
«Sánchez no escucha la música del maestro Azagra… Y ya planea instalar un piano de cola submarino en Lanzarote, por si las moscas»
El verano en el Palacio de la Moncloa no está siendo cómodo. Por culpa del cambio climático y de los ecologistas franceses el presidente del Gobierno ha decidido prescindir de las comodidades del aire acondicionado. Por ello se encuentra en el salón, en camiseta de tirantes, mientras hojea con desgana el diario El País.
En la salita contigua, el maestro Azagra compone la segunda parte de “La danza de las chirimoyas” sentado al teclado.
Que en casa de mi hermano
yo me encuentro en familia
ya lo saben en Sicilia
donde se oye nuestro piano.
Lejos de apreciar el talento, Pedro rezonga enojado:
Ya se está pasando el nene,
desde mi punto de vista.
¿No habrá un juez que lo condene
por petardo y por artista?

Quedan todavía unos días para iniciar esas modestas vacaciones y sus nervios están a flor de ylang.
-¿Se apuntará este hermano mío al descanso en La Mareta? -se pregunta angustiado.
Desde Rusia a Lusitania, nada le gusta más a David que ensayar una tonada:
Para evitar el enfado
del yerno de Sabiniano,
yo tocaré con mi mano
de Portugal un gran fado.
Pero Sánchez no escucha la música… Y ya planea instalar un piano de cola submarino en Lanzarote, por si las moscas.

