el nombre de Gardoqui & son, o el de Bilboa, sin nombrar a la Casa pero refiriéndose a estos empresarios, comenzó a ser apunte frecuente en The Journal of the Continental Congress. La Casa Gardoqui apareció reiteradamente por otro concepto en dicho Diario desde finales de 1777, como la firma fue elegida por el gobierno español para el traslado de fondos secretos para ayudar a los patriotas norteamericanos, insurgentes desde la visión británica. La elección de esta Casa frente a otras, de más calado y experiencia en asientos, se debió, muy probablemente a la política seguida por el marqués de Floridablanca de elegir, de cara a la ejecución de determinados servicios públicos, más o menos discretos u ocultos, a aquellos comerciantes que tuvieran una previa y demostrada experiencia en el negocio. Con ello se aseguraba la eficiencia, y se aseguraba el mantenimiento del secreto. La Casa Gardoqui cumplía con todos los requisitos y por lo tanto resultó la elegida.
La visión y decisión estrategia española, diseñada por el conde de Floridablanca, consistía en debilitar de forma sistemática la posición británica en América del Norte sin precipitar una confrontación directa de forma prematura. Esta visión geopolítica de largo plazo permitió que España controlara el momento y las condiciones de su entrada directa en la guerra.
En todo caso, es preciso señalar que en 1777 Diego María fue requerido por Floridablanca para que redactara en inglés y firmara una misiva destinada al representante norteamericano en España, Arthur Lee, que acababa de desembarcar en la península ibérica. La carta trataba de persuadirle para que no alcanzara la capital, corriendo el riesgo de ser descubierto por informadores británicos que alertaran al embajador en Madrid de sus intenciones, y con ello poner en riesgo la ayuda española secreta. Gardoqui actuó como intérprete en las conversaciones mantenidas en Burgos entre Lee, que no hablaba español ni francés, y el recién cesado Jerónimo Grimaldi, ex ministro de Estado y embajador en los Estados Pontificios, que no hablaba inglés, pero que había sido expresamente designado por Floridablanca para negociar con los norteamericanos.
En esas reuniones se acordó que España, aun no entrando de forma inmediata en guerra contra Inglaterra, ayudaría materialmente a los insurgentes con dinero en efectivo, préstamos y avales, con los que serían adquiridas las mercancías necesarias, además del privilegio de libre entrada en los puertos de Nueva Orleans y El Caribe. Todo ese tráfico fue desarrollado por la Casa Gardoqui e hijos. En 1779 entraron en Bilbao para los Gardoqui seis barcos con partidas cuantiosas de tabaco de Virginia, de gran calidad.
Lee deseaba y solicitaba expresamente a España dinero a fondo perdido, pero sólo existió un pago de esta naturaleza. Diego de Gardoqui logró convencer a Floridablanca, y luego a Lee, de que el sistema empleado por el Estado de Massachussets resultaba más justo y conveniente para ambas partes. Así, el acuerdo indicó que la nueva nación, en la medida de sus posibilidades, sin prisas ni aprietos, devolvería en especie la parte de ayuda que pudiera.
En 1777 salieron de Cádiz los barcos Tabby, Alexander, Charlotte y Neptuno. Scorpion y La Estrella del Norte lo hicieron en 1778. Abundaron en sus bodegas lonas, telas para uniformes y camisas, mantas, cables, anclas y jarcias. El importe de los géneros enviados en 1777 ascendió a 1.050.000 reales y a 1.800.000 en 1778. En la documentación americana, además de los navíos indicados, figuran entre 1777 y 1780, envíos en Rockingham, George, Lydia, Alexander, Success, John, Wennesly Deal, Lively, Hawck y Nancy, todos ellos remitidos por la Casa Gardoqui e hijos, anotando a Elbridge Gerry como consignatario. La mayoría de esos navíos eran propiedad de antiguos proveedores de la casa bilbaína.
Llegado el momento cuando Carlos III finalmente declaró la guerra a Inglaterra el 21 de junio de 1779, mediante el Tratado de Aranjuez firmado con Francia, España ya tenía perfectamente articulado su estrategia militar consistente en la apertura de diferentes frentes simultáneos con la consiguiente consecuencia de obligar a los británicos a la dispersión de efectivos necesarios para ser concentrados contra los rebeldes.
Con todo esto la figura de Bernardo de Gálvez, en 1781, se nos manifiesta como un verdadero libertador, algo que, por lo que sea, la historiografía anglosajona ha tratado siempre de ocultar o al menos minimizar, pues sus campañas militares desarrolladas en el bajo Mississippi, Mobile y Pensacola no fueron ni mucho menos operaciones secundarias, sino acciones militares decisivas, tácticas y estratégicas que desarmaron el poder británico en Norteamérica.
La toma militar de Pensacola, culminada el 8 de mayo de 1781, puede ser considerada, como queda atestiguada por los propios contemporáneos como la operación militar más brillante de toda aquella Guerra de Independencia. Gálvez, mandando más de 7.800 efectivos procedentes de Cuba, México, Puerto Rico y Santo Domingo, dirigió una operación combinada que demostró la capacidad estratégica del Imperio Español para la proyección de una fuerza militar y naval a escala continental.
El momento cumbre y crítico de esta campaña se produjo cuando Gálvez, ante las reticencias de su componente naval para entrar en la bahía bajo fuego enemigo, embarcó personalmente en el bergantín Galveztown gritando «el que tenga honor y valor, que me siga», acción heroica por la que ganó el lema «YO SOLO» impreso en su escudo de armas, un eslogan, muy al estilo norteamericano, que bien debe quedar impreso en la memoria de ese gran país.
Algo que se ignora u oculta es que España no era un aliado externo y lejano, sino la potencia dominante en Norteamérica desde el Virreinato de Nueva España que por el norte abarcaba los actuales estados de Texas, Nuevo México, Nevada, Colorado, California, Utah, Arizona, Oregón, Washington, y gran parte de Idaho, Montana, Wyoming, Kansas, Oklahoma y el de Louisiana, este último el gran corredor de una mayor dimensión en aquel momento y sin cuya posesión española habría sido imposible el movimiento de las fuerzas patriotas de norte a sur por territorio no hostil.
Esta realidad geográfica desmonta el mito que presenta a las heroicas Trece Colonias enfrentadas en solitario frente al imperio británico. La verdad es que España controlaba las dos terceras partes de lo que hoy son los Estados Unidos, y desde esa posición de fuerza territorial fue cómo se decidió realmente el curso de la guerra y su final definitivo.
Los propios líderes de la independencia norteamericana reconocieron de inmediato la importancia decisiva del apoyo español. George Washington mantuvo correspondencia directa con Bernardo de Gálvez y consideró indispensable la ayuda española para la consecución de la victoria. Durante el desfile de celebración de la independencia, Washington se hizo acompañar por Diego María de Gardoquí y Arriquibar (1735-1798), comerciante, político, diplomático y financiero español, primer Embajador de España en los Estados Unidos (1784-89), Secretario del Consejo de Estado de S.M. don Carlos IV y Superintendente General interino de la Real Hacienda, y el único buque extranjero fondeado en la bahía era el Galveztown. El Galveztown fue un bergantín británico llamado West Florida capturado en combate por la goleta americana Morris en el lago Pontchartrain frente a Nueva Orleans. Oliver Pollock, representante del Congreso americano en la Luisiana española, entregó como regalo el bergantín al gobernador Bernardo de Gálvez como reconocimiento por las acciones emprendidas en el Misisipí contra los ingleses y las conquistas de Manchac, Baton Rouge, Natchez, Mobile y otros puestos militares de la zona. Fue el mismo Pollock el que renombró al bergantín capturado como Galveztown en honor al gobernador y militar español.
El Congreso estadounidense aprobó en 1783 un retrato de Bernardo de Gálvez para el Capitolio en reconocimiento a su contribución, promesa que no se cumplió hasta 2014 gracias al esfuerzo de la malagueña Teresa Valcarce Graciani, cuando Barack Obama finalmente la hizo efectiva y otorgó a Gálvez la ciudadanía honoraria estadounidense. Esta demora de 231 años es símbolo elocuente de la ingratitud sistemática estadounidense hacia España. La pintura, copia de una obra de la época, salida de los pinceles de Mariano Salvador Maella pintor de cámara del Rey, fue encargada y ejecutada por el artista Carlos Monserrate.

La más que evidente ingratitud estadounidense demostrada hacia España no se limitó exclusivamente al olvido histórico, sino que se puso de manifiesto en una traición sistemática y planificada pues nada más consolidada su independencia, desde los Estados Unidos de América se dio inicio a la aplicación de una política expansionista que tenía como objetivo principal la apropiación de los territorios españoles en América del Norte y que desde la Corte española se previó desde un principio, a pesar de lo cual se ofreció la ayuda.
En 1800, España había cedido su territorio de Luisiana a Francia, cuyo líder, Napoleón Bonaparte, aspiraba a establecer un imperio colonial francés en América del Norte. La Compra de Louisiana efectuada en 1803, fue la adquisición por parte de Estados Unidos de un vasto territorio, antes español, a Francia, con el que casi duplicó el tamaño del país. La anexión de Florida en 1819, y posteriormente la guerra contra México (1846-1848) que desembocó en la pérdida de la mitad del territorio mexicano, antes Nueva España, fueron los pasos de un plan deliberado para despojar a España y a sus herederos americanos de sus territorios continentales.

La Doctrina Monroe, proclamada en 1823, representó la culminación de la estrategia estadounidense para expulsar a España de América. Bajo el pretexto de ‘proteger’ a las repúblicas americanas de la intervención europea, Estados Unidos estableció su hegemonía continental y comenzó a implementar lo que posteriormente se conocería como el Destino Manifiesto que sentó las bases para la futura expansión estadounidense y la exclusión de la influencia europea en el continente, conviertiendo a los antiguos territorios españoles como el patio trasero norteamericano, America’s Backyard.
Esta doctrina no era otra cosa que la reformulación del viejo imperialismo británico con ropaje republicano. Estados Unidos se apropió del nombre América para designar exclusivamente su territorio nacional, negando así la americanidad de los pueblos hispanoamericanos y estableciendo las bases ideológicas para su dominación continental. La idea del Destino Manifiesto en Estados Unidos, aunque a menudo se asocia con la expansión territorial del siglo XIX, debe interpretarse como una reformulación moderna del imperialismo británico, pero con características distintivas. Mientras que el imperialismo británico se basaba en el control directo de vastos territorios y poblaciones, el Destino Manifiesto se enfocaba más en la expansión de la influencia, la economía y los valores estadounidenses, a menudo disfrazada de una misión civilizadora y democrática.
La apropiación, no casual, del gentilicio americano por parte de Estados Unidos representa una de las operaciones de ingeniería cultural más exitosas de la historia contemporánea. Al autodenominarse americanos, los estadounidenses no solo se apropiaron de la identidad continental, sino que relegaron a los verdaderos pueblos americanos, en nuestro caso a los hispanoamericanos a la condición excluyente que pasaba a considerarlos extranjeros en su propia tierra. Esta apropiación semántica por parte de los Estados Unidos demuestra la evidencia de un proyecto geopolítico hegemónico continental en el que quedaba justificada la intervención y justificación de la expansión territorial como un derecho natural de los auto denominados como verdaderos americanos y con ello presentar cualquier resistencia hispanoamericana como una intromisión ‘extranjera’ en asuntos americanos de su única y exclusiva incumbencia.
Dentro de esa idea expansionista que proyectaba convertir todo el continente americano en un área de influencia estadounidense, su patio de recreo, era necesaria la eliminación sistemática de la presencia española, convertida en Hispanidad, y la subordinación de las jóvenes repúblicas hispanoamericanas que ha llegado hasta día de hoy. Así la guerra contra México, la intervención en Cuba y Puerto Rico, en Filipinas y las posteriores intervenciones en Centroamérica y el Caribe, fueron los instrumentos mediante los cuales Estados Unidos implementó su proyecto de dominación continental y borrado del pasado hispánico, utilizando precisamente los recursos y la posición geográfica que había obtenido gracias al apoyo de España durante su guerra de independencia frente a Gran Bretaña.
Poco a poco, y no de forma casual, se minimizó y borró el recuerdo de la contribución española a la independencia estadounidense obedeciendo a un proyecto deliberado en el que era fundamental el desarrollo y empleo de la hispanofobia como un elemento intrínseco de la naciente identidad nacional estadounidense. Así esa hispanofobia justificaba la expansión territorial a costa de los pueblos hispanoamericanos pues se erigía como portador de la ‘civilización’ frente al retraso, la torpeza y la barbarie achacada a la Hispanidad. En esa reescritura del pasado, la historiografía anglosajona pasó a magnificar el papel de Francia, representado por Lafayette, mientras minimizaba o ignoraba la contribución española, obedeciendo esa distorsión a los prejuicios elaborados frente a la Hispanidad en la construcción de un mito fundacional heroico y exclusivamente anglosajón y protestante que no reconociera el éxito de la dependencia estadounidense basada en el apoyo decidido de una monarquía católica.
Desde la perspectiva de la Hispanidad, la actitud española hacia la independencia de las Trece Colonias supuso una de las decisiones geopolíticas más desastrosas de la historia moderna que previó desde su inicio pero quizá sin calcular el tremendo alcance que supuso la creación del principal enemigo de la Hispanidad.
Desde el gobierno de Carlos III de España, aunque algo se presumía, no se calcularon las consecuencias finales a largo plazo fruto de la alianza con Francia contra Inglaterra, que inicialmente resultó exitosa, pero que estratégicamente desembocó en el refuerzo de una potencia que utilizaría tanto recursos como la posición geográfica obtenidos gracias a España para finalmente acometer la demolición desde sus cimientos de todo lo que supuso el Imperio Español en América.
La experiencia de la independencia estadounidense nos demuestra la inexistencia de cualquier atisbo de honorable gratitud norteamericana que se ha venido guiando exclusivamente a los largo de su breve historia por sus exclusivos intereses plasmados en las más que evidentes relaciones desequilibradas entre los Estados Unidos y todos los pueblos hispanoamericanos, reducidos a Latinoamérica, y a un mero espacio geográfico previsto desde el siglo XIX para ser dominado y explotado de todas las maneras y de cualquier manera.
Por todo lo expuesto cada 4 de julio de 2025, mientras los Estados Unidos de América celebran una independencia que no habría sido posible sin el esfuerzo humano y económico español, nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre nuestro verdadero pasado común, la importancia de su conocimiento y con ello las lecciones que nos ofrece en concreto a España y en general a los países que comprenden la Hispanidad. De una parte queda demostrado que la generosidad siempre ha resultado una inversión perdida, oculta bajo los mitos fundacionales de los Estados Unidos de América que por un lado han silenciado sus debilidades históricas y por otro han justificado sus ambiciones hegemónicas. Por nuestra parte la Hispanidad, en su conjunto, de un lado y otro del Atlántico y del Pacífico, debe luchar por esclarecer, estudiar y difundir su propia narrativa histórica, centrada en los Valores y los éxitos civilizatorios de la Hispanidad, para con un conocimiento claro dejar de aceptar de forma ignorante las versiones impuestas por la historiografía anglosajona.
Cierto es que el ‘divide y vencerás’, masón y anglo francés, tuvo su éxito en el fraccionamiento geográfico americano convertido en un mosaico de decenas de repúblicas, de todos los tamaños. No nos cabe duda de que si hubieran alcanzado la independencia como naciones los virreinatos españoles, Nueva España, Nueva Granada, Perú y Río de la Plata, automáticamente habrían pasado a ser protagonistas principales en el concierto mundial de naciones, pues contaban con la riqueza material, humana, infraestructura económica y universitaria, y de recursos, algo que no interesó jamás a los Estados Unidos, Francia e Inglaterra. La creación de ese mosaico enfrentado y sin interconexión, privó a las nuevas repúblicas, privadas de su madre, de un intercambio comercial mutuo entre esas nuevas repúblicas, dependiendo de otras metrópolis, con el hecho evidente de que la plata circulante pasó a las arcas británicas como pago por la ayuda o mejor como botín de guerra.
Así podemos llegar a la conclusión final de que cada 4 de julio, fecha de la firma de la declaración de independencia, los Estados Unidos de América no pueden olvidar las fechas, primero la más lejana de 1741 y la más reciente de 1781 fecha de la conquista española de Pensacola, y mediante el control marítimo español se impidió la llegada de ayuda británica facilitando con ello la rendición de las fuerzas terrestres en Yorktown.
La independencia de Estados Unidos no habría sido efectiva ni posible en aquel momento sin el control español del Mississippi y sin la eliminación de la presencia británica en el Golfo de México, además de sin olvidar los millones de pesos duros de plata enviados desdela península y desde La Habana para pagar a las tropas de Washington. Como españoles y como hispanos, debemos abundar en el estudio, cultivo, mantenimiento, defensa y difusión de nuestra herencia que nos obliga a recordar tanto a Lezo como a Gálvez y a tantos silenciados y desconocidos como Miralles o Luis de Unzaga, el primero en utilizar el término Estados Unidos de América en una carta oficial dirigida a George Washington como gobernador de Luisiana.
La historia de la independencia estadounidense es también parte de la historia grandeza y presencia de España en América y de su herencia que es la Hispanidad, tratada de anular bajo el anodino término de Latinoamérica, frente al de Hispanoamérica.
Los EEUU deben ser justos y benéficos con aquellos hombres, legado auténtico de la historia y nuestros héroes de España.

Magnífico recuerdo a aquellas gestas irrepetibles, y a nuestros héroes.
Tienes razon,desafortunadamente,exceptuando st augustine en florida,poco se sabe incluso en USA de la gran herencia española,aunque cada dia se hace un poco mas de hincapié en grandes hazañas hispanas en el occidente americano
Hicieron mucho homenaje atacando Cuba y Filipinas un siglo después. Así de agradecidos son.
Y la captura del doble convoy inglés en 1780, un fuerte golpe logístico y financiero.
Bueno que comente esto,amigo Sr.Crespo,por que muchos nos olvidamos de esta repercusion….