
«¿Volverán nuestros amigos americanos picados por la curiosidad o sólo ansían su próxima cita en Egipto para el nuevo eclipse?»
En el mes de mayo, subida en la peana en medio del corro, observa cómo sus hijos bailan al son de “El Villano” en la replaceta. Celebran la fiesta en honor a su patrona y le piden que esos trigos que la rodean y que ya son verdes granen con abundancia. Hoy todas esas espigas ya han sido segadas y sólo queda el rastro y la olor a mies. La Virgen de la Olmeda está escondida en su ermita, de espaldas a estos curiosos personajes que han montado un observatorio para ver el eclipse total que ha de obscurecer el cielo.

Han venido de América, al punto exacto donde sus cálculos matemáticos les han dictado. Son de Míchigan, de Texas, de Florida; y forman un grupo serio y silencioso. (Se suma a la conversación un argentino y parece ser que hay dos alemanes que no se suman a nada.) Se habla del campo, preguntan por qué aquí no se quema el rastrojo como en los Estados Unidos y aclaramos que aquí lo prohíbe Europa; alguien nombra a Trump; yo le hablo a un descendiente de mexicanos de Bernardo de Gálvez. Los americanos nos invitan a comer y a beber con ellos y permiten que miremos a través de sus telescopios y prismáticos.

A la hora exacta se levanta el aire, y aparece el anillo con que se desposan los astros. Una mujer llora emocionada; luego el sol caerá por el horizonte hasta hacerse nuevamente de noche. Queda lejos el pueblo y más aún las lagunas que visitarán miles de grullas, otras viajeras de más larga estancia. ¿Volverán nuestros amigos americanos picados por la curiosidad o sólo ansían su próxima cita en Egipto para el nuevo eclipse?
Ya les dejamos en calma, a la luz tenue de unas pobres lamparillas y de un cielo estrellado y atónito que recibe a las perseidas.
Post scriptum. Y uno no puede dejar de preguntarse cómo una mujer como Leticia Ferrer y su marido Daniel Brookshier abandonan Dallas por unos días para estar con nosotros.

