(VII) Cronografías. El final del verano. Por Diego Pardos

El final del verano.

«El final del verano no es una canción acaramelada para bailar agarrado, sino la irrupción del columnismo femenino»

Escribir sobre el final del verano no es, desde luego, nada original. Más de un escribidor centrará su reflexión en esta circunstancia, movido normalmente por un sentimiento de fastidio ante el ocaso de las vacaciones y la vuelta a la rutina. En eso coincidirán seguramente con el cuerpo del Consejo de ministros y hasta con el mismísimo presidente del Gobierno, porque ya lo decía Luis Aguilé: que era una lata eso de trabajar.

Desde que el Dúo Dinámico cantara la romántica letra que da título a esta cronografía, todos los años se oyen los mismos lamentos, se lloran los días de amor, de vagancia, de fiestas populares, de sangría y bronceado. Uno agradece la falta de cobertura de los medios de comunicación y perder de vista a los periodistas habituales al tiempo que celebra las crónicas taurinas.

Llega el final del verano y se cae en la cuenta de que el mismo camión de la basura que le impide dormir en invierno no le deja tampoco hacerlo en agosto; que las charangas y el vocerío han tomado el relevo del ruidoso pub, el botellón y el tubo de escape; que el catarro otoñal ha cedido el testigo a la insolación y la picadura de insecto; que se ha dejado el sueldo entero en gasolina volviendo de la Sierra a Madrid (porque tampoco el verano tiene piedad de la oficina) y encima el aire acondicionado de casa no funciona.

Total, que el final del verano es descrito con distinto entusiasmo según la propia experiencia. Así, el regreso de la playa ha irritado tantísimo a María Durán -esa excolumnista- que ya prepara su vuelta dispuesta a tirarle piedras al señor Bolaños. En cambio Rosa Belmonte, que también se metía ayer con el ministro y con media España, se ve que cancela con gusto el estío y carga la pluma para hablar de zorras lo mismo que en su día hablara de tetas (con perdón). El final del verano no es, por tanto, una canción acaramelada para bailar agarrado, sino la irrupción del columnismo femenino a pecho (ay) descubierto en la redacción del periódico.

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

Artículos recomendados

Deja un comentario