
«Con lentitud retiró la tela y lo que vio le quitó el aliento, al verse él dibujado en aquel lienzo mirando tras los visillos de su ventana»
Desde la ventana, a través de los visillos, Marcos observaba el paso de la vida intentando infiltrarse como un voyeur en los pisos de en frente. Ya había visto, en más de una ocasión, alegrías y dramas ajenos.
Sabía que la mujer del segundo sacaba a pasear a un pequeño perro, siempre sola. Marcos se preguntaba si aquella mascota sería su única compañía.
Dos plantas más arriba vivía un joven músico. Su violín dejaba escapar melodías nostálgicas que llegaban flotando hasta la ventana de Marcos, evocándole recuerdos y algunas ilusiones rotas.
En el ático, una ventana que siempre había estado a oscuras, desde hacía unas semanas permanecía iluminada día y noche. Esto llamó tanto su atención que apenas podía apartar la mirada de allí. Una tarde mientras el sol caía, pudo distinguir una silueta moviéndose en su interior. A la noche siguiente, aquella luz que tanto le había intrigado se apagó y Marcos sintió una extraña inquietud.
Los días pasaron y la luz no volvió a encenderse. Impulsado por querer saber más, cruzó al edificio de enfrente y subió a la planta que le llevó hasta aquella ventana. La puerta se encontraba entreabierta. Con el corazón acelerado Marcos se introdujo en la casa. Estaba vacía, salvó un caballete con un cuadro cubierto por una sábana. Con lentitud retiró la tela y lo que vio le quitó el aliento, al verse él dibujado en aquel lienzo mirando tras los visillos de su ventana.
@ Manuel Sanz Real

