
«Es esa identidad que surge de la Hispania romana que comienza a andar sola de la mano de los godos, la que debemos de reclamar en este siglo XXI»
Hablamos de crisis porque el heredero de Roma, el Imperio de Bizancio, está sometido sufriendo una crisis pavorosa provocado por crisis internas y por las incursiones de la Persia sasánida. En el año 602, el rebelde Focas, miembro de un poderoso clan militar, derrocó al emperador bizantino Flavio Mauricio Novo Tiberio (582-602) y lo asesinó junto a toda su familia convirtiéndose en emperador entre el 602 y 610, dando fin al último miembro de la gloriosa dinastía Justiniana. Focas sería a su vez destronado por Heraclio (610-641) después de ser derrotado en una guerra civil. Cosroes II (590-628) utilizó el golpe de estado como pretexto para invadir los territorios orientales del Imperio Bizantino penetrando hasta el Bósforo frente a Constantinopla y tomando las tierras de la mal llamada Palestina, Siria y Egipto, con la disculpa de vengar a su antiguo aliado. Heraclio logró expulsar a los persas del Asia Menor y penetró dentro de su territorio, derrotándolos definitivamente en 627 en la batalla de Nínive. El rey persa Cosroes II fue asesinado poco después, y se restauró la paz entre los dos agotados imperios.
Sería una terrible guerra de desgaste que se prolongaría durante veinticinco años y que forzaría el colapso del Imperio Bizantino pues a la par ávaros y eslavos atacaron sin descanso al Imperio bizantino. Los ávaros eran jinetes nómadas que dirigían a los eslavos y juntos sitiaron la gran ciudad de Constantinopla en el año 626. Los ávaros utilizaban a los eslavos en primera línea de choque como una ola gigante de soldados. Los eslavos cruzaron el río Danubio que era la frontera natural del imperio y juntos saquearon y ocuparon tierras desde el Peloponeso hasta el Mar Negro. En el verano del año 626, el líder ávaro Kagan formó un ejército enorme de unos 80.000 hombres con los que rodearon las murallas de Constantinopla por tierra y por mar usando pequeñas canoas de madera para transportar guerreros. Finalmente, la poderosa flota bizantina destruyó estas canoas, salvando la ciudad, no así el desastre económico que se cernía sobre el imperio, tierras devastadas, grandes pérdidas humanas, despoblamiento, cosechas perdidas y hambre.
El sentir que invade a Occidente es que parece que el mundo romano va a desaparecer, esa crisis del siglo VII fue tan grave que a lo largo y ancho del Mediterráneo muchos creyeron que llegaba en final de los tiempos, la segunda parusía o venida de Jesucristo y el Juicio Final, con el asedio a Constantinopla y la expansión del islam que hizo perder al imperio las ricas provincias como Egipto, Siria y la alianza con reyes cristianos en la misma Arabia.
Lo que ahora estamos viviendo es continuación o reinicio, como lo queramos llamar, de un movimiento que nació en el siglo VII en las arenas de Arabia, el último capítulo de una historia que se inició con la andadura de un mercader árabe poco escrupuloso obligado a salir por piernas de su ciudad natal y buscar refugio en Medina.
Recordemos que incluso en Arabia, hoy propiedad de una dinastía familiar medieval, hubo reyes cristianos, que por supuesto fueron masacrados. Los cristianos de aquellas lejanas tierras para nosotros son los más antiguos del mundo, se encuentran allí desde los primeros tiempo cuando San Juan les predicó, mucho antes de la aparición del islam, cuando incluso en Arabia había reyes árabes cristianos, la dinastía gasánida, o Bani Gassan, dinastía árabe cristiana, vasalla y aliada del Imperio bizantino cuyos miembros pertenecían a un clan de la tribu árabe Azd, en Yemen del sur y que llegaron hasta el desierto de Siria en el año 250, algo hoy desconocido e impensable, o la dinastía de los lájmidas o lajmíes, menos comúnmente llamados también munadhíridas, de árabes cristianos que vivió en la Mesopotamia, actual Irak meridional, desde el 266 y que tuvo por capital a la ciudad de al-Ḥīra. Actuaron como un «estado tapón» para proteger las fronteras orientales bizantinas de los persas y otras tribus árabes.

En este momento del siglo VII, los judíos de la región del Levante, Siria e Israel, se levantan (613-617) contra los romanos al ver en Cosroes II una reencarnación de Ciro el Grande y con la esperanza de recuperar su autonomía y el control de Jerusalén, pasada a sangre y fuego por los persas (614), pues los judíos vivían oprimidos bajo las estrictas leyes del Imperio Bizantino. Vieron en esta guerra un evento providencial en el que algunos líderes mesiánicos judíos llegaron a proclamar a Cosroes II o a líderes judíos como ungidos, figuras precursoras de la salvación.
Tras la victoria, las reliquias más sagradas del Cristianismo, incluyendo la Vera Cruz, fueron trasladadas a la capital persa de Tesifonte donde el rey Cosroes entregó estas reliquias a su esposa, la reina Shirin, quien era cristiana. Los judíos tomaron el control de Jerusalén ejerciendo una cruel venganza contra la población cristiana de la ciudad. Las fuentes históricas documentan matanzas masivas de cristianos, la destrucción de numerosas iglesias y el robo de reliquias sagradas. Sin embargo, la alianza con los persas no duró para siempre. Al darse cuenta de que los líderes judíos ganaban demasiado poder o al cambiar sus alianzas políticas, Cosroes II expulsó a los judíos de Jerusalén hacia el año 617 y entregó nuevamente el control a los cristianos. Como se ha dicho, el emperador bizantino Heraclio logró reorganizar su ejército, contraatacó y derrotó a los persas en el año 627 y en el año 630, Heraclio entraba triunfalmente en Jerusalén y recuperó la Vera Cruz, tras lo cual castigó duramente a los judíos que habían apoyado la invasión persa.
Esas noticias y la zozobra del fin de los tiempos llegaban hasta Hispania. Esa es la razón por la que Sisebuto, nada más acceder al poder, dicta una serie de leyes muy duras y restrictivas para con los judíos obligando al bautismo forzoso, algo a lo que se opuso radicalmente San Isidoro indicándole que ese no era el camino acertado. Precisamente en el otro extremo San Máximo el Confesor (580-662), secretario y asesor político del propio emperador, hacía lo mismo respecto a las leyes dictadas por Heraclio, quien por edicto de 31 de mayo de 632 ordenó el bautismo forzado de judíos y samaritanos en todo el Imperio bizantino. Máximo argumentó que las conversiones sinceras al Cristianismo no se pueden lograr por medio de la fuerza, la violencia o la coerción, sino únicamente a través de la libre voluntad y la Fe.
Sisebuto, como rey con visión de futuro y perspectiva de conjunto, también ve una oportunidad política de recuperar los territorios ibéricos de la antigua provincia bizantina de Spania, aprovechando el descontento de la población hispanorromana con los altos impuestos bizantinos, por lo que reconquista Málaga (611-615) en una gran campaña militar en la que derrotó al Imperio Romano de Oriente, arrebatándole gran parte de sus territorios en la costa sur de España. Además de Málaga, Sisebuto tomó Medina Sidonia, la llave del estrecho de Gibraltar, y otras poblaciones clave del sur peninsular. Sisebuto crea la primera flota de la Historia de España en el 613 utilizándola en dos misiones clave, la del sur contra los bizantinos y la campaña en el norte ejecutando un ataque sorpresa por mar contra cántabros y vascones, y desembarcando tropas desde sus barcos para combatir a estos pueblos rebeldes. En ese momento solo quedaría un enclave militar bizantino en Algeciras, la Mesopotamenoi citada en los textos del geógrafo Jorge de Chipre junto al Estrecho de Gibraltar, Baleares, Ceuta y un estrecho territorio en Cartagena, Carthago Spartaria.
Sisebuto podría haber culminado la operación de desalojo, pero se detiene por pura humanidad lamentando la sangre derramada. El monarca dejó por escrito su angustia moral sobre la guerra y sus temores ante el juicio divino. En sus cartas dirigidas al gobernador bizantino Cesario (612-621), Sisebuto reflexionó sobre el peso de sus actos. El monarca dejó claras sus dudas en una famosa cita recogida en textos históricos de la época: «Si se producen guerras, si la cruenta espada se ensaña por doquier, ¿qué cuentas, pensadlo, habrá que rendir a Dios por tantos crímenes, por tantas calamidades?».
San Isidoro asegura que fue su sucesor Suintila quien finalmente expulsó a los bizantinos de Hispania, así que necesariamente Sisebuto firmó la paz con Heraclio contando éste, todavía, tal como decimos con algunas posesiones en la Península Ibérica.
Cesáreo habla a Sisebuto de cautivos y de sangre ya derramada, «nam et de nostris vestrisque regionibus multiplicata captivitas orbem pene ignotum implebit». Tras la muerte de Sisebuto, los visigodos terminaron por expulsar a los bizantinos de forma definitiva de la península en el año 625.
Los textos epistolares entre Sisebuto y Cesáreo se conservan en un grupo de documentos llamados Epistolae Wisigothicae. Para demostrar buena voluntad, Cesáreo liberó al obispo visigodo Cecilio de Mentesa, quien había sido capturado por las tropas bizantinas y a cambio, Sisebuto respondió con cartas diplomáticas para lograr un tratado de paz duradero en 616-617, con la intención de no debilitar más a Bizancio que mantenía el frente oriental ante Persia, un imperio no cristiano.

Es prestigio de Sisebuto, como político y como general, recorre Europa, primero como general de su antecesor Gundemaro y ahora como rey guerrero y sabio que empuja a Isidoro a grandes proyectos culturales, a embarcarse en las Etimologías, Etymologiae, en Sobre la Naturaleza de las Cosas, Natura Rerum, la obra cumbre Historia de Hispania, Historia Gothorum, Wandalorum et Sueborum, y la Crónica Universal, un resumen histórico que cuenta la historia desde la creación del mundo hasta su época. Proyectos que significaban una profunda labor de condensación, preservación y reinterpretación del saber antiguo, que ponían de manifiesto el más profundo deseo humano para un pueblo que es el de crear memoria, en este caso de una naciente Hispania, España.
Desde que el hombre piensa, toma conciencia de lo trascendente, quiere dejar huella y crear memoria sobre su paso por la vida. Lo hace en la protohistoria y en el período histórico mediante el arte y la escritura, como es este el caso.
Este proceso lo vemos desde el arte rupestre en Altamira, o en aquellas lejanas culturas sin escritura al otro lado del océano, que mantenían su legado de forma oral trasmitido por generaciones y con un caudal ingente de información que incluye desde las creencias, su asentamiento y viaje por el territorio hasta su asentamiento definitivo, sus enfrentamientos con otros pueblos y sus calamidades. Muchas veces recogían ese torrente informativo sobre planchas de corteza de árbol en las que se grababa una simbología para facilitar el recuerdo, o simplemente empleando el propio terreno a modo de referencia, montañas que se convertían en sagradas y que servían de anclaje para establecer un relato de generaciones pasadas para ser trasladado íntegro a las siguientes generaciones. También tenemos el ejemplo en la escultórica, pintura religiosa occidental y en la iconografía ortodoxa, en la que precisamente no se define el proceso como pintura sino precisamente como ‘escritura’ haciendo comprender que los iconos religiosos y toda la imaginería reflejada en los muros de los templos se corresponden con la escritura de los textos bíblicos y más concretamente los Evangelios ‘en colores’, para un público que al no dominar un alfabeto y su lectura podía conocer la Historia Sagrada a través de las imágenes.
Dicho esto, se puede comprender mejor el proyecto isidoriano en su conjunto, no es ni más ni menos que la evolución de ese concepto, de esa idea que trata de construir una memoria para el futuro, fortalecer una identidad al servicio de una cosmovisión, algo más profundo y que va más allá de una simple celebración de triunfos y de una reafirmación resonante o de autobombo de un monarca concreto, en la sana aspiración de que Hispania fuera la heredera de Roma en Occidente, potencia cultural y política con unos cinco millones de habitantes en algo más de 600.000 kilómetros cuadrados, algo sin parangón en el resto de Europa.
Cuando se piensa en aquellos lejanos reyes se hace erróneamente pensando en violentos, incultos y sobre todo ignorantes personajes ajenos a las relaciones con próximos y alejados territorios.
Sisebuto mantuvo relación epistolar con el reino de los longobardos en la península itálica y su titular Adaloaldo o Adoaldo y a su madre y regente Teodolinda buscando alianza con otros reinos cristianos, arriano en este caso para establecer relaciones pacíficas con el reino longobardo. En la carta les insta a convertirse ellos al catolicismo niceno y a la gens Langobardorum. A través de la misiva podemos comprender el discurso oficial de la monarquía visigoda respecto a su pasado arriano de la gens Gothorum, tanto en el marco político como en el religioso, y observar las coincidencias entre este discurso y el que desarrolla la jerarquía eclesiástica hispana a partir del III Concilio de Toledo (589), que sienta las bases ideológicas de lo que se ha dado en llamar el «reino católico de Toledo» y semilla de España.
Con ello Hispania está sentando las bases de un reino poderoso. Sisebuto y Leovigildo fueron dos reyes clave que quieren un reino fuerte y unido, y para dotarlo de estabilidad política se sirvieron de las armas y la religión, primero tomando todos los territorios peninsulares, conquista a los suevos por parte de Leovigildo, dejando reducida al mínimo la presencia bizantina, permitir la fusión de visigodos e hispanorromanos, impulsar la religión y dotarse de una base científica y cultural grecolatina, al sentirse herederos y copiar el orden del antiguo Imperio Romano.
Busca igualmente la estabilidad anhelando una continuidad dinástica en línea a Leovigildo, y al igual que a éste le sucede Recaredo I (586-601), proyectando su sucesión en su hijo como Recaredo II (621), de brevísimo reinado, pues falleció al poco de su acceso al trono, posiblemente provocado, lo que propició la coronación de un noble destacado de la misma facción en el poder llamado Suintila (621-631), vigésimo quinto rey de los godos, vencedor de los runcones (612) y destacado en la guerra contra los bizantinos (614–615). Suintila y Riquila fueron dos de los generales más exitosos de Sisebuto que lideraron exitosas campañas militares en el norte peninsular, desde Galicia a Cantabria, que consolidaron el territorio del reino mientras Sisebuto lo hacía en el sur.
Los reyes visigodos buscaban desde su llegada a la península la reclamación como herederos de Roma desde Ataúlfo que se casó con Gala Placidia, princesa romana hermana del emperador Honorio, y juntos fueron los primeros en intentar unir las culturas romana y visigoda. Esa aspiración la vemos en sus titulaciones numismáticas y documentales como la de Flavio, empleada por Sisebuto, asumiendo el rol de heredero de la antigua Roma en Hispania, y empleando los símbolos como la corona cerrada o stemma, de oro, zafiros, granates y perlas de influencia bizantina, el manto de púrpura o paladamentum, manto militar y ceremonial exclusivo de los generales, cónsules y emperadores de la antigua Roma, el cetro de marfil con un globo, y sentado en el trono o solium.

El rey Leovigildo fue el primer monarca hispano-visigodo en usar un cetro con un globo y una corona como símbolos de su poder real, elemento que tomó del gran imperio bizantino para mostrar su autoridad a todo el pueblo. El cetro de marfil era un bastón largo que representaba la autoridad y la justicia. Dado que el marfil era un material muy raro y caro mostraba la con ello la riqueza del rey. El globo u orbe de calcedonia era una esfera que simbolizaba el mundo entero, rematado por una cruz, lo que significaba que el rey gobernaba bajo la protección y guía de Dios. En la Antigüedad Tardía y la Edad Media, la calcedonia, tipo de cuarzo y piedra semipreciosa representaba la fuerza, el liderazgo y el buen gobierno, y se utilizaba para tallar sellos, sortijas y los orbes ornamentales del cetro real. El stemma representaba el poder divino del monarca mostrando que solo Dios estaba por encima de él, señalando que no tenía jefes en la Tierra.
En todo ese simbolismo se nos demuestra la intención de recoger y salvar lo mejor de esa herencia grecorromana, adaptarlo y reinterpretarlo a la realidad de Hispania. Labor para la que tiene en ese empeño demostrado a Isidoro de Sevilla que refleja en su Alabanza de España, Laus Hispaniae, introducción a su libro sobre la historia de los reyes godos, elaborada a instancias de Sisebuto como legado y proyecto político de futuro. El texto celebra a España como una tierra rica, hermosa y poderosa, y debemos considerarlo como el primer documento que crea una conciencia e idea de identidad nacional española que culmina la obra de Leovigildo y Recaredo y se convierte en la semilla identitaria a lo largo de la Edad Media.
Es esa identidad que surge de la Hispania romana y se convierte en una Hispania que comienza a andar sola de la mano de los godos, la que debemos de reclamar en este siglo XXI, que nadie nos puede ni debe hurtar ni secuestrar fruto de la ignorancia cortoplacista de la clase política actual.
Por eso los reyes ibéricos serían llamados españoles por los legados pontificios, desde León hasta la marca Hispánica, los términos imperator Hispania o iberico duce se repetirán una y otra vez.
El término latino Imperator totius Hispaniae, Emperador de toda España, fue usado por los reyes de León a partir del siglo X, destacando en ello los Alfonso VI, el Bravo (1065-1109), conocido como Adefonsus Imperator Toletanus Magnificus Triumphator, y Alfonso VII (1126.1157), coronado Imperator totius Hispaniae en la Catedral de León, recibiendo homenaje, entre otros y que se nos oculta, de su cuñado Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona. También Sancho Garcés III el Mayor de Pamplona (990-1035), designado como Rex ibericus, el rey más poderos de su tiempo puede ser considerado como primer rey de España al crear un gran imperio cristiano y unificar las coronas de Navarra, Castilla y Aragón. Sancho el Fuerte, VII de Navarra, que gobernó entre los años 1194 y 1234, que fue ese rey gigante, famoso por medir 2.30 metros, quien rompió las cadenas de los guardias en la famosa Batalla de Las Navas de Tolosa actuó como otro rey de España.
Recordemos la frase de la arenga de Alfonso VIII (1158-1214) el Bueno, de Castilla, dado el 14 de julio de 2012, ante vizcaínos, navarros, aragoneses, castellanos y barceloneses, en las vísperas de la Batalla de las Navas de Tolosa: «Amigos, todos nos somos españoles et entraronnos los moros la tierra por fuerça y conquirieronnosla…».
Todos ellos ni olvidaron ni querían olvidar esa semilla germinada que plantaron dos sabios, un santo, San Isidoro, de la mano un rey, Sisebuto. Sisebuto gracias a sus generales reunifica toda la península excepto dos pequeños enclaves bizantinos en torno a Cartagena y Algeciras.
Sisebuto muerto en 621, se dice primero que, envenenado, en palabras de San Isidoro, fruto de la traición de Suintila, principal sospechoso, su antiguo general y amigo, accede al trono su hijo Recaredo II, falleciendo asesinado igualmente el mismo año que su padre. De hecho, en el año 625, gobernando Suintila, San Isidoro redactó la segunda edición de su obra histórica, en la cual alaba profundamente a Suintila como a un gran gobernante. En el 626, Suintila se ciñó exclusivamente sobre la decisión de asociar al trono a su hijo Ricimiro para establecer su propia dinastía hereditaria, un movimiento político que generó el descontento de parte de la nobleza y marcó el inicio de las intrigas que terminarían causando su propio derrocamiento, aunque inicialmente retoma exitosamente las campañas contra los bizantinos conquistando y arrasando Cartagena en el 625, y San Isidoro en su Historia Gothorum, terminada en el año 624 nos relata que es el primer soberano en poseer la monarquía de toda Hispania «totius Hispaniae infra Oceani fretum monarchiam regni primus idem potitus, quod nulli retro principum est collatum»… desde el océano hasta el estrecho de Gibraltar, desde los Pirineos al océano, formando ya una unidad política, algo que ningún otro príncipe anterior había logrado.
Se acusa a San Isidoro de doble moral pues en la primera versión de su obra, Historia de los Godos, lo alabó como el «padre de los pobres» pues gobernaba con justicia, aunque más tarde, cuando Suintila fue derrocado, San Isidoro eliminó estos elogios de sus escritos históricos. Realmente más que doble moral fue supervivencia y pragmatismo.
Suintila para evitar competidores acaba con Riquila acusándole de traición y se convierte en un tirano tal como diría San Isidoro, pero Sisenando (631-636) se adelantaría para acabar con él desde su puesto como duque de la Septimania, en la Galia Narbonense y gobernada desde Toledo como parte de Hispania, conquistando al frente de un gran ejército la Tarraconense, con ayuda del franco Dagoberto I de Neustria.
Suintila le sale al frente en Zaragoza, pero como tirano todos le abandonan y se rinde ante Sisenando que tenía el compromiso con el rey franco de entregarle como pago el misorium o missorium, una enorme bandeja de 226 kilos de oro y piedras preciosas regalado por el general romano Flavio Aecio al rey visigodo Turismundo por su ayuda en la batalla de los Campos Cataláunicos (451) contra Atila y que los reyes godos guardaron con celo durante siglos como símbolo de poder.
Ese elemento junto con la mesa de Salomón, también formaba parte de su identidad, hecho que revolvió contra Sisenando a los nobles godos, que impidieron su entrega, pagando al franco Dagoberto 200.000 piezas de oro, pero que finalmente durante la invasión árabe sería tomado por los invasores y llevado ante el califa omeya de Damasco, Walid II (743-744). El historiador bizantino Procopio de Cesarea describe la Mesa de Salomón en su obra Historia de las guerras (siglo VI), libro dedicado a la guerra contra los vándalos, relata cómo el general Belisario capturó este tesoro sagrado en Cartago en el año 534 d.C.
Las crónicas árabes describen la famosa Mesa de Salomón, incautada por Tariq en 711, como una joya de oro puro. Relatan que tenía incrustaciones de rubíes, perlas y esmeraldas. Según el cronista Al-Maqqari, sus bordes y sus 365 pies estaban fabricados de esmeralda verde, y poseía un valor incalculable.
Debemos recordar dos fechas toledanas claves. El III Concilio de Toledo celebrado en mayo del 589 d.C. fue una asamblea histórico-religiosa convocada por el rey visigodo Recaredo (586-601). En él se oficializó la conversión de los visigodos del arrianismo al catolicismo, logrando así la unidad religiosa, legislativa y territorial de la península ibérica bajo la monarquía visigoda.
La otra fecha toledana importante fue el 5 de diciembre de 633 en el que el rey Sisenando convoca el IV Concilio de Toledo, concilio que sería dirigido por San Isidoro de Sevilla, constituyendo una asamblea clave para la unidad del reino visigodo. En él se fijó el rito hispánico y se dictó el famoso Canon 75, considerado el primer texto preconstitucional peninsular.
Como antecedentes podemos recordar que Witerico (610) había sido asesinado después de hacer lo propio con Liuva II (603), el gran Sisebuto (621) muerto envenenado, Suintila (631) destronado mediante una sublevación. Todo lo cual refleja un estado de instabilidad y conflicto permanente de enfrentamiento gerracivilista, tan hispánico lamentablemente, ante lo cual San Isidoro, en ese gran proyecto de futuro, busca la concordia y la reconciliación y para ello este gran concilio general que debería sentar unas bases con visión de futuro.
Este histórico concilio reunió a 69 obispos, más los nobles que constituían el Aula Regia, Aula Regis u Officium Palatinum, como máximo órgano consultivo y legislativo que asesoraba al monarca en el gobierno, la justicia y la guerra, buscando la consolidación de un sistema de poder centralizado. Dentro de la estructura del Aula se encontraban, similares a ministerios actuales, los Comites Scanciarum, Conde de las escancías o provisiones, nobles altos funcionarios encargados de la administración de las provisiones, intendencia y despensa de palacio. También los Comes notariorum, Conde de los notarios, jefe de la cancillería real que supervisaba la redacción y archivo de todos los documentos legislativos, reales y administrativos, además de dirigir al cuerpo de notarios y escribas de la Corte. Sin olvidar que en el ámbito territorial de las provincias estaban los duques de provincias en las que se dividía el reino Gallaecia, Tarraconensis, Cartaginensis, Lusitania, Baetica y Narbonensis o Septimania. La provincia Balearica, geográficamente periférica, mantuvo una administración inestable y a menudo dependiente del Imperio Bizantino o bajo un control nominal visigodo hasta su posterior integración. En cuanto a la Hispania Tingitania o Mauritania Tingitana, ubicada en el norte de África, actual Marruecos, esta antigua provincia romana dejó de formar parte del control visigodo estable siglos antes del reinado de Sisenando, tras la caída del poder romano y las incursiones vándalas.
A la vista de los asistentes es fácil comprobar que no se trataba sólo de un concilio teológico sino también político detrás del cual como afirmamos estaba el propio San Isidoro, cuyo proyecto filosófico le llevaba a la definición, necesidad y objetivos del ejercicio del poder y con ello esbozar el cómo debía ser un rey ideal.
Se celebró en la basílica de Santa Leocadia y dejó un legado fundamental a través de sus decretos o cánones, concretamente 75 en los que quedaron sentadas las bases legales y espirituales de la monarquía, destacando por su unidad litúrgica, la defensa del poder real y la unidad religiosa.
Como conclusiones del concilio subrayamos:
Monarquía electiva: Se estableció que el rey sería elegido por los obispos y los magnates del reino.
El juramento sagrado: Se declaró anatema, maldición, a quienes quebrantaran la fidelidad al rey una vez fuera ungido como tal, atentaran contra su vida o usurparan el trono, siendo los responsables excomulgados, presentando al rey como un nuevo Constantino o un nuevo David al igual que fue proclamado como tal Recaredo en el III Concilio. A través de las directrices teológicas, el monarca fue consagrado como el «nuevo David», figura bíblica utilizada para ensalzar su figura como sacrosanto gobernante ungido por Dios y protector de la Iglesia, equiparándose a los reyes del Antiguo Testamento.
«Por lo tanto, cualquier persona entre nosotros o entre todo el pueblo de Hispania, que por cualquier conspiración o deseo haya violado el juramento de su fe, que hizo por el estado de la patria y la preservación del bienestar del rey de los godos, ya sea que temerariamente, haya buscado asesinar al rey, despojar al rey de su poder o haya usurpado el gobierno del reino con pretensiones tiránicas, sea anatema ante la presencia de Dios Padre y los ángeles, y que sea declarado extraño por la Iglesia católica a la cual ha profanado con perjurio».
Límites al poder y primacía de la ley sobre el monarca. Sobre la estabilidad política y legitimación real observemos el Canon LXXV, que cierra y da sentido al concilio, considerado por muchos historiadores como la primera constitución escrita de la península, estableció el carácter electivo del rey y exigió un juramento de fidelidad. Los monarcas se comprometieron a gobernar con justicia y piedad bajo la famosa máxima… Rex eris, si recte facias, si non facias, non eris, es decir «Serás rey si obras rectamente; si no lo haces, no lo serás».
En esta parte del texto, se puede apreciar el reproche al derrocado rey Suintila, aunque había sido alabado por San Isidoro ocho años antes, cuya sentencia de destierro junto con la de su familia se formula en la última parte del canon y que podríamos valorar como la venganza por la muerte de su amigo Sisebuto.
«Para los futuros reyes, promulgamos esta sentencia: Que, si alguno de ellos, en desafío a la reverencia de las leyes, ejerce una dominación arrogante y gobierna mediante crímenes y acciones movidas ya sea por codicia o crueldad, sea condenado por Cristo Señor nuestro con la sentencia de anatema, y sea separado y juzgado por Dios, por haber tratado de obrar mal y de causar perjuicio al reino».
Aunque reinando por derecho divino no sería de carácter absoluto su dominio pues su capacidad de regir será sólo y exclusivamente si lo hace conforme a la ley. Esa idea que sería mantenida y heredada por la monarquía aragonesa en el famoso Juramento de los Fueros de Aragón, que las Cortes Aragonesas y el Justicia de Aragón exigían al monarca antes de asumir el trono, limitando su poder absoluto: «Nos, que somos tanto como vos, pero juntos más que vos, os hacemos Principal, Rey y Señor entre los iguales, con tal que guardéis nuestros fueros y libertades; y si non, non».
En la sesión se adoptaron además de decisiones de tipo religioso clarísimas decisiones políticas, pues el derrocado rey Suintila fue calificado de criminal y se menciona su iniquidad y su enriquecimiento a costa de los pobres. Su suerte fue decidida en el concilio y su hermano Geila también fue desterrado y sus bienes confiscados.
Unificación litúrgica: Se instauró el rito hispánico, también conocido como visigótico o mozárabe, para unificar la fe en todo el territorio. Aunque este IV Concilio de Toledo no consiguió la tan ansiada estabilidad del reino visigodo, cuya caída se produciría menos de un siglo después con la invasión árabe; sí logró unificar la liturgia, dando a todos los hispanos una misma forma de orar y de cantar, siguiendo lo expuesto en el Canon II. Nacía así el Rito Hispánico, este “nuevo” rito, que perduraría mucho más allá del 711, unificando en la Fe a aquellos cristianos que se refugiaron de la invasión musulmana en el norte de la Península Ibérica y a sus hermanos sometidos al imperio del islam.
«Así, pues, que un mismo modo de orar y cantar sea mantenido por nosotros en toda Hispania y la Galia, un único modo en las solemnidades de las misas, uno en los oficios vespertinos y matutinos, y que no haya diferencia alguna en nuestras costumbres eclesiásticas, puesto que estamos unidos por una misma fe y reino; así lo han decretado los antiguos cánones; que cada provincia mantenga una misma costumbre tanto en el canto como en el servicio litúrgico».
También limitaba el poder real para el nombramiento de obispos que deberían ser ratificados por el obispo metropolitano al decir: «Y tampoco será sacerdote aquel a quien no haya elegido ni el clero ni el pueblo de la ciudad propia, ni haya aprobado la autoridad del metropolitano o el asentimiento de los sacerdotes comprovinciales».

Por qué decimos que se trata de una auténtica preconstitución, pues porque una y otra vez a lo largo del Canon LXXV vemos que es Hispania, los pueblos de Hispania, son el sujeto político al que se hace mención una y otra vez, sujeto representado por los nobles y prelados y la ley se dicta con consentimiento de los pueblos de Hispania, pueblo de los godos, en total sinonimia, y lo firma Sisenando como rey de Hispania y de la Galia.
Este canon establece la legitimidad de sucesión al prohibir el uso de la fuerza y las conspiraciones para acceder al trono. Estipuló que el rey debía morir en paz y que su sucesor sería elegido por los magnates y el clero.
«Nadie entre nosotros debe usurpar el reino; nadie debe incitar sediciones entre los ciudadanos; nadie debe maquinar regicidio, sino que, tras fallecer el príncipe en paz, los nobles junto con los obispos formarán un consejo común para designar al sucesor del reino, preservando así la concordia de la unidad entre nosotros y que no surja ninguna división en la patria y la nación a través de la violencia y la ambición».
Condenó severamente la ruptura del juramento sagrado de fidelidad al rey, equiparando la traición al monarca con un pecado contra la divinidad. En cuanto al consentimiento y unidad. El decreto apela a la protección del «pueblo godo» pero menciona de forma global a las gentes unidas de Hispania, buscando borrar divisiones territoriales. El «consentimiento» era el del conjunto de los estamentos dirigentes representados en el concilio, avalando al monarca para garantizar la estabilidad de la patria.
A la vista de lo dicho parece clara la posibilidad de catalogar este texto como un precedente temprano de las cartas magnas y el constitucionalismo en Europa, ya que presenta una suerte de contrato social que limitaba el poder arbitrario y sometía la monarquía a leyes preestablecidas. El carácter excepcional que en la España del siglo VII se atribuyó a este decreto queda resaltado por el hecho de que el V Concilio toledano se ordenó que en todos los concilios que se celebrasen en lo sucesivo fuera preceptiva la lectura de aquel texto, para que su memoria no se perdiera con el paso del tiempo. El canon del IV Concilio toledano se pretendió que fuera la ley fundamental de la Monarquía católica y el texto constitucional por el que los principios doctrinales isidorianos se plasmaban en la realidad política.
Y termino como comencé, remachando que si intentamos hablar del ser y la esencia de España y no hablamos de San Isidoro y de reyes como Leovigildo y Sisebuto, lo haremos sin conocimiento de causa, ignorancia premeditada o maliciosa fruto de un sistema educativo corrupto que viene borrando nuestras raíces, de la mano de una casta política pretenciosa, fundamentalmente ignorante, cortoplacista y presentista de todo color, dispuesta por el poder a atravesar cualquier línea de la mano de los enemigos de España que la quieren demoler. Sólo si crees en este párrafo inicial te animo a seguir. En caso contrario abandona y asciende al disfrazado cadalso de la comodidad y deja caer tu cuello sobre el mullido cojín colocado por los enemigos de España sobre el cepo o tajón y atente a las consecuencias de hacer condenado tu pasado al polvoriento zaquizamí del olvido.
Solo podemos luchar por aquello que amamos, amar aquello que respetamos y respetar aquello que conocemos, por lo que debemos ser inquietos y fundamentar ese amor apasionado tanto en el conocimiento como en la razón.
Ese Amor debe ser responsabilidad e inquietud, y como hablo de inquietud termino con aquella fábula que recordaba Ramiro de Maeztu al hablar de la inconsciencia, la ‘inconciencia’, de poner oídos sordos a las mentiras levantadas contra España y lo español dice: “… El no enterarnos es inconciencia, y la inconciencia es una forma de muerte. Lo característico de la conciencia es la inquietud, la vigilancia constante, la perenne disposición a la defensa. Ser es defenderse. La inquietud no es un accidente del ser sino su esencia misma” como se dice en la antigua fábula latina:
«Érase la Inquietud, que cuando cruzaba un río y vio un terreno arcilloso, cogió un pedazo de tierra y empezó a modelarlo. Mientras reflexionaba en lo que estaba haciendo, se le apareció Júpiter. La Inquietud le pidió que infundiera el espíritu al pedazo de tierra que había modelado. Júpiter lo hizo así de buena gana. Pero como ella pretendía ponerle a la criatura su propio nombre, Júpiter lo prohibió y quiso que llevara el suyo. Mientras disputaba sobre el nombre se levantó la Tierra y pidió que se llamase como ella, ya que le había dado un trozo de su cuerpo. Los disputantes llamaron a Saturno como juez. Y Saturno, que es el tiempo, sentenció justamente: Tú Júpiter, porque le has dado el espíritu, te llevarás su espíritu cuando se muera; tú Tierra, como le has dado el cuerpo, te llevarás el cuerpo; tú, Inquietud, por haberlo modelado, lo poseerás mientras viva. Y como hay disputa sobre el nombre, se llamará “homo”, el hombre, porque de “humus”, tierra negra, está hecho”».
En fin, si no somos inquietos, que debe ser nuestra principal característica como seres humanos, entonces será como si estuviéramos muertos en vida.
