El eco de Cicerón: Réquiem por la oratoria artesana en la era digital. Por Diego J. Romero

El eco de Cicerón. en la imagen Cicerón pronunciando su discurso de acusación contra Catilina.

«Al abrazar sin reservas la era digital y la comodidad de lo preestablecido, estamos dejando atrofiar las capacidades intelectuales y argumentativas que nuestros mayores nos legaron»

Existe una melancolía inevitable al observar los estrados y foros públicos de hoy. Es la añoranza profunda de una época en la que el uso de la palabra no era un mero trámite, sino un oficio artesanal de precisión y belleza. Quienes observan con perspectiva el paso de las décadas recuerdan con reverencia aquellos tiempos en los que la educación forjaba el carácter a través de la elocuencia. Tanto en las históricas facultades de Derecho como en las de Medicina, el conocimiento no se evaluaba marcando casillas en un formulario. El alumno, investido con la solemnidad del traje y la corbata, debía enfrentarse a tribunales orales implacables. Allí, de pie, no solo se exigía demostrar una memoria prodigiosa, sino una capacidad superlativa de raciocinio, estructuración lógica y aplomo bajo una presión extrema. En esa fragua académica se destilaba la herencia directa de los grandes estadistas, filósofos y tribunos clásicos. Se enseñaba a pensar en voz alta, a utilizar el silencio como un arma persuasiva y la mirada como el argumento definitivo, haciendo de la oratoria la forja misma del intelecto humano.

 

Esta atrofia de la palabra, sin embargo, no es exclusiva de las salas de justicia; es una dolencia que ha contagiado a todas las esferas de la vida pública. El recordado Dr. D. Miguel Ríos Mozo, eminente médico clínico internista y figura emblemática del humanismo en Sevilla y en toda Andalucía, solía diagnosticar este mal con la precisión de quien conoce las entrañas de la naturaleza humana. Como buen humanista, el doctor observaba con pesadumbre cómo los líderes contemporáneos —citando a menudo a presidentes como José María Aznar y a tantos otros representantes de distinto signo político— habían dejado languidecer el arte de la persuasión. En su agudo análisis, echaba profundamente de menos dos elementos vitales que dan respiración al discurso: la gesticulación y las pausas.

 

Basta asomarse a las crónicas parlamentarias del siglo XIX y principios del XX para certificar este empobrecimiento. Las interpelaciones en el Congreso de los Diputados de titanes como Antonio Cánovas del Castillo o Práxedes Mateo Sagasta eran verdaderas obras maestras del pensamiento en movimiento. En aquella época, el orador dominaba los silencios para esculpir la expectación y utilizaba la gravedad de sus gestos para subrayar la hondura de sus convicciones. 

 

Hoy, por el contrario, el debate público ha sufrido una merma notable, transformándose en una sucesión de monólogos leídos sin alma, donde la espontaneidad ha sido desterrada.

 

De vuelta a los tribunales, esta tragedia se manifiesta en lo que podríamos denominar el «cerebro digitalizado»: una generación de profesionales que, buscando refugio en la falsa y cómoda seguridad de la tecnología, ha sustituido el dominio absoluto de la materia por la lectura mecánica de un documento de texto. Cuando el juicio oral —o el diagnóstico clínico— se reduce a recitar folios o a seguir protocolos estandarizados sin levantar la vista, desaparece la conexión humana. Se atrofia la capacidad de leer la sala, de interpretar el lenguaje no verbal de un testigo escurridizo o de adaptar la estrategia ante un giro inesperado del tribunal. La espontaneidad, que no es improvisación temeraria sino el fruto de un estudio tan exhaustivo que permite la libertad táctica, está siendo devorada por la rigidez de quienes temen apartar los ojos de su guión preestablecido.

 

En este escenario de burocracia acelerada, emerge con más fuerza que nunca el eterno contraste entre David y Goliat. Por un lado, la inmensa maquinaria institucional y las firmas corporativas de rascacielos (el Goliat procesal), que operan por pura inercia. Confían en su peso y en la estadística para forzar acuerdos rápidos, asumiendo que el rival claudicará ante la presión. Frente a ellos, resiste la figura del artesano, el abogado de trinchera. Es el jurista que mantiene los pies anclados en la realidad de la calle y del terruño. 

 

Al igual que el médico rural que conoce a sus pacientes por su mirada y no por un código de barras, este profesional entiende que la justicia no obedece a la ley de la oferta y la demanda. Su honda no es otra que el estudio milimétrico de la causa y una oratoria ágil, viva y desprovista de corsés. Cuando este choque se produce en la sala de vistas, la inercia institucional suele quedar pasmada. Atada a su texto redactado de antemano, es incapaz de reaccionar cuando el artesano moldea sus argumentos en tiempo real, utilizando precisamente esas pausas y esos gestos que añoraba el Dr. Ríos Mozo para desarmar relatos prefabricados.

 

El lector, al contemplar este paisaje contemporáneo, debe enfrentarse a una advertencia insoslayable: estamos claudicando silenciosamente. Al abrazar sin reservas la era digital y la comodidad de lo preestablecido, estamos dejando atrofiar las capacidades intelectuales y argumentativas que nuestros mayores nos legaron. Si permitimos que la exposición de un argumento sea equivalente a la lectura mecánica de una pantalla, estamos dictando nuestra propia sentencia. Allanamos el camino para que, el día de mañana, la Inteligencia Artificial termine por sustituir la capacidad de análisis crítico y la empatía de la mente humana. Un algoritmo, por avanzado que sea, podrá procesar millones de resoluciones en fracciones de segundo. Pero jamás poseerá el instinto forjado en el barro de los tribunales. Jamás podrá mirar a los ojos de un magistrado para transmitirle, con el silencio exacto y el gesto preciso, el peso abrumador de la duda razonable. Al perder la oratoria artesana, no solo estamos perdiendo una técnica profesional; estamos entregando a las máquinas la esencia misma de nuestra humanidad y de nuestro sentido de la justicia.

 

Diego J. Romero Salado

Licenciado en Derecho y Diplomado en RRLL (Graduado Social). Programa Superior de Práctica Jurídica Forense y Asesoría Jurídica (ICIDE- centro homologado por el CGAE), obteniendo el certificado CAP (Consejo General de la Abogacía Española). Máster en Mediación Familiar, acreditación oficial homologada por la Junta de Andalucía e impartida por el ICIDE. Postgrado en Mediación Civil y Mercantil por la Universidad CEU San Pablo. Técnico Superior en Prevención de Riesgos Laborales (Especialidades en Seguridad en el Trabajo y Ergonomía y Psicosociología Aplicada). Medalla de plata al mérito profesional otorgada por el Colegio Oficial de Graduados Sociales de Sevilla y colectiva al Mérito al Trabajo, categoría de oro. Letrado del turno de oficio del Ilustre Colegio de Abogados de Sevilla. Graduado Social colegiado del Excmo. Colegio Oficial de Graduados Sociales de Sevilla y vocal del consejo de redacción de la revista 'Justicia Social' del referido colegio. Tutor-colaborador de prácticas externas de la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla desde 2010, colaborando con los departamentos de Derecho Civil y Penal y Procesal en la impartición del practicum.

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