Alejandro Magno y la Septuaginta. Por José Crespo

Alejandro Magno y la Septuaginta.

«La Biblia llamada y conocida como Septuaginta es la primera traducción del Antiguo Testamento desde el hebreo a otra lengua»

Alejandro Magno fundó Alejandría en el año 331 a. C., en la costa norte de Egipto, junto al mar Mediterráneo y el lago Mareotis con un trazado en plano cuadriculado u ortogonal por los arquitectos del rey. La ciudad se edificó con el propósito de crear una gran capital y puerto estratégico que conectara el mundo griego con el valle del Nilo.

Recordemos por un momento que la palabra faro viene del latín ‘pharus’, y este a su vez del griego antiguo φάρος, ‘pharos’, término original que hace referencia a la isla de Faros, situada frente a Alejandría, donde se construyó en el siglo III a. C. la enorme torre de iluminación considerada una de las siete maravillas del mundo antiguo y que dio nombre a todos los faros del mundo.

Allí estuvo el famoso Faro, y como luz del conocimiento su famosa biblioteca creada años después por su general Ptolomeo I Sóter, o por su hijo Ptolomeo II, aconsejado por el sabio Demetrio de Falero, con el objetivo de guardar todo el saber del mundo antiguo. Para ello todo navío que atracaba en el puerto de Alejandría si portaba libros, eran copiados por los escribas de la biblioteca que hacían una copia, entregaban la copia al dueño y la biblioteca se quedaba con el original. Ptolomeo III solicitó prestados a Atenas los textos originales de los grandes dramaturgos (Esquilo, Sófocles y Eurípides) para copiarlos. Desde la Corte se financiaba a emisarios que viajaban por todo el mar Mediterráneo con presupuestos masivos para comprar bibliotecas enteras y manuscritos antiguos. También se ofrecía el pago de tributos de regiones lejanas o deudas comerciales en forma de rollos de papiro o pergaminos raros en lugar de oro.

Para entender el significado y origen de la Septuaginta debemos remitirnos a la Carta de Aristeas o Carta a Filócrates, obra helenística del siglo III a. C., elaborada con la finalidad de que «las leyes de los judíos» fueron traducidas al idioma griego a petición de Ptolomeo II Filadelfo (285-247 a. C.), y con ello tener en griego los textos bíblicos escritos en los rollos hebreos. 

Allí podemos leer: «El Rey ordenó a Demetrio entregarle un informe sobre la transcripción de los libros judíos… oh Rey, se escribirá al sumo sacerdote Eleazar de Jerusalén para que nos envíe hombres de vida irreprochable, ancianos avanzados en años, expertos en la materia de sus leyes, seis por cada tribu, a fin de que, examinando el acuerdo de la mayoría y adoptando una interpretación precisa, constituyamos con evidencia una versión digna del argumento y de tus intenciones. Que seas feliz en todo».

Ésta fue, muy posiblemente la traducción más importante de la historia. Fue la primera traducción del Antiguo testamento a otro idioma, y la versión más usada por la Iglesia cristiana primitiva, que arroja una gran información sobre el desarrollo del Nuevo Testamento. Aun así, muchos cristianos de hoy tienen poco o ningún conocimiento sobre esta importante traducción del Antiguo Testamento. Aristeas mismo es uno de los dos hombres escogidos para llevar la petición a la capital judía, describe todo el proceso, hasta detalles del templo judío, los sacerdotes, los campos y demás aspectos. Setenta y dos ancianos, seis de cada una de las doce tribus, fueron escogidos como traductores y enviados a Egipto, llevando con ellos una hermosa copia de la Ley. Aristeas elaboró la lista los nombres de los traductores. Por alguna razón el número original de los setenta y dos fue redondeado a setenta de donde derivó el nombre de Septuaginta.

El Nuevo Testamento todavía no existía, la Septuaginta fue traducida den siglo I al siglo II a. C., lo que indica que para los tiempos de Jesucristo se empleaba en gran medida la Septuaginta. Muchos de los pasajes, a juicio de los eruditos, explican que más de ochenta por ciento de los pasajes del Nuevo Testamento están basados en la Septuaginta. El mismo Jesús recita el texto griego sobre la falsa adoración y los mandamientos de hombres (Marcos 7:6-7 y Mateo 15:7-9). En este enfrentamiento con los fariseos, Jesús cita originalmente la profecía de Isaías 29:13.

Así, La Septuaginta, o ‘de los Setenta’ es la traducción más antigua e importante del Antiguo Testamento del hebreo al griego. Fue la versión que usaron los escritores del Nuevo Testamento redactado originalmente en griego koiné en el siglo I d. C., por lo que no requirió traducción inicial en el ámbito helenístico.

Al latín tenemos La Vulgata, encargada por el papa Dámaso I en el año 382 d. C. a San Jerónimo, su secretario que tradujo el Antiguo Testamento directamente desde el hebreo y el Nuevo Testamento revisando los textos griegos, convirtiéndose en la Biblia oficial de la Iglesia Católica Romana durante siglos.

Al siríaco, dialecto del arameo, tenemos el Diatessaron, que es una armonía de los cuatro evangelios realizada por Taciano hacia el año 170 d. C. y la Peshitta, la versión estándar y más famosa de la Biblia en siríaco, compuesta entre los siglos II y V d. C., traduciendo el Antiguo Testamento desde el hebreo y el Nuevo Testamento desde el griego, siendo la más cercana al idioma que hablaba Jesús.

Como mejor forma para terminar estas líneas, sabiendo que estamos hablando de Filología o arqueología de la palabra, recordemos que San Dámaso es el santo patrón de los arqueólogos. Su pontificado ha sido el décimo octavo más largo de la historia con 18 años, 2 meses y 11 días, haciendo un total de 6646 días, pero lo realmente hermoso es que fue quien introdujo el uso de la voz hebraica ‘Aleluya’ y la doxología trinitaria ‘Gloria Patri’, fórmula breve de alabanza y glorificación dirigida de forma conjunta a las tres personas de la Santísima Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, expresamente para combatir el arrianismo: «Gloria Patri, et Filio, et Spiritui Sancto. Sicut erat in principio, et nunc, et semper, et in sæcula sæculorum. Amen»Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén’.

José Crespo

José Antonio Crespo-Francés. Soldado de Infantería Española, Doctor en Artes y Humanidades. Enamorado de Aranjuez la ciudad donde vivo, Colaborador en radio y publicaciones electrónicas, autor de trabajos históricos dedicados al Servicio Militar y Valores, y a personajes en concreto como Juan de Oñate, Vázquez de Coronado, Blas de Lezo o Pedro Menéndez de Avilés y en general a Españoles Olvidados en Norteamérica y Españoles Olvidados del Pacífico. Rechazo la denominación de experto, prefiero las de "enamorado de" o "apasionado por". Si Vis Pacem Para Bellum

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