
«Ni nuestro añorado Ibáñez adivinó el porvenir ni podemos decir que en materia de automoción el mañana esté escrito… ni siquiera dibujado»
No me digan que no es una maravilla eso del coche eléctrico. El cliente corre al concesionario y, según su bolsillo adquiere un vehículo alemán o uno chino. Acude a su chalé o garaje comunitario, lo enchufa a la luz, que lo abastece de voltaje y ya con las pilas cargadas enfila la carretera de La Coruña dispuesto a pasar el fin de semana en Cercedilla.
El coche eléctrico, al igual que el dron, es silencioso y ligero, y goza de toda la maravilla de la tecnología renovable, de la ingeniería híbrida y del visto bueno de la Comisión Europea, de doña Úrsula y de don Dan, comisario del ramo a la sazón.
Que «el mañana no está escrito» es una de tantas frases robadas a los personajes célebres. Sólo unos pocos visionarios como Julio Verne o Alfonso Guerra se anticiparon al futuro. Sin embargo gente hubo que lo intentó y hay que nombrar entre ellos al dibujante Francisco Ibáñez.

Mi edición (segunda) de ‘El coche eléctrico’ es de 2013. Allí, los agentes Mortadelo y Filemón han de probar unos utilitarios experimentales diseñados por el profesor Bacterio. Disponen de ganchos que ahorran energía; de anclas que frenan en seco; de muelles que impulsan la salida; pinzas para el arranque; de asientos descapotables…

Nada que ver con la puntera industria, donde el auto es, más que un coche una nave espacial con su ordenador a bordo, sus cámaras de televisión y casi su piloto automático. En ambos supuestos se agota la batería, que ahora se pega fuego montando un lío fenomenal e irritando a los bomberos. En ambos casos se producen accidentes: aquellos ruidosos y estrafalarios, los de ahora silentes y sorpresivos.

Y aunque únicamente los modernos tengan el certificado de «energía verde» y con los nuevos juguetes podamos circular por la Gran Vía sin que el señor Martínez-Almeida nos robe la cartera, no es menos cierto que gracias a los prototipos de la T.I.A. pudimos ver en ropa íntima a la señorita Ofelia, secretaria de la organización.
De modo que no, ni nuestro añorado Ibáñez adivinó el porvenir ni podemos decir que en materia de automoción el mañana esté escrito… ni siquiera dibujado.

